9 enero, 2017

VIVENCIAS: CAMBIOS EN EL TOREO EN EL PASADO MEDIO SIGLO EN ESPAÑA

Marzo, 2005
El motivo de este diálogo sobre el antes y el ahora del toreo.

A menudo se me ha preguntado de una manera casual que si noto diferencias entre el toreo de mis tiempos en los cincuenta y en el de ahora. Así a bocajarro y en una situación social es difícil de contestar esa compleja pregunta con mucho sentido. Así que mis contestaciones generalmente han consistido en generalizaciones obvias y básicas, tal como “los toros ahora salen más grandes” o “ahora se dan muchas más corridas”.

También, en varias ocasiones, conversando con algunos de mis colegas, el tema de los cambios en el toreo ha salido a relucir y lo hemos tratado algo más a fondo, pero no de una manera sistemática.

Marzo, 2005
El motivo de este diálogo sobre el antes y el ahora del toreo.

A menudo se me ha preguntado de una manera casual que si noto diferencias entre el toreo de mis tiempos en los cincuenta y en el de ahora. Así a bocajarro y en una situación social es difícil de contestar esa compleja pregunta con mucho sentido. Así que mis contestaciones generalmente han consistido en generalizaciones obvias y básicas, tal como “los toros ahora salen más grandes” o “ahora se dan muchas más corridas”.

También, en varias ocasiones, conversando con algunos de mis colegas, el tema de los cambios en el toreo ha salido a relucir y lo hemos tratado algo más a fondo, pero no de una manera sistemática. Me viene a la memoria una larga conversión sobre este asunto que tuve con el matador salmantino Victoriano Posada y el maestro peruano-argentino Raúl Rovira en mayo del 1999 en Miami en donde, invitados por los Posada, mi esposa y yo estábamos pasando unas vacaciones.

Recordemos que Rovira fue un buen torero que tuvo sus mejores momentos en la década de los cuarenta, y que Posada fue un buen clásico matador de los cincuenta, quien fue el padrino de la confirmación de mi alternativa en Madrid en el 8 de abril del 1956, y con quien actué en varias ocasiones en España y en Ecuador.

Los tres veteranos maestros hablamos del toreo de nuestros tiempos y del contemporáneo. Vagamente concluimos que desde entonces hasta el presente habían habido algunos cambios significativos en el entorno taurino pero que la técnica del toreo actual difiere relativamente poco de la de la década de los cincuenta, durante la cual los tres estuvimos activos. Nuestra conclusión hubiera sido muy diferente si hubiésemos estado comparando el toreo de los cuarenta y cincuenta con el de antes de la Guerra Civil Española (1936-9), cuando los cambios en la técnica y forma fueron más radicales.

A veces he divagado sobre este tema, pero hasta ahora no se me había ocurrido deliberadamente exponer mis percepciones de los cambios que yo he observado en el toreo y en su entorno durante el poco más de medio siglo discurrido entre el 8 de diciembre del 1949, cuando yo toreé por primera vez en público, y marzo del 2005, cuando la temporada europea alborea, y cuando estoy anotando estas ideas.

Quiero primero hacer unas observaciones sobre el parámetro y método de este artículo. Mis conclusiones no son basadas en evidencias empíricas tales como múltiples estadísticas y opiniones de expertos e historiadores, sino en mis experiencias y percepciones taurinas. Estas comenzaron en los años cuarenta como un joven que vivía el toreo, creciendo junto y bajo la tutela de mi tío y primos los Martín Vázquez. Continuaron luego como un torero profesional desde 1949 hasta 1959, y como un aficionado y estudiante del toreo desde mi retiro en 1960 hasta nuestros días. Por lo tanto, mis conclusiones solamente son hipótesis discutibles que pudieran servirles al lector de guías para averiguar más sobre el asunto y formar así sus propias conclusiones. Tampoco pretendo dialogar exhaustivamente sobre todos los cambios ocurridos sino solamente los que para mí son los más obvios y significantes.

