20 junio, 2021

PASADOS TESTIMONIOS TAURINOS DE URUGUAY.

Villa Colón, siguiendo los vaivenes de las costumbres y dando con el gusto de las gentes de la época, tenía que presentar también su plaza de toros, para entretenimiento de los aficionados al arte del toreo o Tauromaquia. Fue entonces que, la colonia vasca de dentro y de fuera de la Villa, la que tomó la iniciativa. A principios del año 1894, los hermanos: don Manuel, don Raymundo, y don Pedro Leániz, apoyados por los otros compatriotas, se propusieron fundar una Sociedad Taurina, y como buenos vascos que eran, no se quedaron con la intención sino que, en seguida, llevaron a buen término sus deseos, fundando una sociedad llamada “Curro Cúchares”, en memoria del gran torero del mismo nombre.

Villa Colón, siguiendo los vaivenes de las costumbres y dando con el gusto de las gentes de la época, tenía que presentar también su plaza de toros, para entretenimiento de los aficionados al arte del toreo o Tauromaquia. Fue entonces que, la colonia vasca de dentro y de fuera de la Villa, la que tomó la iniciativa. A principios del año 1894, los hermanos: don Manuel, don Raymundo, y don Pedro Leániz, apoyados por los otros compatriotas, se propusieron fundar una Sociedad Taurina, y como buenos vascos que eran, no se quedaron con la intención sino que, en seguida, llevaron a buen término sus deseos, fundando una sociedad llamada “Curro Cúchares”, en memoria del gran torero del mismo nombre.

La plaza fue instalada en una propiedad del Sr. Don Manuel Leániz, ubicada en la esquina Este, de las cuatro que al cruzarse forman las calles Santa María y Gioia. El ruedo fue construido con materiales livianos a base de maderas y chapas de zinc; pero no por ello dejó de ser cómodo y confortable, puesto que, además del sembrado de arena, con su correspondiente barrera y burladores, su entoldada cubierta, y graderías y tendido para el público en general, presentaba un palco oficial reservado para las autoridades oficiales y los convidados especiales. Esta Sociedad Recreativa, netamente taurófila, se proponía hacer escuela de aficionados a la “fiesta brava”, es decir, formar un plantel de “diestros” para aquellas demostraciones de valentía, y además, programar también corridas especiales con toreros de fama mundial para atraer al público amante al arte de Manolete, que en aquella época los había, no sólo entre la gente modesta del pueblo, sino que los habían también en la gente adinerada y hasta en algunos gobernantes del país. Todos los domingos, había corridas de toros en la plaza, y no creáis que sólo se lidiaban con becerros o novillos de abasto, sino que se empleaban toros especiales de lidia, los Miuras de “pedigrée” que los proporcionaba el Sr. Don Carlos Reyles, que los criaba en su cabaña “El Paraíso” ubicada en Melilla. Allí se formaron buenos “lidiadores” entre los cuales estaban los Balparda, los Pigurina, los Rodero, y otros. Parece que los señores organizadores de aquellas fiestas taurinas eran hombres prudentes y humanitarios, porque los toros – por orden superior – desde que salían a la arena, y durante todo el tiempo que durase la faena, debían tener sus cuernos “embolados”, evitando con ello los riesgos de vida humana, que de lo contrario, producirían los agudos pitones de sus guampas.

Estas fiestas eran para los vascos su “jai alai” (alegre fiesta) , por eso los domingos de tarde, habían corridas en dicha plaza, y ya desde temprano empezaban a aparecer carruajes de toda laya, desde el más sencillo Tilbury hasta la más lujosa Carroza, y allí, en la calle Santa María, se iban estacionando, en doble fila, que ocupaban el espacio comprendido entre el cierre con el Campo de la Caridad, de la mencionada calle, hasta la Avenida Lezica; y allí, se veía una abigarrada cantidad de coches de todo tipo y condición, como ser : Volantas, Victorias, Break, Americanas, Landós, Calesas, Berlinas, Charrets, Dockard, etc. Que aquello parecía estar viendo una verdadera fiesta de la Locomoción, según el decir de los vecinos. Mientras duraba la fiesta, los cocheros, aurigas, y lacayos, se “refugiaban” en un despacho de bebidas que había en la esquina de Lezica y Santa María, que lo atendían los hermanos Enrique y Teodoro Labarrére, que con toda gentileza, – aquellos vasquitos-franceses – les servían el Suizé (ajenjo), bebida fresca y aromática, muy en boga en aquel tiempo y que gustaba mucho a los trabajadores de las riendas y los látigos. Los vecinos contaban, que de varias cuadras de distancia de la plaza de toros oían el sonido agudo del clarín, cuando daban la orden de la salida de los toros al combate, y alegres acordes de los Pasodobles y Marchas toreras, ejecutadas por la banda de músicos. Al finalizar la fiesta se oía el bullicio que hacía el público de ambos sexos con sus comentarios, los vivas y los ¡olé! de los hinchas, los gritos de los cocheros a sus bestias, el restallido de los látigos, y la música de los cascabeles que pendían de los arneses de las caballerías; todo ese rumor daba vida y calor al ambiente, que pocos minutos después, volvía a la calma y silencio, de un bosque umbrío y solitario. Las corridas de toros en Villa Colón, terminaron a fines del año 1898, cuando una Ley Nacional prohibió las corridas en el territorio uruguayo, y la Sociedad “Curro Cúchares” se disolvió, por tal imperativo. La plaza de toros quedó abandonada; el dueño de la finca se fue a pasear a Europa, y , los “amigos de lo ajeno”, la fueron despojando de sus chapas de zinc y maderos, hasta que, el Sr. Don Raymundo Leániz, con una actitud enérgica y ejemplar, tomó cartas en el asunto, y con los materiales que aún quedaban, hizo construir una vivienda para una familia pobre, con la sola condición de que cuidasen la quinta de su hermano Manuel, que había en las adyacencias del lugar, para que no fuese destruida por los cacos, como lo habían sido el local de lidias y las preciosas fuentes y jardines de la Plaza 12 de Octubre, en los años anteriores.
FUENTE: Revista Raíces: Montevideo, Uruguay.

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