1 mayo, 2017

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La lección de Jaral de Peñas fue demoledora. Con un pundonor extraño y entallado como herencia, Juan Pedro Barroso, dueño hoy de la dehesa señalada que le legara su padre, don Luis Barroso, fue abordado por la empresa para negociar un encierro que se jugaría en la Monumental de Alberto Bailleres el pasado 23 de abril dentro de la cuarta función de la feria de San Marcos. Entonces, el titular del hierro seleccionó certeramente una partida de seis ejemplares musculosos, con marcada presencia, de excelente fenotipo y no menos genotipo. Cada burel fue atractivo, equilibrado, homogéneo en lámina y desempeño.

La lección de Jaral de Peñas fue demoledora. Con un pundonor extraño y entallado como herencia, Juan Pedro Barroso, dueño hoy de la dehesa señalada que le legara su padre, don Luis Barroso, fue abordado por la empresa para negociar un encierro que se jugaría en la Monumental de Alberto Bailleres el pasado 23 de abril dentro de la cuarta función de la feria de San Marcos. Entonces, el titular del hierro seleccionó certeramente una partida de seis ejemplares musculosos, con marcada presencia, de excelente fenotipo y no menos genotipo. Cada burel fue atractivo, equilibrado, homogéneo en lámina y desempeño. Desde sus salidas galoparon abiertos, francos; fueron a las corazas de los petos para ser inquiridos con los fríos filos de las almendras, y apoyaron todo su ser físico en los remos delanteros mientras atacaban con sus testas abajo del estribo. A los engaños acudieron cada vez que se les llamó, galopando sus embestidas impetuosas y literalmente rayando la arena con los belfos en interminables trayectorias.

El menos bueno fue el que cerró la ardiente corrida; fue un toro demandante, sin embargo, no puede catarse como de soso. Sus complejidades, de cualquier modo, mantuvieron atentos al lidiador y al público.

Este grupo de virtudes convirtió al encierro en uno de los mejores que se hayan corrido en toda la historia del coso Monumental de Aguascalientes. Su bravura generó riesgo en el anillo y ésta, como lógica consecuencia, emoción.

Bien merece el ganadero que los nombres, números y pesos de sus ejemplares queden grabados en una placa metálica que se inserte en los muros del edificio taurómaco.

En alguna hora apacible y en un café de céntrica avenida en la capital termapolitana, cuestionaba a un aficionado a cerca de lo acontecido en la circunferencia de la “Gigante de Expo-Plaza”. Éste, con algún residuo de cansancio por ver ya tantos toros, me comenzó a hablar del célebre Esopo. Te voy a contar, me dijo, emulando al personaje mencionado, mejor sobre una fábula que otorga, como todas, una lección: -“Se cuenta que había un granjero opulento que estaba acostumbrado a que todas las actividades que mandaba, las realizaran sus empleados sin chistar, así fueran caprichos de él y no resultaran del todo adecuadas para el correcto desarrollo de la granja.

Como los trabajadores sabían que si no se hacía de manera inflexible lo que el patrón ordenaba, éste detonaba en ira incontenible y les castigaba severamente, ellos obedecían ciegamente.

Todo parecía transcurrir en la mayor de las armonías; los caballos decían estar conformes con la administración de la granja y las vacas, los borregos y demás animales, por igual. Sin embargo, había un grupo de marranitos flacos que, inconformes, a todas horas del día y la noche chillaban fuertemente trastornando la paz de aquella próspera granja y taladrando los oídos del dueño.

Éste, con inteligencia suficiente para solucionar cualquier problema surgido en sus propiedades, pronto encontró la fórmula para callar a aquel conjunto de latosos y escandalosos animales. De la bodega mandó sacar un costal de mazorcas y se las echó. La piara de animalitos comenzaron a mordisquearlas y por ello, entretenidos sus hocicos, se olvidaron de chillar de y renegar de todo”…

¡Moraleja!, terminó mi interlocutor, ¡todo problema tiene una solución!

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