Respecto al método, aclaro que para evitar repeticiones mis referencias van a tener dos puntales: ‘un antes’ y ‘un ahora’. Cundo mencione ‘el antes’ me referiré específicamente al toreo de la década de los cincuenta; y cuando indique ‘el ahora’ aludiré al toreo de los diez últimos años. Mi meta es identificar los más importantes cambios y hacer algunos comentarios sobre ellos, sin meterme en analizarlos ni explicar cuando, cómo y porqué ocurrieron. Además, para no divagar sin rumbo fijo, incluiré mis observaciones, aunque a veces se sobrepongan, en una de estas secciones “Sobre las temporadas de antes y las de ahora”, “Los toreros de hace medio siglo y los actuales” y “Cambios en los toros y su lidia”. Así que echemos mano a la obra.

Sobre las temporadas de antes y las de ahora
Una de las más importantes diferencias que se nota en el toreo actual es el aumento del número de corridas de toros que se han dado en las recientes temporadas. También el calendario taurino contiene una mayor cantidad de ferias en las que se anuncian más festejos mayores que antes. Además las temporadas españolas se han extendido, comenzando en enero y concluyendo en noviembre, cuando tradicionalmente las temporadas se abrían en marzo en la Feria de la Magdalena en Castellón y se cerraban con la Feria de San Lucas en Jaén.

He dado una ojeada a unas estadísticas aparecidas este invierno en el Internet que informaban sobre los totales de cada temperada desde el 1950 hasta la pasada temporada del 2004. De ellas he extraído estos datos que comprueban el aumento de festejos en las temporadas españolas a través de poco más de medio siglo.

Estos son los totales de las corridas celebradas en las temporadas de los cincuenta: 1950, 145; 1951, 278; 1952, 265; 1953, 218; 1954, 208; 1955, 215; 1956, 260; 1957, 301; 1958, 323; y 1959, 334.

Estas fueron las cifras de los totales de corridas celebradas en los últimos diez años: 1994, 720; 1995, 816; 1997, 859; 1998, 958; 1999, 941; 2000, 894; 2001, 846; 2002, 899; 2003, 981; y 2004, 899.

Ahora bien, el aumento en la cantidad de corridas fue paulatino, ya que en 1963 se alcanzó la cifra de más de 400 corridas de toros; y se sumaron 599 y 619 en las temporadas del 1966 y 1967, respectivamente, hasta llegar a cerca del millar en las últimas temporadas.

Los aumentos en corridas celebradas en las temporadas actuales son también evidentes en los abonos de las ferias de ahora y antes. He hallado entre mis memorias carteles de las ferias del 1955 de Sevilla y de la Feria de San Isidro de Madrid del 1956, en cuyas ferias actúe, y al comparar esos datos con los de las mismas ferias que aparecen en las estadísticas del final de la temporada del 2004 en PORTAL TAURINO, noté estas diferencias: Dos abonos de la Feria de Abril d Sevilla: 4 corridas de toros y 2 novilladas en 1955 y 15 corridas de toros más 1 novillada y 2 corridas de rejones en 2004. Un aumento similar se nota también en la Feria de San Miguel cuando entonces se celebraba una corrida y ahora se dan dos más un festejo de rejones.

Dos abonos de la Feria de San Isidro de Madrid: solamente 6 corridas de toros en 1956; y 29 festejos taurinos, compuestos de 23 corridas de toros, 3 novilladas y 3 corridas de rejones en la temporada del 2004. De todas las ferias del mundo taurino, el abono de la Feria de San Isidro es el que ha aumentado más notablemente. Además, hay que considerar que en Las Ventas se dan dos ferias más que antes no existían, la Feria de la Comunidad en mayo y la de Otoño en octubre, sumando entre ellas una docena de festejos más entre novilladas y corridas de a pie y de rejoneo. Tampoco hay que olvidar que en el casco urbano de Madrid se halla la plaza cubierta de El Palacio de Vistalegre, en donde se realizan otras dos ferias cada temporada con varios festejos en sus abonos.

