TEDIOSA E INTRASCENDENTE FUNCIÓN TAURINA

La mayor parte de la aburrida que se dio el escaso público que cubrió solamente un cuarto de la Monumental aguascalentense la noche del viernes, fue la partida de malas reses que salió al arenoso escenario.

Previstos para el de a caballo fueron dos bicornes, uno de Rancho Seco y otro de Bernaldo de Quirós, y para los de a pie cuatro de Guanamé. En grupo formaron un encierro soso, descastado, lleno de complejidades e inepto para admitir faenas lucidas.

Los guanameños se cortaron con idéntico patrón: sosería y mala sangre. Fueron bóvidos bien hechos, de lámina fina pero cortitos, bajitos y descastados que nada ofrecieron como para hacer ver la práctica de la tauromaquia que emociona.

Los actores, cada uno en su asignatura, estilo y capacidades pusieron, a despecho, disposición y objetivos en busca del triunfo, pero éste jamás llegó.

El jinete Emiliano Gamero –palmas y silencio- tuvo dos actuaciones alegres y variadas en las que siempre procuró agradar a la clientela. Su primero, de la vacada de Rancho Seco, despuntado deshonestamente, algo se dejó hacer el toreo a caballo, sin embargo, el équite se observó mal a la hora de rematar con el rejón de muerte. Su segundo, de la divisa del amable Javier Bernaldo, fue manso, sin casta e incierto, haciendo así honor a su mala estirpe, no obstante, el de a caballo bien pudo haberle cortado una oreja, empero el pésimo empleo, de nueva cuenta, con “la hoja de Peral”, evitó que el premio llegara a su puño.

Un torito bajito, cortito de caja, aunque bien armado, fue el primero del “Cejas” –palmas y pitos tras dos avisos-, mismo que solo duró dos series de pases con la sarga. Pronto acortó su recorrido y comenzó a salir con las armas por las alturas. Poco pudo hacerle el diestro fuera de su disposición. Posteriormente vinieron un par de pinchazos y una buena estocada para concluir el acto.

Un astado bien cortado echó para su segunda intervención. No obstante, esas hechuras manifestó mala lidia. Soso, de pésimo estilo topaba por alto y a ello, el diestro dio la cara cumpliendo y dándose voluntarioso; su terquedad por agradar le hizo caer en la necedad y alargó claramente el trasteo y, para más males, fallando con el acero en reiteradas ocasiones hasta lograr la muerte del adversario con el sexto descabello no sin haber ocupado, bajo el patrocinio absurdo de la autoridad, 27 minutos.

Otro torito de leve presencia, pese a, su gordura, fue el tercero. De mal comportamiento para mayores señas de su filial. Topón y de medias embestidas se retornaba cual felino sobre los remos delanteros. Con estas inconveniencias José Garrido –al tercio y discretas palmas- dejó ver diáfanamente dos cosas: disposición y ordinaria torería. Toreros como él hay muchos. Eso sí, la suerte suprema la ejecutó de forma decente.

En su segundo, un animal incierto que terminó denotando los defectos de sus compañeros de partida, ratificó que es un coletudo sin sello y sin ángel. Quede en la hoja de sus buenas notas el afán de agradar. Logró algún buen pase por aquí y otro por allá, mezclados estos con infinidad de garrazos, rodillazos y números de esos que alegran al pueblo. Por fin terminó su mediocre paso por el albero aguascalentense de un pinchazo y media estocada tendida.

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