24 marzo, 2019

JUAN PEDRO HERRERA ALEGRÓ LA TARDE

Con un cielo despejado y una tarde apacible, se dio la cuarta novillada de la campaña ante más de media entrada en el edificio taurómaco del barrio de San Marcos de la capital de las aguas termales.

Se jugaron cinco novillos despachados por los patrones de Espíritu Santo y uno, el sexto, quemado con la efigie de Rosas Viejas.

Reses dispares en cuajo y tipo, siendo repelido por los aficionados el tercero, un bóvido esmirriado, flaco, de humilde presencia.

Con un cielo despejado y una tarde apacible, se dio la cuarta novillada de la campaña ante más de media entrada en el edificio taurómaco del barrio de San Marcos de la capital de las aguas termales.

Se jugaron cinco novillos despachados por los patrones de Espíritu Santo y uno, el sexto, quemado con la efigie de Rosas Viejas.

Reses dispares en cuajo y tipo, siendo repelido por los aficionados el tercero, un bóvido esmirriado, flaco, de humilde presencia.

De buena nota resultaron el cuarto y el sexto, aquel aplaudido en el arrastre y éste incluso halagado con el paso lento del tiro de quinos.

Al bajar el telón, quien salió en hombros con dos orejas en la espuerta, fue Juan Pedro Herrera, un chaval que no ha aprendido el oficio y poco, muy poco sabe a cerca de la técnica de la tauromaquia práctica. Dos orejas absurdas –otorgadas luego de cabales estocadas defectuosas- fue la rúbrica de la función.

Una cosa es divertirse y otra muy distinta es emocionarse…

A un utrero cárdeno, de raquítico poder, que pasó tras el engaño suavemente en la primera serie, de pronto se frenó a medio pase y le apuntó el diamante a la ingle izquierda, desarrollando agudo sentido; sin embargo el peninsular Sergio Felipe (al tercio y discretas palmas) con un recio aguante interpretó pocos pero buenos naturales en los que expresó su fino y delicado trazo, gustando sus maneras a la clientela, dando término a su presentación con una estocada tendida y atravesada aunque eficaz.

En su segundo se destiñó el ibérico. Aquel fue un novillo de cierta casta al que jamás le sintonizó ni el son ni la distancia, despreciando así la hermosa oportunidad de haber dejado su nombre mejor colocado. Luego de pinchar, eso sí, hizo ver una estupenda estocada.

De preciosas hechuras fue el segundo; y tuvo fijeza y nobleza, pero escasa energía. Consciente y advertido, el joven defeño Sebastián Ibelles (palmas y palmas tras aviso) le dio el trato conveniente; nunca le exigió, y así logró dar estructura a una faena en la que corrió la mano con sentimiento y sabrosura sobre ambos flancos. Un par de pinchazos y una estocada defectuosa diluyeron algún premio.

En los mandiles del saludo al quinto, casi se hizo el ungüento del precioso cárdeno, animal fuerte, de recia casta, demandante, que sacó sentido y con el que no pudo del todo, viéndose en medio de muchos apuros, provocando varios gritos de ¡toro, toro! Igualmente le pesó el arma y no mató sino hasta el cuarto viaje.

El aguascalentense Juan Pedro Herrera (oreja protestada y oreja) cubrió los tres tercios con variedad y entusiasmo más que con atino. Un par por aquí, otro por allá… Entrado en el episodio muletero se descubrió un tresañero nobilísimo al que se dedicó a pegar y pegar pases, pero nunca a torear cabalmente como correspondía a tal condición. De cualquier modo, divirtió a la mayoría y hubiera empuñado el apéndice legítimamente de no ser por el golletazo que hizo morir al adversario.

Bullanguero como él solo salió para dar cara al sexto, un novillo hecho, cuajado y bien armado que por el pitón siniestro se desplazó con recorrido y buen estilo.

No faltó el tremendo revolcón durante el tercio de banderillas; pero se incorporó para mostrar igual disposición. Es tan grande su afición y entusiasmo como sus incorrecciones técnicas. Pases y pases y nulo toreo. De la forma que sea, pero alborotó a la gallera y convertido en un recinto de alegría el añoso coso, se tiró a matar dejando una estocada claramente caída y delantera.

ECOS GRÁFICOS DE LA CUARTA TARDE SANMARQUEÑA

Sergio Felipe
Sergio Felipe
Ibelles


Ibelles
Juan Pedro Herrera
Calentó la gallera
De moda… El hermano se lo lleva a hombros