No solamente los abonos de las clásicas ferias han aumentado, sino que también ahora las ferias en las cuales se anuncian corridas de toros y novilladas picadas se han multiplicado, ya que en muchos pueblos en donde en los cincuenta se montaba una feria con una o dos novilladas sin picadores en una plaza de carros; hoy se organizan ferias con abonos que incluyen varias corridas o novilladas picadas dadas en plaza fijas. Podría dar muchos ejemplos de este hecho pero, por economía, solamente expondré los cambios que acontecieron en los pueblos de la Comunidad de Madrid, ya que conozco por experiencia esa situación.

En mis comienzos profesionales en las temporadas de 1950-1-2 yo actué en novilladas sin caballos en los pueblos madrileños de Cadalso de los Vidrios, Alcobenda, Las Rozas, Guadarrama, Cercedilla, Valdemorrillos y otros. Entonces en esos pueblos el abono de feria, consistía de una o dos novilladas sin caballos celebradas en plazas de carros o de andanadas en las que se lidiaban novillos moruchos o de media casta. En cambio, ahora en esos pueblos y otros de la provincia se organizan atractivas ferias con corridas de toros o novilladas en bonitas plazas fijas, o en modernas plazas portátiles.

Consulté la Base de Datos del PORTAL TAURINO y allí aparecen 31 pueblos de la provincia madrileña en los que en la actualidad se organizan ferias, bien sea con corridas de toros, a pie o de rejones, novilladas, o una combinación de las tres en sus abonos. Estas son las más importantes ferias modernas de la región madrileña, cuyos abonos constan de múltiples festejos: Aljavir, Leganés y Valdemorillos, ferias invernales que son las tres primeras de la temporada; Colmenar Viejo, San Sebastián de los Reyes, Alcalá de Henares, El Escorial y Aranjuez, las más tradicionales; Collado-Villalba, Móstoles, El Molar; Paracuello del Jarama, Cenicientos y Arganda, esta última es una de las más importantes ferias de novilladas españolas, al igual que las son las ferias de Armero (La Rioja) y Algemesí (Valencia).

Otros cambios recientes en las temporadas taurinas han sido la prominencia que han tomado las corridas de rejones en los abonos de feria, y el desinterés existente por las novilladas. En muchas ferias las novilladas se excluyen de los abonos y, sí se anuncian, usualmente la plaza se cubre en menos de la mitad del aforo, mientras que, a menudo, la corrida de rejones obtiene la mejor entrada, especialmente en las ferias menores.

Hoy es rara la feria en cuyo abono no se anuncia una corrida en las que actúan tres o seis rejoneadores. Por el contrario, en los cincuenta la norma era que cuando actuara un rejoneador apareciera encabezando un cartel con tres espadas. Entonces, Angel Peralta inició la modalidad de aparecer en corridas mixtas, compartiendo el cartel con dos matadores. Esto sucedía en raras ocasiones, y generalmente no en las ferias de plazas de primera. Yo actúe en una de esas corridas en Villacarrillo (Jaén) el 15 de septiembre, 1956, alternando con “Chicuelo II” y dicho centauro. También en los cincuenta las novilladas en las ferias atraían a tanto público o más que las corridas de toros.

Otra marcada diferencia entre antes y ahora, es relacionada con la construcción de inmuebles taurinos. De esto hace eco la prensa especializada que anualmente en los resúmenes de final de temporada informa que unas cuantas plazas nuevas han sido inauguradas y otras ampliadas y modernizadas.

La nueva modalidad es construir algunos de esos cosos habilitados para multiusos con una cubierta fija o retractable para protegerlos de las inclemencias del tiempo. De esta manera se construyeron las plazas de toros de San Sebastián, Logroño, Leganés, León y la de Vistalegre en Madrid. Otras veces se ha añadido una cubierta a los cosos tradicionales existentes, tal como se hizo con la plaza de toros de Zaragoza. Coincidentemente, el dos de marzo leí unas noticias anunciando que se iba inaugurar en ese mes una plaza en Espartinas (Sevilla) y que se acababa de aprobar planes para construir dos nuevas plazas para multiusos, una en Vitoria y otra en Montilla (Córdoba), información que enfatiza lo que acabo de anotar.

Además, a las plazas modernas se les dotan con asientos y accesos cómodos, no como los que tienen las plazas tradicionales, tal como la Maestranza sevillana. En ese recinto hay que abrirse paso a codazos y pisotones para llegar al asiento, para luego padecer un suplicio, permaneciendo sentado por un par de horas, apretado como sardinas en lata y con las rodillas del vecino de arriba clavadas en la espalda.

