GERARDO ADAME “CORTA” LA “OREJA DE ORO” A UN TORAZO

Una lección rotunda, devastadora y humillante vino a dar a Aguascalientes el jinete Enrique Fraga, sin embargo ahora como ganadero de reses de casta. No obstante la soberbia y la vanagloria impidieron a muchos de esos que, a pesar de que “pierden cada vez”, siguen apostando por el “torito mexicano”, mal contextualizando a éste en tres o cuatro nombres indeseables –fernanditos, bernalditos, teofilitos, marroncitos, etcétera- aprendieran las partes centrales de la “travesura” del équite mencionado.

Durante los días previos a la corrida de la “Oreja de Oro”, muchos de esos malos taurinos deseaban y casi aseguraban el fracaso del encierro, pues, según su “sabiduría”, el toro español, y sobre todo ya “pasado”, embiste menos que el nacional. Pero… que golpe tan desagradable se llevaron en la bilis, pues luego de que durante las cinco primeras corridas soportó el pagador y noble público un desfile de bueyes de yunta, el corridón de Fraga admitió el toreo y hasta buenos resultaron tres toros, si no que algún otro. Por su cuajo, trapío y hechuras, el encierro ya se puede tasar como uno de los mejor presentados de toda la historia de la Monumental, así haya sido dispar en tipo. Agréguese a la casilla otros encierros, pocos, como, solo por acotar algunos, el de Baruqui Hermanos y el de Claudio Huerta, éste lidiado el 29 de abril de 1989. Practicando la saña literaria, el cuarto burel de Fraga, “Rubens”, según pizarrón, No. 28 de 534 kilos, es en lo particular uno de los más hermosos y rematados, igualmente, de los que han pisado el albero Monumental en toda su vida.

Gerardo Adame, como corolario a la dramática función, en el eje del anillo izó el gallardete tal reliquia de sangre. A un torazo, ya subrayado, que por su trapío y hechuras habría podido salir en cualquier plaza, la de Bilbao incluida, le había trazado una faena de mérito avasallante. Aquello fue casi una gesta si se considera que las incorrecciones técnicas que se le notaron, fueron producto de lo muy poco que actúa. Sin embargo tiene en la entraña más torería que algunos de esos señoritos que caminan cómodos en la fiesta, envueltos y “cuidados” por varios sectores que administran el espectáculo.

Todavía, y a pesar del poderoso grupo que pretende por extraños motivos diluir la esencia trágica que por naturaleza debe tener la fiesta brava disminuyendo la casta y quitando la “ponzoña” a los bóvidos, hay quienes votan por la grandeza, la sustancia y la honestidad del espectáculo, y con romanticismo y “gitanería” arriesgan y pierden su dinero con el objeto de preservar la edad, el trapío y la bravura del toro, entendido éste como único medio para robustecer a una fiesta tradicional que apenas tiene 500 años de practicarse en México y que está siendo atacada desde afuera –conjunto de animalistas- y desde adentro –los malos taurinos-.

Ignacio Garibay es uno de esos toreros hondos que en algún momento han sido desairados por el mal sistema taurino imperante; sin embargo, renovado, corregido además su personal objetivo de vida, en Aguascalientes ha dejado una faena profunda y artística tasada ya. Hasta hoy como la mejor de la feria.

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