21 junio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Con la reciente actuación de un torero de doble y hasta triple moral, Enrique Ponce, en la Monumental madrileña, coso al que siempre esquivó, al igual que a otros sitios exigentes e importantes (la Guadalajara mexicana incluido), a muchos vasallos, oriundos de un país que todavía se llama México, deslumbró con una tauromaquia maricona, plataformada en su predecible y empalagosa estética, en su estilo meloso y modoso en el que disimula extraordinariamente sus ventajas, y se les olvidó tanto agravio cometido en contra de una tauromaquia que un día fue recia, de inalcanzable manifestación artística e inexplicable misterio: la mexicana.

Con la reciente actuación de un torero de doble y hasta triple moral, Enrique Ponce, en la Monumental madrileña, coso al que siempre esquivó, al igual que a otros sitios exigentes e importantes (la Guadalajara mexicana incluido), a muchos vasallos, oriundos de un país que todavía se llama México, deslumbró con una tauromaquia maricona, plataformada en su predecible y empalagosa estética, en su estilo meloso y modoso en el que disimula extraordinariamente sus ventajas, y se les olvidó tanto agravio cometido en contra de una tauromaquia que un día fue recia, de inalcanzable manifestación artística e inexplicable misterio: la mexicana.

Porque a nuestros coletudos, cuando interpretaban el toreo (que interpretar no es lo mismo que torear), parecía que les estaban encajando un puñal en el mero pecho. Toreo herido y desgarrador, como lo fue el genio de José Alfredo, que al referirse a “su pueblo” más bien contextualizaba a “todos” los pueblos aztecas, mestizos, desgraciados, afortunados, benditos o malditos cuando mencionaba a su Dolores, pueblo adorado, o porque en su “Caballo Blanco”, en vez de narrar las desafortunadas diligencias de un “caballo”, condensó en fábula (como Esopo, sin la desfortuna de éste) el desafortunado e inflexible destino el mexicano, todo en una sola sentencia.

Toreando siempre con el encaje de los enormes capotes, retornando a Enrique, (superando en dimensiones a los de Manolo Martínez, empero jamás manejados con el son que éste lo hacía), se pasó a los toros a distancias grandes y luego se dio a emplear el engaño rojo acentuando y firmando su impunidad con una técnica engañosa y eficaz pero de escasa sustancia, es decir, tan hecha y contraria a los códigos antañones de abrir el compás, plantarse, desgarrarse y, sobre todo, CORRER LA MANO, para erguir la figura en pose griego y feminoide, y en lugar de ello girar la cintura en movimientos robóticos, pretendiendo acompañar la embestida, cuando en realidad la está solucionando con poco compromiso.

Solo faltó que hiciera la mojigata “poncina”, y para ello un torillo sin chiste, pasador, mocho, descastado e inocente, de los que le ponen sus incondicionales “ganaderos” mexicanos cada vez que Herrerías, su compadre del alma, le tiende la alfombra de flores y viene de esparcimiento muy bien pagado a costa del dinero de los “aficionados” exhibicionistas y oportunistas que todo le alaban y aplauden. Y así, en esta forma tan presta como el empresario del viejo pozo de las ladrilleras complacía ciegamente al divo de Chiva, seguido por la otra empresa del interior del país, igual evitó la evolución de la fiesta mexicana, tan llena de toreros con alto potencial artístico y humano, prefiriendo exportar figuras a precios demasiado altos, que generarlas en nuestra misma tierra y de nuestras mismas cepas.

El 30 de mayo del 2005, en el Hospital 20 de Noviembre de la Ciudad de México inició su eterno y sublime desmayo Xavier Campos Licastro, galeno emblemático y misterioso si los ha habido.

Con un dominio de la profesión, demostrado mil veces en los quirófanos, la mayoría de las ocasiones de las mismas enfermerías de los cosos, formidable conversador y fumador empedernido, fue jefe de los servicios médicos de la Plaza México de 1964 a 1990.

Sus logros, progresos y evolución a favor de la medicina taurina merecen una enciclopedia; en estas rayas cuente solo que fue fundador del Capitulo Mexicano de la Sociedad Internacional de Cirugía Taurina y en manera modesta se le rinde un recuerdo de honda gratitud a despecho de muchos matadores, e incluso torerillos, que luego de salvares la vida ni siquiera eso le ofrecieron.

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