En los años cincuenta raramente se inauguraba un nuevo coso taurino y desde luego no existían plazas de toros cubiertas y cómodas. Entonces no se concebía presenciar un espectáculo taurino sin sol, lluvia, viento, sudor, polvo y otras incomodidades. Era la norma, pero lo que sorprende es que aun queden algunos aficionados que, alegando que los cambios estructurales de las plazas le roban tradición a la fiesta, critican la tendencia a techar las plazas de toros y de dotarlas de comodidades modernas.

Antes de pasar a comentar sobre los toreros, anoto aquí una observación relacionada con la conducta del público de ahora y el que asistía a los toros en la década de mi paso por los ruedos. El público de ahora premia lo bueno, pero es menos dado que el de antes a las manifestaciones negativas con grandes broncas, pitos, agresiones verbales a los protagonistas de la fiesta, e incluso con el arrojo de objetos a los ruedos.

Esta conducta se refleja en las reseñas de los festejos de ahora, en los cuales, si no aparecen concesiones de trofeos, la palabra más prevaleciente es un neutral “silencio”, en vez de los vocablos “pitos”, “bronca”, “protestas” y otras palabras de esta índole que se leían a menudo en otras épocas. Por ejemplo, en un análisis que hice de los resultados de la feria madrileña de San Isidro 2004 hallé que en las 23 corridas de toros se lidiaron 138 toros, y que a la muerte de estos, 81 de las faenas que les ejecutaron los diestros fueron evaluadas por el público con silencios, y solamente 17 con algunas muestra de protestas. Estos datos son aún más sorprendentes si se considera que en Las Ventas el sector de público del Tendido Siete es notable por su tendencia a la protesta verbal.

Esta conducta tal vez sea una consecuencia de los avances socio-económicos del pueblo español, que ahora puede sufragar sin grandes esfuerzos el precio de las entradas de toros, aceptando más resignado los malos resultados de un dado festejo taurino. En cambio en los cincuenta, a la mayoría de los espectadores españoles una entrada le costaba un ojo de la cara y el espectador fuera como fuera quería recuperar el valor de su adquisición con las buenas actuaciones de los espadas. Por consiguiente, cuando esto no sucedía protestaba ruidosamente.

Sobre los toreros de antes y de ahora
Hasta aquí he anotado algunas diferencias en lo que se refiere a las temporadas mismas. En esta sección dialogaré sobre el tema del cambio en lo que concierne a los novilleros y matadores, aunque haré una vaga referencia a los hombres de las cuadrillas.

En lo más básico del toreo no existe diferencia en lo que hacíamos los toreros que militábamos en los años cincuenta y en lo que los actuales hacen. Tantos los unos como los otros nos jugamos la vida ante toros bravos para crear arte en el ruedo. Sin embargo, existen algunos cambios en la formación profesional y en el desarrollo de las carreras de los toreros de antes y los de ahora.

Los aspirantes a toreros
En los cincuenta no existían escuelas taurinas para enseñar lo fundamental del toreo a los aspirantes a ser toreros, ni para darles oportunidades para practicar con reses lo aprendido en las clases. Entonces los aficionados aprendían a torear como podían y toreando de salón compartían entre ellos sus pobres conocimientos. Luego en manadas asistían sin ser invitados a los tentaderos y participaban en capeas, con la esperanza de que alguien les notara sus dotes toreras. Esperaban que ese alguien les diera oportunidades para actuar en novilladas sin picadores en pueblos, villas y villorrios. Las pésimas, y a veces inhumanas, condiciones en que algunas de esas actuaciones se llevaban a cabo han sido dramatizadas en varias películas taurinas. Ahora bien, esa manera de iniciarse en el toreo también podía tener su recompensa, pues cuando un novillero triunfaba en un pueblo le significaba nuevos contratos y algo de compensación monetaria y la posibilidad de ser descubierto por un apoderado.

