10 agosto, 2016

OPINION: DEFINICIÓN DEL TOREO.

Al dejar prematuramente el toreo activo a finales del 1959, en el 1960 me trasladé con mi esposa y mi pequeño hijo al Estado de Maryland en los Estados Unidos, con el objeto de conseguir un título universitario para iniciar una nueva vida. En mi caso, con una gran vocación, me dediqué a la educación, profesión que practiqué hasta mi jubilación.

En el desierto taurino de Maryland creía había dejado detrás el toreo, pero me equivoqué porque no sabía que un torero sigue siendo torero hasta su muerte. Así que para matar mi afición, usando mis conocimientos del sujeto, junto a mi educación didáctica, dediqué mi tiempo libre a informar sobre el arte del toreo, dando conferencias en las universidades, colegios y medios sociales, escribiendo artículos

Al dejar prematuramente el toreo activo a finales del 1959, en el 1960 me trasladé con mi esposa y mi pequeño hijo al Estado de Maryland en los Estados Unidos, con el objeto de conseguir un título universitario para iniciar una nueva vida. En mi caso, con una gran vocación, me dediqué a la educación, profesión que practiqué hasta mi jubilación.

En el desierto taurino de Maryland creía había dejado detrás el toreo, pero me equivoqué porque no sabía que un torero sigue siendo torero hasta su muerte. Así que para matar mi afición, usando mis conocimientos del sujeto, junto a mi educación didáctica, dediqué mi tiempo libre a informar sobre el arte del toreo, dando conferencias en las universidades, colegios y medios sociales, escribiendo artículos o haciendo demostraciones de toreo de salón. Esto fue fácil entonces pues en los Estados Unidos, a diferencia de ahora, había curiosidad por lo relacionado con la tauromaquia, como puede comprobarse por los múltiples libros, películas y en otras manifestaciones artísticas en las que se hacían referencias al toreo. También cuando en la prensa se supo que yo había sido torero me hicieron algunas entrevistas para informar sobre el toreo y mi pasado como un matador de toros. Incluso aparecí en un par de programas televisados en Nueva York y también localmente.

Ahora cuando se ha puesto de moda en España y en otros países que los antitaurinos y algunos dirigentes políticos ataquen a la tauromaquia basándose en la defensa de los animales, aquí en los Estados Unidos no tengo conocimientos de que ocurra algo parecido. En cambio, a mi entender lo que lo aquí ahora sucede es algo aun peor pues, en general, existe una falta de curiosidad y un desconocimiento sobre lo que la fiesta brava significa para la cultura de España, Francia, Portugal y algunos países hispanos. Esto no quiere decir que no haya algunos, pero pocos, aficionados, la mayoría ya mayores de edad, varias peñas taurinas, e incluso que se den corridas de las llamadas incruentas en parte de California y en una localidad en el sur de Texas. Ahora bien, de estas actividades taurinas el público en general nada o poco sabe pues estos hechos no tienen resonancia en los medios de comunicaciones norteamericanos. Esta indiferencia a mi me ha afectado en el sentido que en los últimos siete años no me han contactado para que haga una presentación sobre el sujeto. Así que ahora me limito a propagar la fiesta brava en este portal y en mis contactos personales con los aficionados americanos.

Esta OPINION viene al caso porque hace unos días recibí un e-mail de un lector de mi portal en cual me enviaba parte de un artículo en inglés que había encontrado en el Internet sobre el toreo, en el cual, como resumen, se citaba una de mis definiciones de la fiesta brava, que probablemente el autor habría copiado de unos de mis artículos. Así decía:

En palabras de Mario Carrión: “Veamos ahora la naturaleza de esta expresión cultural tan netamente hispana. ¿Qué es el toreo? ¿una salvajada? ¿un deporte similar a la caza? ¿una expresión artística parecida al baile?. Ha habido opiniones para todos los gustos, pero la mayoría coinciden en no catalogarlo como un deporte. La traducción al inglés del término “toreo” como “bullfighting”, que literalmente significa “pelea con toros”, muestra el prejuicio extremo del concepto del toreo fuera de la hispanidad. Una persona tendría que estar loca para pelear con un monstruo de unos quinientos kilos. El objetivo del torero es precisamente lo opuesto: con gracia, elegancia, valor e inteligencia evitar el enfrentamiento. En un deporte lo importante es ganar; el aficionado a un deporte evalúa el resultado en puntos, goles o récords. En el toreo, el resultado es implícito en el triunfo esperado de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta. Lo importante para que el aficionado grite un olé, no es que el maestro “gane” sino la manera, la forma, la gracia, el duende, o la gallarda maestría al dar al toro un pase con el capote o la muleta. Los trofeos, como las orejas o vueltas al ruedo, en muchas ocasiones, no significan otra cosa más que la emoción momentánea del público; no es extraño que a veces un torero que durante toda la corrida haya solamente dibujado un artístico quite, sea el verdadero triunfador de la tarde. Como en la pintura, el baile o el cante, la calidad que hizo a ese quite especial no puede describirse; su apreciación es intuitiva y subjetiva

. Basado en mi experiencia práctica, mis lecturas sobre el sujeto y mi intuición esta es mi definición. El toreo es una especie de ballet dramático con la muerte. Como en la danza, el torero, de una manera artística, tiene que controlar sus movimientos manteniendo el ritmo, no de la música, sino del peligro. En el escenario, un mal paso significaría una interrupción del proceso artístico; en el ruedo, un error podría causar la muerte del autor de este drama.”

Y el autor del artículo traducía mi definición al inglés de esta manera:
According to Mario Carrión:

“Let’s look at the nature of this cultural expression so innately Spanish. What is bullfighting? Is it barbarism, a sport rooted in the hunt or, an artistic expression similar to the dance? There have been many different opinions, often colored by the cultural background of the person expressing his or her thoughts. However, most Spanish people agree that it should not be considered a sport. Indeed, the translation of the Spanish term torear into the English word bullfighting, shows the prejudicial view of this event in the Anglo world. A person would have to be insane to fight a 1,200 pound beast; the objective of the bullfight is, in fact, the opposite: to avoid a brutal confrontation by using the human attributes of intelligence, grace, and elegance. In a sport, the important thing is to win; the sport fan is satisfied with the accumulation of points, hits, and records. In bullfighting, there is no scorekeeping. Satisfaction is implicit in the expected triumph of human cunning over brute force; a bullfight fun screams “olé” not because the matador has won, but because of the manner, the form, the grace, the wit, the dexterity of the torero performing a veronica, a natural, or any other pass with the capote or muleta, as the piece of cloth that he holds in his hand is called. The trophies awarded to the bullfighter are often nothing more than the people’s momentary show of emotion; it is not unusual for a matador who may have only performed one artful move in the entire event to be the true winner of the day. For just as in painting, singing, or dancing, the quality that made that move special cannot be quantified or described. The appreciation of its worth is intuitive. Nevertheless, based on my reading on the subject, my practical experience as a matador, and my intuition, I define bullfighting as a type of dramatic ballet dance with death. As he would in dancing, the bullfighter must control his movements maintaining the rhythm, not of music, but of danger. On stage, a faux-pas means an interruption of artistic flow; in the bullfighting arena, a mistake could mean the death of the star of this drama.”

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