LOS PUYAZOS DE SERGIO.

¡Vaya vieja fórmula de comenzar la “nueva empresa” la campaña, se entiende que grande y de toros, en el coso de la rambla Insurgentes!

El renovar una entidad taurómaca no es remozar butacas, pintar puertas y maderas todas de un inmueble, y ni sugerir fechas y días de la semana que por tradición no han sido de funciones taurinas, entendidas éstas como una temporada y no como una especie de feria que se va a empujones y en cuyos carteles formados por consecuencia lógica fallece un factor que era atractivo antaño: la sorpresa.

La primera respuesta a la “renovación” la tuvieron el sábado en lo que fue una desangelada inauguración de campaña. El gigantesco y cada vez más solo coso recibió a varios miles de aficionados que aún guardan fe taurina, y solo alcanzó para que el graderío inmenso anotara algo más de un cuarto.

Con el objeto de dar “nuevos bríos” a la fiesta, la empresa, cediendo como siempre a los que figuran, mercó un encierro compuesto por seis “feroces tigres” del criadero del amable Javier Bernaldo.

Fue una partida con apenas tres reses aceptablemente presentadas y tres con mayor cuajo, pero eso sí, faltaba más, de mansedumbre esplendorosa todos.

Los rostros de los alternantes, en su momento cada uno, manifestaban desilusión… como si ellos no fueran parte del grupo de culpables de semejante parodia de fiesta. Son como el niño de aquel certero e impúdico poema de Sor Juana: “Hombres necios”… Parecer quiere el denuedo/ de vuestro parecer loco/ al niño que pone el coco/ y luego le tiene miedo…

El que más pudo hacer con tales bueyazos de carreta fue Manzanares. A su segundo, igualmente manso aunque “pasadorcillo”, le hizo un trasteo estético, de muletazos bellos, templados y finos, pero no por ello dejando de acusar ya el síndrome “poncista”, es decir, intérprete de faenas preciosistas, con mucha planta, erguida figura, temple y lentitud pero sin la esencia trágica que debe tener la fiesta para ser llamada, legítimamente, brava. Y esa emoción solamente la da la bravura del toro, elemento ausente durante toda la tarde.

Con este envío de rumiantes, el señor Javier Bernaldo se declara y se ratifica como un poderoso enemigo del genuino espectáculo taurino.

Las cosas mejoraron al día siguiente, en lo que fue la segunda corrida de la campaña; pero solo en dos tema, la entrada, que fuera de apenas media plaza, y con un toro bueno, el primero, que aunque sin clase, tuvo bravura y embistió con poder a los engaños de Joselito Adame, espada que toreó bien pero que deshonró lo realizado con los engaños al emplear el arma desatinadamente, perdiendo quizás las orejas del burel. Luego se le vio desilusionado y ese estado anímico le desbarrancó al conformismo, pues a su segundo jamás le encontró la distancia.

Lo que desembarcó Javier Sordo de su criadero antañón de Xajay, fue un encierro cuajado, con toros de acusada edad adulta pero, quitando el astado acotado en rayas anteriores, resultó descastado y hasta complicado.

Por su parte el peruano Andrés Roca Rey, a su primero le trazó una faena riñonuda; bien bragado aguantó los parones de la res y le hurtó pases imposibles, en base a su quietud y excelente manejo del engaño. Ahí, arriba los diamantes del adversario le apuntaban al pecho unas ocasiones, a los muslos otra, pero se quedaba impávido. Torero decidido y competente que de la misma forma que su alternante, y para males, perdió un auricular por lo menos al fallar también con el estoque.

Hace más el que quiere que el que puede.

Deja un comentario