O sea, el actuar en festejos sin picadores tenía una doble función, una para que los aspirantes, a tranca y barrancas adquirieran la técnica de torear en el ruedo, y otra para eliminar a los menos capacitados para la profesión. Algunos como yo, quien desde niño entrenaba con mi primo Pepín Martín Vázquez y que fui llevado de la mano a los tentaderos por él, evitábamos el mal trago del primer paso del aprendizaje pero, al igual que otros menos afortunados aspirantes, luego también teníamos que afrontar el azaroso aprendizaje, toreando festejos sin caballos por los pueblos. En mi caso toreé festejos sin picadores en las temporadas 1950, 1951 y el principio de la del 1952, en muchas ocasiones lidiando novillos moruchos o de media casta, en plazas habilitadas con carros en círculo y andamios. Con mis triunfos, mis esfuerzos y sin pagar ni un centavo conseguí debutar con ambiente como novillero con caballos ese mismo año en Tanger el 27 de julio.

Hoy en pocos pueblos se dan novilladas sin caballos y un joven aspirante a torero que no sea estudiante de una escuela taurina, o que no tenga un familiar o un padrino que lo capitalice y lo ayude, no tiene oportunidades para destacar por sus propios méritos.

Novilleros
Un cambio que salta a la vista en el entorno taurino actual es la diminución en importancia, popularidad y estima de los novilleros.

En los cincuenta se vivió una era dorada de los novilleros. Entonces aparecían novilleros que atraían al público a las plazas, y los empresarios los buscaban y les remuneraban adecuadamente—a veces mucho mejor que a los matadores no-figura. Además, los novilleros triunfantes gozaban de una popularidad, bien a nivel nacional o regional, comparable a la que tenían los maestros bien conocidos. O sea que a los novilleros punteros se les consideraba como verdaderos profesionales y se esperaba que el éxito como matador fuera una progresión lógica del éxito que ya habían obtenido como novilleros.

Las grandes estrellas novilleriles Julio Aparicio y Miguel Báez “Litri” culminaron sus etapas de novillero en 1950 mandando en el toreo; a tal punto que ese año solamente se celebraron 145 corridas de toros en la temporada taurina española, pues en los abonos de las ferias se substituían novilladas con esas dos figuras en los carteles por corridas de toros. A ellos les siguieron otras figuras como Antonio Ordóñez, Antonio Chenel “Antoñete”, César Girón, Emilio Ortuño “Jumillano” y Pedro Martínez “Pedrés”. En 1952 Manuel Jiménez “Chicuelo II” asombró a los públicos y en 1954 Antonio Borrero “Chamaco” arrasó. Con Paco Camino, “El Viti” y Diego Puerta, quienes con Manuel Benítez “El Córdobés” serían los ases de los sesenta, se cerró en 1959 esa época brillante de los novilleros. No obstante, no eran únicamente esos los novilleros que mantenían el interés de los públicos, sino que en cada temporada había una media docena más de novilleros punteros que atraían la atención de la aficionados, los miembros de la prensa y los taurinos, quienes reconocían nuestra categoría profesional. Por ejemplo, como consecuencia de yo abrir la Puerta Grande en mi debut en Madrid el 14 de septiembre, 1952, reaparecí acompañado de otros dos novilleros punteros en una novillada extraordinaria llenando la plaza en un día laboral, el jueves, 11 de junio, 1953. Volví a abrir la Puerta Grande el domingo 1 de agosto, 1954, y al repetir tres domingos después, a pesar de ser pleno verano, se puso en la taquilla el cartel de “no hay billetes”. Otra vez triunfé esa tarde, y es necesario resaltar que el empresario me remuneró con largueza en todas esas ocasiones. Traigo esta experiencia personal a colación para ilustrar el contraste, pues no es extraño que en estos días un novillero, después de salir a hombros de Las Ventas en su repetición apenas llene un cuarto o un tercio del aforo de la plaza si el festejo se anunciara fuera de los abonos de las ferias madrileñas.

En la actualidad a los novilleros no se les ven como verdaderos profesionales, parece ser que se les consideran más bien como ‘amateurs’ avanzados o algo parecido. Personalmente he comprobado que incluso los mismos aficionados, a menudo, no reconocen los nombres de novilleros líderes del escalafón.

