27 marzo, 2017

UNA AURICULAR PARA HERRERA POR SU ENTUSIASMO Y AFICIÓN

La función, quinta del episodio novilleril en el coso San Marcos y que atrajo a casi tres cuartos de su aforo, fue para cuatro debutantes: Ruiz Muñoz, José Miguel Arellano, Juan Pedro Herrera y la dehesa jalisciense de San Constantino, propiedad de Juan Pedro Corona.

Para halagar y corresponder al acontecimiento, este hombre, parece ser que, de buena fe taurina y empresario exitoso, seleccionó seis cornúpetas de buena presencia, bien comidos y bien criados para dar la partida de mayor trapío en lo que va de serie. A más, todos los ejemplares embistieron abierta y poderosamente a los petos y tres resultaron de lidia formidable:

La función, quinta del episodio novilleril en el coso San Marcos y que atrajo a casi tres cuartos de su aforo, fue para cuatro debutantes: Ruiz Muñoz, José Miguel Arellano, Juan Pedro Herrera y la dehesa jalisciense de San Constantino, propiedad de Juan Pedro Corona.

Para halagar y corresponder al acontecimiento, este hombre, parece ser que, de buena fe taurina y empresario exitoso, seleccionó seis cornúpetas de buena presencia, bien comidos y bien criados para dar la partida de mayor trapío en lo que va de serie. A más, todos los ejemplares embistieron abierta y poderosamente a los petos y tres resultaron de lidia formidable: el 1°, “Constantino”, No. 39 de 438 kilos; el segundo, “Pasión”, No. 43 de 428 kilos y el 3°, “Ilusión”, según el pizarrón, quemado con el No. 42 y de 428 de romana. Los dos primeros merecían, para un juez más justo, de mejor criterio y sin compromisos, el arrastre lento, y el tercero la vuelta al ruedo; sin embargo, de manera ingrata no se ordenó ninguno de los premios.

Anótese un formidable puyazo a Juan Cobos ante el segundo, al que como prólogo del acto, auténticamente toreó a caballo provocando que el adversario se arrancara con una bravura que enchinó la piel de los conocedores.

El ibérico Ruiz Muñoz (silencio y pitos) vino desde Cádiz siendo sobrino nieto del “Faraón de Camas”, Curro Romero, a presentar un sólido petardo.

Un par de verónicas profundas por el pitón diestro y algunos muletazos de perfil artístico fueron lo único bueno que se le pudo observar. Luego de la primera serie con la tela roja el estupendo utrero se hizo amo del escenario embistiendo con prontitud, clase, fijeza y codicia granjeándose el reconocimiento de los aficionados entre que para el actor voló por la atmósfera la sentencia de ¡toro!

Empuñada el arma, el aspirante naufragó dolientemente.

Su segundo, con poca clase, pasó entero cuantas ocasiones se le presentó la muleta, pero el ibero reeditó su mal paso por el centenario circo y nada de interés logró como para gastar papel y tinta.

Con entusiasmo y buena planta interpretó el toreo de capa José Miguel Arellano (al tercio tras aviso y división tras aviso) para ganarse las palmas de la clientela.

Metido en la parte muletera se le observó fino gusto e hizo aparecer varios muletazos apreciables llevados con largueza y temple, su inmadurez natural se transparentó y no logró jamás tomar el son y la distancia a un novillo con calidad, fijeza y bravura, al que despachó de una estocada defectuosa pero entregándose a la hora del trance, más un descabello.

El quinto no fue del todo apto para el lucimiento; la primera tanda la tomó franco, pero en las series subsecuentes amagaba, se quedaba corto y se vencía por ambos cuernos. Ante la situación, al joven espigado no le quedó más que exhibirse tozudo para bien cumplir y acabar ejecutando una estocada algo delantera y atravesada y hasta nueve mal tirados descabellos. Saleroso, bullanguero, variado y espectacular abrió su capa Juan Pedro Herrera (oreja tras petición de la segunda y palmas tras dos avisos) para saludar con gran entusiasmo a su primer oponente, un astado sensacional, de bandera en suma.

Con idéntica modulación cubrió el segundo tercio con más ganas que efectividad, pero logrando levantar de sus asientos al respetable.

La faena fue variada, atrabancada y carente de sintonía, sin embargo adornada con incontenible afición, gusto y remarcada comunicación con los receptores. No faltaron los trompicones, revolcones y arrebatos, pero gustó a los reunidos esta tarde en los escaños y ya enrolado en la energía de sus actos se tiró a matar con decisión dejando una estocada golletera.

De nueva cuenta salió al nimbo con los ánimos por la estratósfera para hacer fiestas al que cerró plaza.

Una vez haber presentado variedad al manejar el capote se responsabilizó del segundo tercio dejando cuatro pares desiguales y mal colocados aunque realizados con esa su energía contagiosa ya acotada.

Armada la muleta no se arredró, pero no supo qué hacer ante un novillo complejo que demandaba distintas acciones técnicas, sino aguantar y exponer abiertamente su afición. Satisfecho con sus diligencias se tiró a matar decididamente dejando otra estocada delantera insuficiente, teniendo que usar el descabello varias veces y perdiendo así una oreja.

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