25 abril, 2017

HERMOSILLO SE IMPONE A LA MANSEDUMBRE DE LOS DE SALVADOR ROJAS Y CORTA DOS OREJAS

Esta noche del 24 de abril del corriente, en las vísperas del día grande de la feria que lleva el nombre del evangelista Marcos, el primero, luego de setenta años de haber sucedido los dramáticos hechos de la Pasión y Muerte del hijo del carpintero José y de la ama de casa María, en escribir su Evangelio, se dio la segunda novillada de la verbena, ello en el edificio añejo de la otrora rambla Democracia que cumplió 121 años de extensa e intensa historia y que registró en sus estadísticas apenas la media entrada.

Esta noche del 24 de abril del corriente, en las vísperas del día grande de la feria que lleva el nombre del evangelista Marcos, el primero, luego de setenta años de haber sucedido los dramáticos hechos de la Pasión y Muerte del hijo del carpintero José y de la ama de casa María, en escribir su Evangelio, se dio la segunda novillada de la verbena, ello en el edificio añejo de la otrora rambla Democracia que cumplió 121 años de extensa e intensa historia y que registró en sus estadísticas apenas la media entrada.

Primero se anunció un encierro de Marrón, luego se dijo que se había cambiado por uno de Cerro Viejo y finalmente salió uno quemado con la marca de Salvador Rojas quien remitió una partida de animales fea de hechuras, sin trapío, de cornamentas disminuidas y para colmo de males, de mansedumbre plena. Acaso sálvese de la hoguera, por lámina y cornamenta, el corrido en el turno de honor.

El triunfador de la nocturna novillada (iniciada a las ocho de la noche) y de la campaña, con cinco orejas en su espuerta, fue el joven local José María Hermosillo quien con talento, facultades, recursos, empaque y personalidad se impuso a las pocas opciones que dio su lote y acabó saliendo a hombros de los más entusiastas.

El primero de la función, ensabanado de pinta, rehusó en demasía las embestidas, y muy enterado de ello Javier Castro (palmas tras aviso y palmas) le tuvo torera paciencia y de manera tenaz, de uno en uno le arrebató los muletazos en lo que fue una labor entendida y plausible acabada con un pinchazo más una estocada tendida de eternas consecuencias.

Lucida y compacta fue la labor capotera que hizo a su segundo, pero ya entrado en el tercio de muerte, éste duró lo de un suspiro, un par de series breves exactamente, y se soldó en la arenosa litósfera, orillando al joven a porfiar hasta la necedad para procurarse algún premio, pero aquello realmente tuvo xilocaína y todo esfuerzo fue inútil. Para acabar de trastornarla con el estoque estuvo punto más que mal.

Muy a pesar de las pésimas y sosas embestidas del primero de su lote, el juncal José María Hermosillo (oreja y oreja) le pudo trazar algunas verónicas de estupenda forma, y al desplegar su sarga también abrió sus conocimientos y venció, sin mengua de la elegancia, a ese oponente indeseable que con la misma facilidad que se vencía, probaba y se anclaba a media suerte; sin embargo quedó transido y azorado por la suficiencia y denuedo del aspirante a matador quien además selló su labor de una estocada, que si algo caída, excelentemente preparada y ejecutada.

El sardo quinto fue un indigente que traía remos de plastilina y cayó a la arena en múltiples ocasiones. El gran Albert Einstein dijo que las crisis son las que hacen productivos y creativos a los hombres, y el chamaco aguascalentense lo demostró haciendo funcionar el cerebro torero nato que posee y tratando sedosamente al noble animal, lo mantuvo en pie y le arrancó un partido que parecía inaudito, sumando a su inteligente labor una estocada poco pasada y caída, no obstante, muy bien realizada.

Y salió un tercero, el otro ensabanado del encierro, que fue tal asno como para unirlo a una Calandria, el cual se arraigó a la querencia de las maderas desde el instante mismo en que pisó el redondel y no hubo forma de sacarlo de ahí jamás. Ante tan tristes condiciones generales, al tapatío Arturo de Alba (silencio y palmas) no le quedó otro recurso que ofrecerse voluntarioso, aunque logrando bien poco. A aquel maldito becerro topetón, finalmente y gracias a Dios, lo mató más o menos en aceptable tiempo.

Vaya aburrición se vivió cuando actuó ante su segundo, otro manso sólido en verdad. El joven oriundo de la Perla de Occidente prolongó su quehacer sin ningún objeto, cometiendo también el pecado de la necedad. Después de querer agradar y demostrar su disposición se fue tras la espada deshaciéndose del adversario nuevamente en decente tiempo, y acabó la novillada entre un elocuente silencio por parte del público.

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