Por consiguiente, la falta de la popularidad de los novilleros se manifiesta en el poco poder convocatorio que estos tienen, pues si exceptuamos algunos abonos de feria como San Isidro y unas cuantas ferias más, es raro que en una novillada se cubra más de un cuarto del aforo de la plaza. Así que los empresarios sabiendo de antemano que, toree quien toree, solo unos miles de espectadores van a estar en los tendidos, no tienen el incentivo para anunciar en los carteles a los novilleros triunfadores, a los que por lo menos les deben de pagar los gastos, cuando pueden poner a otros que torean gratis, o con quienes tienen intereses creados.

Ahora bien, si el aliciente económico no existe para los empresarios, porqué entonces se dan anualmente casi setecientas novilladas. La respuesta es simple. Por un lado, las comunidades exigen a los empresarios en los pliegos de arrendamiento que se den en sus plazas un número determinado de novilladas, con el objetivo de promover la aparición de nuevos valores; y por otro lado, porque los padrinos de los novilleros capitalizan muchas novilladas para que sus pupilos, con méritos o sin ellos, toreen. Esto crea el problema de que no siempre actúen los novilleros que triunfan, sino los que tienen quienes los capitalicen. Consecuentemente, algunos prometedores novilleros, desanimados por las condiciones existentes y sin estar preparados, deciden tomar la alternativa con la esperanza de triunfar como matadores.

La situación actual puede resumirse en pocas palabras: ni los aficionados, ni los miembros de la prensa, ni tampoco los taurinos reconocen la categoría profesional que antes tenían los novilleros.

Los matadores de toros
Así como los novilleros actuales encuentran más dificultades para sobresalir que los de hace medio siglo, en general los matadores de toros de ahora tienen más oportunidades para mantenerse activos y para prolongar su vida profesional que los de mis tiempos.

Este hecho es la consecuencia de que la cantidad de festejos mayores que se dan por temporada se ha triplicado, permitiendo tanto a las figuras como a otros diestros notables sumar más corridas por temporada que los matadores de los cincuenta de similar categoría toreaban.

Para colaborar esta observación, a continuación, contrasto algunos datos extraídos de recientes estadísticas con los datos que aparecieron en los resúmenes de las temporadas 1955 y 1956, en las cuales yo participé. Las cifras hablan por sí solas.

Estos son los totales de las corridas toreadas por el líder del escalafón de las temporadas de los cincuenta, y por el líder de las diez últimas temporadas:

Década de los cincuenta: 1950, 80; 951, 98; 1952, 74; 1953, 48; 1954, 54; 1955, 67; 1956, 68; 1957, 73; 1958, 87; y el 1959, 81.

Las diez últimas temporadas: 1994, 153; 1995, 161; 1996, 121; 1997, 108; 1998, 108; 1999, 134; 2000, 106; 2001, 102; 2002, 112; 2003, 95; y en el 2004, 106.

Pero no únicamente los líderes del escalafón toreaban menos en los cincuenta, sino que también se quedaban cortos las otras figuras y otros toreros notables. Como una muestra compararemos a continuación algunos datos de los resúmenes de la temporada 1955, en la que yo actué por primera vez como torero de alternativa, con los de la última temporada:

Posiciones en el escalafón final de temporada 1955 y número de corridas (aparecen en paréntesis) que torearon los primeros nueve matadores clasificados: 1. “Chicuelo II” (67); 2. César Girón (62); 3. Paco Mendes (42); 4. Julio Aparicio (40); 5. Rafael Ortega (39); 6. Emilio Ortuño “Jumillano” (38); 7. Pedro Martínez “Pedrés” (38); 8. Antonio Chenel “Antoñete (36); y 9. Antonio Bienvenida (35). A estos diestros los siguen 8 matadores que torearon entre 20 y 29 festejos, entre ellos se encontraban Manolo Vázquez (29) y “El Litri” (21). Además, otros 7 diestros hicieron el paseíllo entre 10 y 19 veces. En este último grupo nos hallábamos “Joselillo de Colombia” y yo empatados en la veintava posición con 13 actuaciones.

