19 junio, 2021

LA VANIDAD PERDIDA

Quizá el futuro nos haga justicia a todos y él sea el que dé la razón a unos y se la quite a otros. Casi nunca uno se da cuenta de que vive momentos históricos y éstos tienen que recibir esa calificación con el paso del tiempo. Pero se me permitirá que afirme que pienso que algo trascendental ha ocurrido en la fiesta española y que se han dado ya pasos muy importantes para que de fiesta popular y masiva se convierta en espectáculo de arte y ensayo reservado a minorías interesadas en el devenir étnico de un pueblo o en las curiosidades folklóricas de una raza. ¿Y por qué se ha llegado a esta situación? El proceso ha sido largo y muy profundo, y puede que no tenga nada que ver con la evolución económica o social de nuestra patria.

Quizá el futuro nos haga justicia a todos y él sea el que dé la razón a unos y se la quite a otros. Casi nunca uno se da cuenta de que vive momentos históricos y éstos tienen que recibir esa calificación con el paso del tiempo. Pero se me permitirá que afirme que pienso que algo trascendental ha ocurrido en la fiesta española y que se han dado ya pasos muy importantes para que de fiesta popular y masiva se convierta en espectáculo de arte y ensayo reservado a minorías interesadas en el devenir étnico de un pueblo o en las curiosidades folklóricas de una raza. ¿Y por qué se ha llegado a esta situación? El proceso ha sido largo y muy profundo, y puede que no tenga nada que ver con la evolución económica o social de nuestra patria.

O sea, que yo no creo que la salida del subdesarrollo lleve emparejada la desaparición de las corridas de toros como el poderío imperial de los Estados Unidos tampoco ha provocado la prohibición y muerte del boxeo o de los rodeos. Podrán diluirse un poco estos espectáculos en el gran zafarrancho de la diversión mundial, pero siempre tendrán un sitio en el corazón popular porque ésa es la raíz de su vigencia. Más salarios, más deporte, más automóvil utilitario o chalé en la sierra no pueden significar la desaparición de las corridas de toros. La roturación de las tierras, los avances en las técnicas de engorde del ganado y el paso a una sociedad justificadamente materialista pueden llevar a la cría racional de las reses bravas, pero no a su desaparición si de verdad se toman con rigor y seriedad las medidas investigadoras que nos lleven a la conservación y multiplicación de las reservas de sangre brava, mientras que el otro aspecto despilfarrador de la fiesta, el de las enormes extensiones que ocupan las plazas de toros para servir al interés público apenas media docena de veces al año en los casos mejores, y una o dos veces en muchos pueblos, en los que sólo se abren las puertas del coso taurino para la corrida de feria, tendría arreglo futuro si las plazas de nueva planta se construyeran con el objetivo de servir para otros menesteres, ya sean de diversión o de utilización comercial, lonjas, mercados, asambleas o parques infantiles. Conseguida la base del foro y la plaza donde se ha de lidiar ese toro, lo fundamental es que las madres españolas den a luz muchachos que sean capaces de ponerse delante de los pitones de esos toros con arte, habilidad y gracia. ¿V dónde están esos mozos? ¡Ay, madre!, ese es el gran problema. Un problema tan humano como el de la vanidad. Puede que haya evolucionado de forma extraordinaria el toro bravo, aunque si uno lee las crónicas de otros tiempos crea que está leyendo las que se escriben hoy en día, porque antes ^también los toros eran chicos, no tenían pitones, se caían y manseaban a gusto, defectos que se acentuaban cuando toreaban las figuras, como por ejemplo en aquella famosa corrida de la alternativa de Belmonte en Madrid, festejo en el que saltaron a la arena diez toros para que Machaquito, El Gallo y Juan Belmonte mataran los seis reglamentarios. Y he dicho Machaquito, El Gallo y Belmonte, casi nada. Y antes el Guerra en el Círculo de Labradores de Córdoba, Lagartijo, el señor Cuchares o don Pedro Romero en su misiva al Rey que cerró las universidades y abrió una escuela de toreo. Y después el orgullo de Joselito, sus ganas de pelea y de triunfo para desembocar en los años 20 a los 30 en un continuo pugilato entre toreros como Marcial, Bienvenida, Ortega, Barrera, Félix Rodríguez, la Serna o Gitanillo. Pero no hace falta remontarse a tan lejos; basta volver la vista a lo que podemos considerar como la edad contemporánea del toreo para recordar quién era Manuel Rodríguez «Manolete» en la calle, cuando pasaba por la madrileña calle Sevilla, las Ramblas de Barcelona o el paseo de la Independencia de Zaragoza. La gente se paraba, le miraba con admiración y exclamaba ¡ahí va «Manolete»! Eran auténticos Ídolos y esa idolatría se convertía en una vanidad que obligaba a más y que llenaba de orgullo hasta aquellos privilegiados que podían sentarse alrededor de la mesa de un café para compartir con el héroe el exprés y la conversación.

Ser amigo de un torero era un título. Pero han cambiado los tiempos y el torero ya no es un ser mítico. El torero es -según algunos- un granujilla que, de la mano de los magnates de la Fiesta, se enfrenta a monas despitorradas para engañar a los incautos que se acercan a las taquillas y hacerse millonarios en un par de temporadas. Dinero, dinero y ninguna afición y amor a la fiesta. ¿Quién va a querer ser amigo de semejantes «tarambainas»? ¿Y quién va a sufrir de tal vanidad enfermiza que le lleve a poner dinero para promocionar los comienzos de la carrera de un muchacho que después pasará a las manos de los poderosos y «si te he visto no me acuerdo»? Esta es la vanidad que ha mantenido a la Fiesta: la vanidad del título de ganadero de reses bravas, la vanidad de las fiestas de los pueblos y su mejor corrida que la del pueblo de al lado, la vanidad del padrino de toreros, la vanidad del amigo, la del espectador de barrera o la del aficionado que increpa a autoridad, público, ganadero, empresario o torero. Limitadas todas esas vanidades, la fiesta languidece en la vanidad de algunos plumíferos que presumen de derribar héroes, descubrir complots, ir a los mejores hoteles y ganar tanto dinero como un torero. Pero un torero del grupo especial, ¿eh?

FUENTE… Benjamín Bentura Remacha/El Ruedo 1o de febrero 1977.

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