6 marzo, 2017

TRES OREJAS A LA ESPUERTA DEL FINO HERMOSILLO

El coso San Marcos de Aguascalientes dejó de par en par sus portones y sus rejas para que en su entraña se ofreciera la segunda novillada de la campaña.

Mientras en los escaños se acomodó clientela hasta para hacer ver una entrada rayada muy arriba del medio aforo, en el redondel galoparon seis novillos bien presentados provenientes de dos vacadas: Claudio Huerta (tercero, cuarto y quinto), y El Greco (primero, segundo y sexto), divisa que esta tarde debutó con buena calificación.

El coso San Marcos de Aguascalientes dejó de par en par sus portones y sus rejas para que en su entraña se ofreciera la segunda novillada de la campaña.

Mientras en los escaños se acomodó clientela hasta para hacer ver una entrada rayada muy arriba del medio aforo, en el redondel galoparon seis novillos bien presentados provenientes de dos vacadas: Claudio Huerta (tercero, cuarto y quinto), y El Greco (primero, segundo y sexto), divisa que esta tarde debutó con buena calificación.

De seis, cinco admitieron divinamente el toreo; aún entre lo brillante sobresalieron el primero, tercero, cuyos despojos fueron aplaudidos cuando eran conducidos al destazadero, cuarto, para el que se mandó el arrastre lento, quinto, igualmente aplaudido en el arrastre, y sexto que merecía quizás hasta la vuelta al ruedo, pero para el que no se ordenó premio oficial alguno.

La mejor parte de la función la dio el juncal José María Hermosillo (oreja y dos orejas), toda vez que con torería, finura y arte se entregó a torear provocando hondas emociones entre la concurrencia.

Mientras tanto el de Monterrey Juan Padilla (división y silencio) se anotó una incursión en la que no se le observó progreso en su formación referente a la tauromaquia práctica. Su actitud y su valor no lo pudieron salvar de una mala calificación general.

Iván Hernández (palmas discretas en ambos) no transmite nada como para vaticinarle buen futuro, por lo menos inmediato, dentro de este ejercicio difícil como es el toreo.

Las verónicas con que abrió Hermosillo su exitosa tarde tuvieron la característica de la enjundia, y las saltilleras del quite limpieza y denuedo. Este plausible segmento fue el prólogo para una faena de notada forma, amacizada con muletazos estéticos, limpios y variados, acaso manchada con la incorrecta distancia que por instantes dejó entrever el joven, condición que al encastado bovino hizo virar en comportamiento para en la parte final del mismo quedarse corto y salir con la cornamenta en alto, y al que hizo morir de un ejemplar espadazo.

Fue una honra para los criadores de Claudio Huerta el utrero liberado en cuarto sitio, un astado cornicorto, de bonita lámina, noble, fijo y con una clase imperativa cuando tragaba la sarga en extensas y rítmicas embestidas, mientras el espigado aspirante a las glorias desdobló, en un trasteo derechista, el brazo para hacer ondular la muleta en pases preñados de buen gusto, empaque, sello y temple, acto todo emocionante al que firmó con un estoconazo delantero pero inoculado de entrega impactante.

El segundo bicorne enseñó desde su salida las complejidades. Con la facilidad que se vencía sobre ambos cuernos, se retornaba en los remos delanteros llevando la testa por las lámparas. Estas claras condiciones el chaval Juan Padilla no supo solucionarlas sufriendo, además, con el estoque. Quede en sus buenas notas la disposición y el valor con que enfrentó la dura situación.

Otro excelente novillo fue el quinto. Encastado y metiendo abajo la cornamenta fue atrás del engaño cuantas veces lo presentó el norteño en una labor más que valiente, inocente y atrabancada, huérfana de son, espacio y tiempo. El chamaco, fuera de su nueva disposición, ignora de qué manera poner en práctica el fondo de la tauromaquia. Pegó pases, pero no toreó, desperdiciando así la hermosa oportunidad de triunfar contundentemente. Un par de revolcones se provocó para ligar luego un pasaje de rodillas valentón, tres viajes con el arma y varios descabellos.

Astado bueno también resultó ser el tercero; con calidad, nobleza y nitidez tomó los engaños, sin embargo, fue despreciado por un Iván Hernández que no tiene color, ni sabor ni matices y que se dedicó sin chiste a pegarle pases carentes de ton, son y colocación. Luego de larga y tediosa intervención terminó su intrascendencia de media estocada efectiva.

Y cerró la función otro novillo sensacional que derramó en el nimbo bravura, fijeza, y clase ejemplares. Y en nueva edición el aguascalentense desnudó su insipidez, manifestando huecura y banalidad. Ocupó toda la tarde en pegar pases y en provocarse feas, insulsas y absurdas volteretas hasta que, para entonarse con su mal hacer, casi naufragar al empuñar el alfanje.

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