Por el contrario el resumen de final de la temporada 2004 en MUNDO TORO muestra que los tres primeros clasificados en el escalafón sobrepasaron las 80 actuaciones, César Jiménez (106), ” El Fandi” (97) y Javier Conde (82), y también que un total de 78 matadores torearon más de 10 corridas por coleta. Esta es la distribución: 4 diestros hicieron el paseíllo entre 60 y 80 tardes; 16 entre 59 y 60; 22 entre 39 y 20; y 32 diestros actuaron entre 19 y 10 festejos mayores.

Como puede verse, las diferencias en la cantidad de actuaciones de los toreros de antes y ahora es enorme. Además existía otro factor que hacía más difícil en los cincuenta que los diestros que no fueran grandes figuras entraran en los abonos de ferias importantes, en donde podrían conseguir los triunfos necesarios para progresar o mantenerse en la profesión. En esas ferias los puestos en los carteles eran escasos pues, a parte de que los abonos contaban con menos corridas de toros, las figuras triunfantes se anunciaban en varios carteles, incluso en los de las corridas duras.

De nuevo vamos a los datos. Comparemos en este caso los carteles de las ferias de Abril de Sevilla del año 1955, en la que yo actué en una novillada, y los de San Isidro de Madrid del 1956 con los abonos de las mismas ferias de la pasada temporada as:

Feria de Abril de Sevilla del 1955. El abono constaba de 5 corridas de toros, incluyendo la del domingo de Resurrección, y dos novilladas. Una corrida era de ocho toros. De los 16 puestos, 6 fueron ocupados por Antonio Ordóñez y Cesar Girón que torearon 3 corridas cada uno, lidiando ambos con Rafael Ortega la corrida de Miura. “Pedrés” y Rafael Ortega, otras dos figuras. y el portugués Paco Mendes, hicieron el paseíllo en 2 tardes. Así que solo quedaron 2 h puestos libres para dar oportunidades a otros toreros, los que fueron ocupados por Manuel de Pozo “Rayito” y Bartolomé Jiménez Torres. En total 8 matadores compusieron los carteles del abono.

Feria de Abril de Sevilla del 2004. En el abono se dieron 15 corridas de toros, 2 de rejoneo y 1 novillada. Los 45 puestos de las 15 corridas fueron ocupados por 31 matadores. “El Juli” fue el único diestro que actuó en tres corridas, mientras que Ponce, “Jesulín de Ubrique”, “Finito de Córdoba”, Dávila Miura, Rivera Ordóñez, Javier Conde, Antonio Barrera, “El Cid”, “El Fandi”, César Jiménez, Matías Téjela, José María Manzanares, Leandro Marcos y Sergio Aguilar hicieron el paseíllo en 2 tardes. Torearon una tarde los siguientes diestros: César Rincón, Manuel Caballero, Pepín Liria, Domingo Valderrama, “El Califa”, Luis Miguel Encabo, Antonio Ferrera, Jesús Millán, Juan Diego, Luis Vilches, Sebastián Castella, Serafín Marín, y “Jesuli de Torrecera”. Se suspendió la corrida de Miura, la que no iba a despachr ninguna figura sino los diestros más modestos Juan José Padilla, Aníbal Ruiz y Jesús Millán. Al analizar el abono se concluye que los carteles incluían menos figuras que toreros notables, y otros a los que la empresa les ofrecía oportunidades para enderezar sus carreras.

Feria de San Isidro de Madrid del 1956. En esta feria solamente se dieron 6 corridas de toros. Los 18 puestos fueron cubiertos por “Chicuelo II” que toreó 3 corridas, y Antonio Bienvenida, Rafael Ortega, Antonio Y Pepe Ordóñez, el mexicano Joelito Huerta, el venezolano César Girón, y el portugués Paco Mendes, quienes actuaron en festejos, y yo que participé en una corrida. O sea, que solamente 9 espadas aparecimos anunciados en carteles de esta feria.

