25 julio, 2021

. . . Y ACABÓ EN BODA

Madrid, España/noviembre de 1946.
El idilio Manolita Bocanegra y Carlos Vera Cañitas habrá sido santificado hoy en la iglesia de la Paz

“Estoy orgullo de casarme con una española y de fundar un hogar en España”, nos dijo el diestro azteca

La noticia, probablemente, no conmoverá al mundo. Ni el mundo dejará de ser mundo por que Carlos Vera, Cañitas, se case dentro de unas horas. Sin embargo, al aficionado, a este hombre de fechas, datos, anécdotas e historias taurinas, el suceso puede interesarle. En sí, el gesto de Cañitas es simpático, porque el diestro azteca viene a fundir su vida en un hogar españolísimo.

Madrid, España/noviembre de 1946.
El idilio Manolita Bocanegra y Carlos Vera Cañitas habrá sido santificado hoy en la iglesia de la Paz

“Estoy orgullo de casarme con una española y de fundar un hogar en España”, nos dijo el diestro azteca

La noticia, probablemente, no conmoverá al mundo. Ni el mundo dejará de ser mundo por que Carlos Vera, Cañitas, se case dentro de unas horas. Sin embargo, al aficionado, a este hombre de fechas, datos, anécdotas e historias taurinas, el suceso puede interesarle. En sí, el gesto de Cañitas es simpático, porque el diestro azteca viene a fundir su vida en un hogar españolísimo.

… Y acabó en boda.

-¿No es así señorita?

-Felizmente así es.

Manolita Bocanegra -apellido de vieja solera taurina- sonrió feliz. Antes había suspirado. Sus ojos, negros, tenían un brillo singular. ¡Qué guapa estaba así -alegre y feliz- Manolita Bocanegra!

Porque la novia de Cañitas -dentro de unas horas su esposa— es una mujer bella y joven. No sé por qué, contemplándola -quizá influenciado por su belleza morena-, llegué a preguntarla…

—¡Oh! ¡No! -exclamó ella-. Yo no soy sevillana -soy asturiana, gracias a Dios.

—¿Gracias a Dios…? -repetí.

—Sí…; pero que no lo tomen a mal los sevillanos, porque es que yo, la verdad, adoro a mi tierra.

Por lo demás, créame que no me importaría ser sevillana. Precisamente, lo primero que visitaré en mi viaje de novios será Sevilla.

-Y ahora… -dije a continuación, con cierto titubeo-, ¿quiere decirme cómo se conocieron ustedes?

-Pues… nos conocimos una tarde de julio de 1945 -poco más de un año de relaciones-. Yo recuerdo que fui con papá a casa de unos amigos. Y en esta casa me presentaron a Carlos Vera.

-¿Este mismo día nació el idilio?

-No sé, no sé… -me contestó ella, ambiguamente.

-Usted, antes de la presentación, ¿había oído hablar de Cañitas?

-Yo creo que no, aunque no estoy muy segura de ello, porque es probable que papá, que es muy aficionado a la fiesta, haya hablado alguna vez de Cañitas en mi casa. De todas las maneras, yo de la existencia de Cañitas no tenía la menor idea.

Luego, de Cañitas, torero, tampoco he sabido muchas cosas, porque a mí el que me interesaba sobre todas las cosas era Carlos Vera.

-Es decir, a usted le interesaba el hombre, no el torero…

-Así es, en efecto.

-Después de conocerle, ¿le ha visto usted torear?

-En corrida de toros, nunca. Hace muy poco le vi torear en un festival en Arenas de San Pedro, y… ¡le cogió! Se puede imaginar el susto que me llevé.

-¿Sabe usted que Cañitas es un torero muy valiente? ¿Que los aficionados dicen de él que es excesivamente valiente?

-Lo sé… -Y esto, ¿no le causa temor?

-Como no se lo puede imaginar. En realidad, la profesión de Carlos me causa temor, lo mismo con mucho valor que con poco. Es, en sí, la profesión lo que me asuste…; pero esto es una cosa que no tiene remedio.

-¿Por qué?

-Porque creo que Carlos será torero por mucho tiempo.

-¿Su ilusión…?

-Que Carlos se retirase…; pero esto no lo veo fácil, ¡Lo veo dificilísimo!

-¿Procurará usted quitarle sus aficiones taurinas?

-Yo, no….; se lo digo sinceramente. Yo no pienso quitarle su afición. Es más: pienso alentarle, porque comprendo que mi deber es ayudarle en su dura profesión. Sí tiene que ser torero, que sea bueno, que triunfe y que se supere, para que luego no diga nadie que soy la culpable, que tengo la culpa de que mi marido vaya a menos en la fiesta. Eso es lo que quiero evitar y lo que procurare evitar siempre. Como todas las mujeres, yo también he de saber ser designada. Si Dios ha querido darme un marido torero, no veo la razón para que yo quiera cambiar su destino…, aunque, eso sí, esperé siempre ese día feliz en el que él me diga que ya nunca más se vestirá de luces.

-De la profesión de su marido, ¿qué es lo que menos le gusta?

-Lo que más me molesta es la publicidad que gira alrededor de los toreros.

-¿No teme usted que la popularidad de su marido le aleje del hogar?

-Confieso sinceramente que no creo que esto suceda nunca. No temo a su popularidad. El estará alejado de mi lado cuando tenga que torear…; pero tampoco estará muy alejado de mí, porque yo estaré rezando por él…

-Y usted, ¿cómo ve a Cañitas?

-Bueno, sencillo, humano… y muy enamorado -me contestó en un rasgo de sinceridad.

Carlos Vera, Cañitas -ausente en la charla-, llegó en aquel momento. Debió de oír la última palabra de su prometida, porque sonrió con una sonrisa ancha que iluminaba su rostro de puro azteca…

-Usted, Cañitas, ¿qué me dice?

-Que en este caso es el corazón el que manda. Yo soy -se lo puede imaginar- un hombre feliz en estos momentos. Para mí es una satisfacción, pero una gran satisfacción, el casarme con una española, pues todo el mundo sabe el inmenso cariño que tengo a España, y porque á la Madre Patria le debo todo lo que soy. Me siento orgulloso, pero que muy orgulloso, de fundar mi hogar en España… y con una española.

-El matrimonio, ¿no le retirará de los toros?

-No. Al casarme, mi afición aumentará por una razón: porque yo quiero para mi mujer todo lo mejor que haya en el mundo, y esto sólo puedo conseguirlo arrimándome mucho al toro. Con más valor y con más afición que nunca.

Y…

Así quedó esta charla.

Habíamos hablado del idilio Bocanegra-Cañitas, que a estas horas habrá terminado en boda. Que es como terminan todos los buenos amores. Un final humano…

CRUZ ERNESTO PRANQUET.

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