4 abril, 2019

ARRASTRE LENTO

OCURRENCIAS FONÉTICAS Y MODALES DE LOS TIEMPOS

El color fugado es señal de un natural deterioro, y la fragilidad quebradiza del papel su confirmación. ¡Libro viejo, conocimiento nuevo! Lo cierto es que la fortuna, siempre favorable para abrirme los ojos que se asombran ante la novedad de lo viejo, puso en mis manos un puñado de hojas de un libro “Romanticismo del Siglo XVIII”

OCURRENCIAS FONÉTICAS Y MODALES DE LOS TIEMPOS

El color fugado es señal de un natural deterioro, y la fragilidad quebradiza del papel su confirmación. ¡Libro viejo, conocimiento nuevo! Lo cierto es que la fortuna, siempre favorable para abrirme los ojos que se asombran ante la novedad de lo viejo, puso en mis manos un puñado de hojas de un libro “Romanticismo del Siglo XVIII”, autoría supuestamente perteneciente a don Lorenzo Moreno, la cual no pude confirmar dada la ausencia de las primeras páginas de dicho documento, que expone con amenidad la vigencia de las expresiones modales de los tiempos pretéritos.

Tiene su natural encanto meterse en la historia del toreo; y ésta es precisamente la que “airosa” –regocijada muestra de vida- registra los cambios a los que intento referirme. Hay variaciones orales y giros expresivos que acentúan el sabor de las vivencias taurinas, aunque unas y otras expresen lo mismo. Lo anacrónico hoy causa hilaridad, aunque las risas de ayer hoy suenen a eco de formalidad y solemnidad.

“El toro “Chicharrón”, que hiriera de muerte al veterano diestro español Bernardo Gaviño -al que mucho le debe el toreo mexicano- fue despachado a la “difuntería” por el intrépido Carlos Sánchez. En la actualidad se leería la misma nota de manera que se entendiera que al toro “asesino” ”Chicharrón” lo mandaron al “destazadero”, y no a la “difuntería”. Vocablos para reír…

Ayer, tiempo fugado, se referían las reseñas al “cornetazo” de muerte: hoy, tiempo presente, simplemente se anota que “rasgando el silencio de la plaza “suena el clarín” para dar inicio al tercio final.

Pues sí, de pronto la literatura pretérita tiene rasgos de enigma, y en la dilatada traducción, prefacio de la interpretación, el lector contemporáneo se podrá preguntar ¿qué dice, o qué quería decir el fraseo modal de antaño?

Algo así sucede cuando se lee que un afamado diestro dio fulminante espadazo en la “trasnuca” de la jadeante bestia. ¿Trasnuca? La incógnita se aclara cuando se entiende que la expresión hace alusión al alarde de ejecutar lo que hoy se define simplemente como “descabello”. Vocablos para reír.

Modismos, expresiones en fuga, y risas en arribo. Ayer era común referirse al “toro cinqueño”. ¡Tenga para que se entretenga…! Hoy es inapropiada tal referencia toda vez que –y eso si me causa risas y carcajadas- en la mayoría de las ganaderías las actas de nacimiento de los toros se ha extraviado. Lo cual a los puristas no les causa ningún tipo de risa, sino más bien contrariedad y desilusión.

Si bien hay expresiones modales que pueden causar cierto tipo de sonrisa, es obligado reconocer cuan complaciente deleite produce meterse en los laberínticos vericuetos de la historia… Y deleite producían aquellas narraciones que daban fe de las escenas saturadas del romanticismo popular que dignificaban a los soñadores vagabundos y menesterosos que querían ser toreros.

Recordar a través de la historia que en el ensueño y en la ilusión el “vago” hacía suya la empapelada esquina en la que algún día se anunciaría su nombre. Cuánto tiempo soñó aquel menesteroso con el día que viera su nombre en carteles a un lado del de los ídolos que, soberbios y engreídos, eran capaces de mirar sobre el hombro a los poderosos hombres que en un tiempo le negaron de su banquete los mendrugos del desperdicio. ¡Qué tiempos aquellos don Simón!

Gracias literatura vieja, gracias hojas desprendidas, por sus letras me ha sido posible conocer caminos empolvados, rutas empedradas, y por ellas puedo establecer diferencias con las vías de asfalto, vías que, dada su acerada contextura, pronto me hacen sentir melancólica añoranza, nostálgica tristeza.

Cierto: lo viejo no necesariamente tiene que ser mejor, pero se le extraña. Cierto, lo moderno no tiene por fuerza que ser mejor, pero su presencia desplaza lo que un día cimentó el edificio en el cual hoy habitamos los aficionados modernos al toreo.

¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS DON SIMÓN!