30 marzo, 2019

ARRASTRE LENTO

“GOLFOS Y MALVIVIENTES”

¿Todo tiempo pasado fue mejor? No necesariamente, las “cosas viejas” no tienen por fuerza que ser mejores, ni tampoco las nuevas. Pero hay “cosas de las viejas” que me causan risa, y hay “cosas de las nuevas” que ponen carcajadas en mi rostro, ¡GOLFOS Y MALVIVIENES! Me resulta imposible no desternillarme de risa, hasta las mandíbulas me duelen.

“GOLFOS Y MALVIVIENTES”

¿Todo tiempo pasado fue mejor? No necesariamente, las “cosas viejas” no tienen por fuerza que ser mejores, ni tampoco las nuevas. Pero hay “cosas de las viejas” que me causan risa, y hay “cosas de las nuevas” que ponen carcajadas en mi rostro, ¡GOLFOS Y MALVIVIENES! Me resulta imposible no desternillarme de risa, hasta las mandíbulas me duelen.

Hace años –tiempo viejo- a los toreros en México, estrellas de consumo en el apartado de la diversión pública, las sociedades les pusieron valor, y los tasaron con el precio de una mercancía. Una mercancía en la que el hombre valía menos que el escándalo que provocaba. Lo cierto es que algunas sociedades ¿sociedades pías? a través del tiempo han valorado al hombre que está detrás del torero con adjetivos poco edificantes. ¡GOLFOS Y MALVIVIENTES! Me resulta imposible no desternillarme de risa, hasta me duelen las mandíbulas.

Lo que podría ser una caricatura picaresca, es en realidad un rebote de lo que fue en algún tiempo, y en algunas circunstancias. Los toreros, pintados a la antigua, fueron considerados, por sus modos y maneras, como vagos, jugadores de cartas, tomadores de grandes cantidades de licor, y donjuanescamente mujeriegos. Y aunque admirados, fueron rechazados a los ojos de quienes tenían la responsabilidad de dar, en el seno familiar, la mejor educación con rígidos preceptos. En ciertas esferas, cerradas en su conservadurismo puritano, la idea del éxito era más impura si el que lo obtenía era un torero. Su vida “huele a pecado”, y su éxito, obra de Satanás… Me resulta imposible no desternillarme de risa, hasta me duelen las mandíbulas.

Miremos la Historia. Don Manuel Gutiérrez Nájera, (1859-1895) el preeminente bate que vivió cuando la fidelidad parecía inmutable -otra “virtud” social que me desternilla- y el fingimiento era obligado, aunque asfixiara el odio las relaciones conyugales, se expresa con acusadora singularidad. “Las lides de toros requieren el cigarro y la blasfemia en los labios, el desprecio a la vida en el redondel, y la maja de mantilla blanca en los tendidos. En ellas –en las lides- las malas pasiones hablan, gritan y se revuelcan en la arena rebuznando de alegría, como asnos libres de carga. Podrán ser desahogo de los hombres que han ido aumentando muchos odios…” ¿Cómo no desternillarme de risa con tales afirmaciones?

Volvamos al presente. Y a contracorriente, pero la Fiesta de toros, junto a los toreros, ni se inmutan ni permutan. Si bien en algún tiempo el medio taurino fue vilipendiado bruscamente, ha habido otros en los que los “señores” toreros eran héroes y deidades humanas, y hasta se les construían mitologías… No ocurrió lo mismo cuando plasmó su neurastenia Gutiérrez Nájera, celebridad que tuvo la ocurrencia de referirse a la Fiesta de toros llamándola la “barbarie de la sociedad”. Ello fue en el año de 1887, lo cual significa que “ya llovió”. Las “cosas viejas” no necesariamente son lo mejor… Ante esas “cosas viejas”, ¿cómo no desternillarme de risa?

Me queda claro que a pesar de la constitución bestiaria, de sangre y carne, de la Fiesta de toros, al medio le han injertado ciertas dosis de pícara e ingeniosa malicia, de una rebeldía graciosa y gallarda. Los toreros ostentosos y galanes, cuya obsesión es la fama, han ocupado un sitio en la fantasmagórica quietud de las leyendas., y ha sido su deslumbrante indumentaria en los ruedos la que envuelve en sendas encantadas su arrogante masculinidad haciéndola digna de veneración. Los toreros, según el canto popular, “son machos de a de veras” y sus historias salpicadas de pícaras y varoniles conquistas. Hoy eso es parte de la grandeza escenográfica de la apasionante diversión que alcanza en situaciones bastantes especiales umbrales prohibidos.

El intervalo que divide a las generaciones “viejas” de las “nuevas” deja como saldo un orden que protege las áreas periféricas del torero, haciéndolo un producto refinado de la sociedad, pues tiene acceso a la educación y a la cultura, y salir del anonimato, lo que les ha traído consigo el consiguiente bienestar, no les ha ocasionado experiencias y fricciones traumáticas. A la distancia parece menos crudo, tosco y violento, en una palabra, menos bestiario, el llegar a ser torero. Y por ello ya no me desternillo de risa…

Una situación se dibuja en contornos específicos: los toreros modernos, a diferencia de los que escribieron historia con letras de oro, parecen ya no ser aquellos seres humanos especiales que deslumbraban con su porte, con su andar y con su esencia. No me gusta escribirlo, pero reconozco que a los toreros de hoy les recubre la igualdad: ya no parecen ser distinguidos, seres especiales, y las sociedades modernas los igualan con cualquiera: ya perdieron su principesco rango que da la exclusividad de las personalidades únicas.

Y aunque siguen siendo machos de a de veras, ya no se cuentan historias sobre los toreros que un día, no hace mucho todavía, eran vagos, borrachos, jugadores, mujeriegos y malvivientes…

POR ESO YA NO ME DESTERNILLO DE RISA…