HONDA AMALGAMA ENTRE TALAVANTE Y “AMOR DE AMORES”

Notado encierro seleccionó la casa Bailleres de sus potreros de Begoña y Santa Teresa, para dar curso práctico a la novena función de feria en el coso Monumental, cuyas gradas se cubrieron totalmente para registrar el segundo lleno de esta serie.

La partida de reses tuvo cierta igualdad en hechuras y cuajo, y en mayor o menor calificación todos los astados manifestaron virtudes como fueron la fijeza y la clase; de siete soltados únicamente se escupieron de los varilargueros el primero y el quinto mientras el resto acudió franca y cumplidoramente a esta útil suerte. El criador bien merecía, al final de la fiesta, salir al tercio o incluso dar una vuelta al anillo, pero a muchos se les pasó motivar esta merecida pleitesía. Palmas entonadas sí que se escucharon cuando los restos del segundo, para el que se ordenó la vuelta al círculo, tercero, cuarto, sexto y séptimo eran llevados al patio de carniceros.

Con variedad y pinturería “El Cejas” –oreja, al tercio y palmas en el de obsequio- saludó al primero, recreándose luego en un erguido quite al modo del maestro Fermín Espinosa. La etapa muletera tuvo dos partes: una luchona y temperamental, y otra, luego de un recado brusco del toro, de mayor entendimiento y mejor toreo. El Begoña, si se le conducía bien y se le empapaba en el centro del engaño, iba de forma sensacional; a caso con tendencia a salir suelto, embistió largo, por abajo y alegremente, condiciones con las que el diestro no estuvo del todo sintonizado. El acto acabó de estocada tendida y pasada.

Con deseos mayúsculos apareció en el escenario para con cuatro largas de hinojos y zapopinas rematada de igual modo, recibir a su segundo, un toro castaño, bonito y cuajado. Luego de un quite y destapadas las virtudes del burel ante la muleta, a la que iba con clase, fuerza y no falto de raza, el espada realizó un trasteo dispuesto que a la mayoría gustó, pero mal terminado de estocada defectuosa después de un pinchazo.

Inconforme, se animó a regalar un séptimo, toro que se sumó al buen encierro. Había que obligarlo enérgicamente a que siguiera la sarga para descubrir su calidad. El quehacer de muleta “El Cejas” la hizo con ganas, intercalando pases templados con momentos populares dedicados al pueblo. Hubiera adquirido una oreja pero nuevamente se vio incorrecto con la espada.

Buenos aunque no ligados fueron algunos de los lances de Alejandro Talavante –dos orejas y palmas-; lo que sí pudo engranar fue una bella serie de chicuelinas como prólogo a un faenón soberbio, señorial, estrechándose en gran manifestación plástica con la dulzura del astado el cual embistió con clase y ductilidad. Aquello fue un ritmo adormecido, variado y demasiado hondo que merecía el rabo, pero antes de la estocada delantera y caída señaló el diestro un pinchazo. Gran astado, fino de hechuras y agradable de presencia para el diestro fue este animal que según pizarrón se llamó “Amor de amores”, quemado con el No. 253 y que en la pesadora dio 511 kilos.

Su segundo tuvo clase pero había que obligarlo, y el ibérico hizo una faena sobre todo izquierdista no bien comprendida por la clientela, cerrando su paso con estocada tendida.

Serias y bien marcadas resultaron las verónicas con que Joselito Adame -al tercio y vuelta- acogió a su primero, cerrando el primer tercio con chicuelinas diáfanas para posteriormente encontrarse, muleta en mano, con un toro fijo, enrazado y de extensas embestidas al que hizo un trasteo seco, mecánico y de modesta expresión artística, no por ello exento de mérito, rematándolo finalmente haciendo desaparecer valientemente las distancias entre su cuerpo y los diamantes de la res que muerta fue de una incorrecta estocada precedida de un pinchazo.

Nuevamente propuso variedad con la capa cuando le soltaron a su segundo. Plenamente decidido inició el episodio muletero hasta con catorce pases sobre la diestra, unido materialmente a las maderas. Como el toro fuera noble, fijo, con clase y de gran cuerno izquierdo, vino una faena de profesional, estructurada y bien armada, todo sobre la línea de su seguridad, producto del sitio que tiene. Aguantó como debía, dado el caso que el astado iba con calidad siguiendo el trayecto del engaño, pero con lentitud angustiante. Las orejas eran de él, sin embargo antes de ejecutar un espadazo tendido y caído llegaron un par de pinchazos, consecuencias quizás de una lastimadura que traía a la altura del dedo pulgar, de la cual se dolió.

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