22 abril, 2019

ARRASTRE LENTO

Cambiando libros de lugar, literalmente cayó en mis manos un álbum que contiene algunas de las “Memorias”, ejemplares que se editaban en el colegio Marista: sin razón que lo impidiera, con la sensación de estar cada vez más lejos de los acontecimientos y circunstancias en resguardo, los miré como repasándolos con la agridulce -atracción; rechazo- sensación que origina un conflicto embarrado de indiferencia. ´

EL TRASLADO PRIMTIVO DE LOS TOROS BRAVOS DESDE LA DEHESA HASTA LA PLAZA DE TOROS

Cambiando libros de lugar, literalmente cayó en mis manos un álbum que contiene algunas de las “Memorias”, ejemplares que se editaban en el colegio Marista: sin razón que lo impidiera, con la sensación de estar cada vez más lejos de los acontecimientos y circunstancias en resguardo, los miré como repasándolos con la agridulce -atracción; rechazo- sensación que origina un conflicto embarrado de indiferencia. ´

Recordé la secundaria: y a tanto compañero que en los caminos de la vida tomaron rumbos entreverados con la distancia; y recordé a Rigoberto Limón, hermano Marista que tenía a su cargo un papel importante como maestro. Fue él quien habituado a observar los hábitos personales como académicos del grupo –cursaba el primero de secundaria- habiendo visto la inclinación que yo tenía por la escritura, me repetía que no dejara de hacerlo pues escribir, me decía como sospechando que no le haría caso, es un ejercicio que te permite alegrarte y reírte a solas, un ejercicio en el que se puede enojar y llorar a solas, un ejercicio en el que se pueda vivir el arrepentimiento a solas, y clamar lastimosamente a solas, un ejercicio en el que se puede enmendar, siendo redimido, el andar y subir en vez de bajar, a solas.

Y porque el maestro conocía mis tareas y escritos, sabía que me gustaba la Historia; había leído en mis notas que, pareciéndome amargo el tiempo pasado por haberse fugado, me gustaban los relojes de arena, simpáticos y ocurrentes precursores del mecanismo que empezó a definir los espacios concretos y definidos en el tiempo; su arena la imaginaba oliendo a desierto, o a plaza, o a río. Me gustaba más la del desierto.

Platicando, extrayendo confesiones juveniles, logró el hermano Marista que yo le contara, y le conté que efectivamente me gustaban las imágenes idas, representaciones de lo que fue, y se fue. Don Rigoberto me hizo sentir como si viviera preso encadenado a las imágenes en fuga: preso, me decía, eres del gusto por las costumbres, los mitos, las leyendas, pero sobre todo de las tradiciones, todas ellas fijadas en el pasado.

Al “profe Limón” le gustó cuando, en un cuento que habría de calificar la materia de literatura, escribí lo que contaba don Pedrito, tierno amigos de mis padres, al respecto de las cosas del pasado. A él le escuché decir, lo cual escribí en dicho cuentecillo, algo que me enseñó a conocer la generosa esplendidez de la palabra pronunciada por un ser humano que tocado ya por la armoniosa serenidad de la soberbia vencida, y decía “que el sonar del cascabel de la víbora no por fuerza era una señal de alerta o amenaza pues bien pudiera ser que, siendo su única manera de expresarse, el temido reptil estuviera riendo ante nuestros ojos, me cautivó el seguro vibrar de su palabra, y me sorprendió la ingeniosa y pícara sabiduría de la madurez del hombre; hombre viejo, sabiduría nueva.

Al “profe” le interesó saber porque pensaba lo que pensaba, y lo escribía. Le llamó la atención que escribiera, pues según él yo era demasiado joven para “saber de la vida”, que la Historia para mí representara el aliento del suspiro del ayer. ¿Sigue escribiendo, y hoy escribo sobre una realidad que, aunque no la viví, habiéndolas conocido sólo por intermedio de las imágenes literarias que las pusieron en mi mente, al hacerse presentes borran la distancia entre los hechos reales y los imaginarios?

Hoy viene mi mente, cual torrente en cascada, en primitivo traslado del ganado bravo desde la ganadería a la plaza de toros. Hoy vienen a mi mente los cuadros de una comitiva en la que caballeros y bestias, cabestros y caporales se agregaban a la lista de los personajes de las leyendas que, por pureza de su historia, pueden ser vistas aún por invidentes.

Así de intensa me imagino aquellas jornadas campiranas del sol ardiente y noches estrelladas, de pan y jamón al fuego, de tabaco y de vigilia, de fatigas y de cansancios, de lunas y auroras. El traslado de los toros por caminos rurales y senderos con sabor a aldeas.

Los héroes desconocidos

Lo cierto es que, leyendo algunas de las narraciones de aquellos pasajes campestre, y comparando el traslado moderno de los toros alas plazas, los primeros parecen contener el aliento de los cantares y romances, y los segundos frías maniobras de uso mecánico con dejo industrial.

Por eso es que, gustándome leer y escribir, escribo y cuento el fanático apego que le tengo y guardo a las leyendas y tradiciones, como esa que debió haber sido tan excitante como para que, a su paso, los perros ladraran, las aves revolotearan, los caminos se empolvaran y la luna, las estrella y el sol se asomaran a contemplarlas. EL TRASLADO PRIMITIVO DE LOS TOROS DESDE LA DEHESA A LA PLAZA DE TOROS.