5 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Otra corrida, la quinta, de la campaña-feria en el viejo coso de las ladrilleras con escasísima clientela se ofreció el sábado.

La empresa resolvió con un mano a mano lo que oficialmente se anunció como tercia. Los motivos ya se saben.

Para la consecuencia se adquirió un encierro de San Isidro, cuyos patrones mandaron una partida de finas hechuras y de lidia irregular, sin apartarse del inamovible rumbo de mansedumbre que tienen.

Otra corrida, la quinta, de la campaña-feria en el viejo coso de las ladrilleras con escasísima clientela se ofreció el sábado.

La empresa resolvió con un mano a mano lo que oficialmente se anunció como tercia. Los motivos ya se saben.

Para la consecuencia se adquirió un encierro de San Isidro, cuyos patrones mandaron una partida de finas hechuras y de lidia irregular, sin apartarse del inamovible rumbo de mansedumbre que tienen.

Cuando un hombre templado, curtido, lleno de expresión artística, eficaz técnica y sensibilidad para entender los tres actos de la lidia se presenta en un escenario, entonces se tiene a una figura del toreo.

Octavio García “El Payo”, aún hurtado de un segundo auricular con el que cerró la función, se apoderó de la tarde y casi borró a su experimentado alternante, el galo Sebastián Castella.

El primero del queretano, un primoroso berrendo en cárdeno alunarado, tuvo empalagosa nobleza, notada clase, nula casta y modesto poder; sin presionarlo, el rubio coletudo le firmó un trasteo entendido y calibrado que hubiera valido mejores honras sin los pinchazos que ejecutó antes de la buena estocada.

Su segundo se comportó como toro insulso y sin chiste alguno mientras él formó una faena luchona, pero sin los resultados merecidos.

Para rematar la tarde dio cara al sexto, un bóvido sin clase, soso y de borregunas reacciones que sin embargo no impidió que el diestro construyera un quehacer señorial, suntuoso, clásico y expresivo por el que, dada su forma de sellarlo en la suerte suprema, merecía las orejas, premio que, pese a que el público demandó enérgicamente, no llegó a sus manos.

Castella, en sus turnos, otorgó luces y sombras. Ante el primero se dio persistente, imponiéndose al animal que bastante regateó y que al ir lo hacía con indeseable estilo. Un pinchazo sufrido y decoroso espadazo terminaron la acción para que el cotarro lo reconociera en el tercio.

En cambio, su segundo, un toro enrazado que habría roto si lo haya moldeado con mejor uso del temple, le ganó la partida en un enfrentamiento diáfanamente desaseado en el que se observó un granel de enganchones, granjeándose por momentos el grito de ¡toro!

El quinto salió a la arena para ejemplificarse como típico “San Isidro”: delanterito, gordito, cortito y bajito. Éste fue incierto, sin casta y tuvo complicaciones disfrazadas; no obstante, con incorruptible firmeza le hurtó excelente partido, pero no correspondiendo a ello con el acero.

La entrada no mejoró el domingo en la sexta corrida. El público sigue muy alejado de la México a grado de preocupar seriamente.

Esta vez le tocó a Hamdam remitir un encierro irregular en tipo y cuajo. Fácilmente los ganaderos confunden el volumen y la gordura con el trapío. El más destacado fue Juan Pablo Sánchez quien ante el primero de su lote, tal toro prácticamente minusválido, casi un indigente, al que trató con torera amabilidad, logró hacer valer su notado y ya famoso temple para ser justipreciado con la única oreja de la función.

Perera mientras tanto se vio obstinado con el cebado primero, cuya caja contrastaba con su paupérrima cuerna. La capacidad del internacional diestro se impuso y fue llamado a que recorriera el anillo en paralelo a las maderas.

En su segundo hizo el gasto sin encontrar eco.

Y Fermincito Espinosa Díaz de León, luego de tres petardos en la campaña anterior, fue premiado con otra oportunidad en esta corrida en discusión; lo peor de todo fue que no la aprovechara; justificándose del escaso juego de sus toros pasó precavida e intrascendentemente esta tarde. Sí, otra vez.

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