LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Hace meses, fuera de la plaza de tientas de la dehesa de Medina Ibarra y luego de haber presenciado el examen de varias becerras de alta nota, dije en espontánea oración a uno de los titulares de la divisa, Don Jorge Medina Rodríguez: -¡Que pecado tan grande es la bravura! Aquello manó de mi conciencia como un reclamo a la marginación de que son víctimas las ganaderías cuyos dueños, con buena fe taurina y sensibilidad, son conscientes de que le casta es el único recurso para regresar a la fiesta su esencia trágica la cual da emoción, motivo y razón.

Hoy todos nos podemos preguntar qué es lo que enseñan las escuelas taurinas a sus educandos.

El cuestionamiento se forja contundentemente después de haber visto lo que en la plaza México sucedió, justamente con un encierro quemado según la marca de Medina Ibarra este domingo recién pasado.

Tres lesionados y como fin de acto la vuelta al ruedo de uno de los criadores, Don Jorge Medina Rodríguez, fue el remate en una tarde de novillos bravos y nobles y de novilleros incapaces e ineptos para resolver y dar solución a esas condiciones del ganado.

En todos los largos y tediosos años que en el “México taurino” se cuenta con escuelas en las que se imparte la práctica de la tauromaquia, y en los otros tantos en que aquel quedó secuestrado por una sólida y soberbia tauromafia, no ha surgido un solo matador de toros que figure y mucho menos que jale taquilla y haga que las pasiones en los tendidos exploten. Más lejos se piensa en rivalidades entre toreros creativos y con sello. Mejor se siguen importando coletudos abusivos y canallas que ponen a empresas y autoridades, y a quien se les pretenda atravesar trastornando sus intereses, a sus pies.

Tanto se abusó del “toreo bonito” con torillos sin edad, sin trapío y sin bravura, que tanto actores como clientes se acostumbraron a ello y hoy aún lo ven como única verdad.

Se olvidaron de la antañona fórmula que tantas glorias otorgo a la fiesta nacional y fraguó la época de oro y posteriormente la de plata, es decir, la bravura. Sin embargo esta joya de fórmula no quedó extinguida, ahí está tratando de ser exhumada por ganaderos románticos, escrupulosos, celosos, aplicados y fieles para con el fondo del toreo que arriesgando mucho remiten mensajes diáfanos de cómo hay que proteger el espectáculo taurino de tanto grupo que pretende desaparecerlo de la faz de las culturas de los países en que se practica.

La envidia no evita ver realidades, sin embargo no admite que se acepten como tales.

No faltaron ya varios “despistados” que enjuiciaron, ingratamente, el encierro de “geniudo”… ¡Y como no! -Se dijeron-, ¡si a los tres alternantes los lesionaron!…

¡Gran pecado han cometido señores Medina Rodríguez e Ibarra! La hermosa, conmovedora y delicada diligencia de haber desembarcado en el coso de Insurgentes una partida de rumiantes bien presentada, encastada y brava con la que evidenciaron que nuestros novilleros son incapaces de burilar trasteos con materiales de carácter tan formidable como son la bravura y la nobleza.

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