28 marzo, 2017

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Si al sistema taurino empresarial aún le queda algún residuo de justicia y conciencia, y si aún conserva algo de honestidad y valores más un poco de amor por la fiesta brava mexicana, es tiempo de que el equipo de Alberto Bailleres ya esté pensando en colocar a Juan Luis Sílis en un cartel decente dentro del círculo de la muy próxima feria de abril en su gran coso de la “Expo-Plaza”.

¡Apoteosis piedrenegrina! Sí, después de que por más de veinte años la auténticamente legendaria dehesa tlaxcalteca de Piedras Negras no fuera al viejo pozo de las ladrilleras por absurdos intereses de la anterior empresa

Si al sistema taurino empresarial aún le queda algún residuo de justicia y conciencia, y si aún conserva algo de honestidad y valores más un poco de amor por la fiesta brava mexicana, es tiempo de que el equipo de Alberto Bailleres ya esté pensando en colocar a Juan Luis Sílis en un cartel decente dentro del círculo de la muy próxima feria de abril en su gran coso de la “Expo-Plaza”.

¡Apoteosis piedrenegrina! Sí, después de que por más de veinte años la auténticamente legendaria dehesa tlaxcalteca de Piedras Negras no fuera al viejo pozo de las ladrilleras por absurdos intereses de la anterior empresa, el pasado domingo 19 de marzo retornó al escenario dejando varias lecciones rotundas y devastadoras.

Marco Antonio González, heredero del pundonor ganadero de sus ancestros, desembarcó para esta dramática tarde seis jueces incorruptibles que demandaron las acreditaciones de lidiadores a los actores.

Ninguno de los marginados alternantes, pese a sus deseos y entusiasmo en busca del éxito, pudo con aquella tormenta de bravura. Tal vez nadie habría podido con tan poca experiencia derramada de las escasas y malas oportunidades que tienen al año.

Fueron seis toros de excelente trapío, entipadísimos y de casta dura, compacta y para muletas enteradas, poderosas y oficiosas que pusieron a prueba la entidad taurómaca de los alternantes.

El triunfo esta vez fue todo del criador, a quien los pocos aficionados reunidos obligaron a salir al anillo para que lo recorriera y recibiera durante el trayecto la pleitesía cabal y bien obtenida por el juego general de sus pupilos.

Lamentablemente se dio el hecho por demás dantesco de que Antonio Romero fuera alcanzado por un cárdeno, el cual con el puñal derecho le trazó una cornada muy severa en el recto de la cual aún se está recuperando.

“La cornada es de las que ponen en peligro la vida”, declaró el galeno Vázquez Bayod en una cámara de video después de que estabilizó al herido en la enfermería del edificio.

Sí, lecciones radiografiadas antes subrayadas dejó la dura función.

La bravura, savia y médula de un espectáculo en el que el peligro es coprotagonista, resulta ser el medio único para que éste siga viviendo intensamente y no se convierta en una obra de teatro altamente predecible y, por ende, con poco chiste.

La Plaza México, levantada para orgullo taurino mundial en una ciudad de más de veinte millones de habitantes y como respuesta a una masa de aficionados con pasión que ya no cabía en el viejo Toreo de la pomposa colonia Condesa, hoy es frecuentada por aproximadamente dos mil aficionados; el resto, miles pero sin que la logren llenar, son caza carteles y “bonizonsos”, exhibicionistas y otras dañosas hierbas.

La “prensa taurina” se hizo de la vista gorda y no cacaraqueó el sobresaliente hecho ganadero. Mientras impere el servilismo no podrá coexistir la veracidad.

Otro encierro bravo fue el remitido por Marco Garfias hijo al coso de la calle Augusto de Rodín el domingo pasado. La mejor parte la adquirió por su oficio Fabián Barba mientras la peor, con dos cornadas grandes, una en cada muslo, el sensacional Gerardo Adame, un diestro igualmente marginado que lo único que ganó tras cortar un apéndice a un torazo de Fraga durante la corrida de la Oreja de Oro en la feria sanmarqueña 2016, fue el contrato para dos corridas por esos pueblos extraviados de la mano de Dios.

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