Feria de San Isidro de Madrid del 2004. En cambio, en este San Isidro se dieron 23 corridas de a pie, 2 de rejoneo y 2 novilladas. Los 69 puestos de las 23 corridas de toros estuvieron cubiertos por 44 matadores. 5 de los diestros actuaron en 3 festejos: los madrileños Uceda Leal, Luis Miguel Encabo, Miguel Abellán y Matías Tejela, y el catalán Serafín Marín. 16 coletas hicieron el paseíllo en 2 ocasiones: Luis Francisco Esplá, Manuel Caballero, Eugenio de Mora, Dávila Miura, “El Zotoluco”, “El Califa”, Antonio Ferrera, Juan Diego, “El Juli”, “El Cid”, Fernando Robleño, “El Fandi”, Javier Valverde, Antón Cortés y Sebastián Castella. Sin embargo las 3 figuras César Rincón, Enrique Ponce, “Finito de Córdoba” más 21 diestros modestos actuaron solamente en 1 corrida.

La norma actual de incluir en los abonos feriales encierros de las ganderías duras, como las de Victorino Martín, Cebada Gago, Cuadri, Miura, Palha y otras, las que las figuras evitan, provee oportunidades a otros toreros de menos categoría para entrar en los carteles de las ferias importantes. De esta manera muchos toreros modestos, que no son figuras se mantienen activos temporalmente hasta salir con sus triunfos de ese más peligroso circuito; y otros completan una notable carrera como lidiadores especialistas de ese tipo de ganado. El torero de los cincuenta no encontraba una opción similar en su carrera.

Con respecto a los cambios en la vida profesional de los matadores de toros, se puede concluir que en la actualidad los diestros tienen más oportunidades para completar una carrera más activa y duradera en los ruedos que los espadas con similares aptitudes tenían en los cincuenta.

Las cuadrillas
De las cuadrillas me limito a hacer dos observaciones. Una es que el personal que ahora compone las cuadrillas parece ser más joven y estar en mejores condiciones físicas que los banderilleros y picadores de antes. Esto en parte es debido a que en estos tiempos existen programas sociales que permiten a los subalternos jubilarse más jóvenes que en los cincuenta, cuando muchos de esos hombres de plata permanecían actuando en los ruedos por razones económicas cuando ya las condiciones físicas los habían abandonado.

La otra observación se refiere a la más sosegada actividad que los banderilleros y picadores desarrollan durante la lidia en el presente. Ahora los banderilleros no tienen que parar a los toros de salida, pues los mismos maestros lo hacen. Además, como los toros son más pastueños y tienen menos movilidad, su lidia, generalmente, requiere menos acción de parte de los banderilleros. Por otro lado, también los picadores cumplen su labor más rápidamente, pues la mayoría de los astados requiere un simple puyazo, o puyazo y medio en las plazas de primera, en las cuales el reglamento ordena que se den dos. Antes, dado que los toros tenían más agilidad, y como también se lidiaban más animales mansos, sueltos y corretones, los banderilleros tenían a menudo que agilitarse y corretear de un lado a otro por el ruedo, y los picadores debían esforzarse para como fuera dar los tres puyazos reglamentarios a todos los toros.

Los toros y su lidia
Si un aficionado de la década de los cincuenta no hubiese vuelto a presenciar una corrida de toros hasta el principio de este siglo, se sorprendería al ver el mayor volumen y trapío y la disminución de fuerza, movilidad y agresividad de una gran mayoría de los toros bravos contemporáneos.

Los astados de los cincuenta variaban en volumen dependiendo del encaste original. El público aceptaba a un “miura” agalgado con una osamenta que le permitía cargar con ligereza más de media tonelada, o un voluminoso “pabloromero”, tanto como a un paticorto y largo “barcial”, con apenas los 450 kilos. Ahora sí, se esperaba que cualquiera que fuera su prototipo, el toro tuviera movilidad, cierta agresividad y fuerza para aguantar, con pocas pausas, una faena de dos decenas de pases ligados. El aficionado estaba más interesado en la presencia, agresividad y movilidad que en el peso del animal. En la actualidad la balanza manda y no es común que un toro de cualquier encaste pesando menos de 500 kilos pase el reconocimiento en las plazas de primera y segunda categorías.

Además, ese aficionado al que me he referido notaría que esos impresionantes y regordios morlacos de exce

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