5 agosto, 2021

COSTUMBRE EXTRAVIADA: VER LOS TOROS EN LOS CORRALES DE LAS PLAZAS DE TOROS

Me dirigía a conocer los toros, mirándolos a través de las ventanillas de los corrales de la plaza Monumental, cuando una mano sobre mi hombro me hizo voltear a verle: era un amigo de la infancia que, sin serlo, tenemos la gustada costumbre de decirnos compadres. Un fuerte abrazo impulsado por el afecto nos estrechó preludiando una plática que se prolongó hasta que la comadre, tiernamente imperiosa, interrumpió la sesión.

Me dirigía a conocer los toros, mirándolos a través de las ventanillas de los corrales de la plaza Monumental, cuando una mano sobre mi hombro me hizo voltear a verle: era un amigo de la infancia que, sin serlo, tenemos la gustada costumbre de decirnos compadres. Un fuerte abrazo impulsado por el afecto nos estrechó preludiando una plática que se prolongó hasta que la comadre, tiernamente imperiosa, interrumpió la sesión.

Sentados, frente a frente uno de otro, intercambiamos puntos de vista; los suyos, tocados a la antigua, intentaban rescatar el pasado para implantarlo como modelo operativo y método en el presente. Escuchándolo volvía revalorar las palabras “sabias” de los viejos aficionados, y hasta me dije que si alcanzáramos a visualizar el gran beneficio que aportan las reflexiones de los aficionados entrados en años.

José Caro

Y mi “compadre”, que no es compadre de a de veras, es un buen viejo, tan lo es que cuando sonríe muestra sus dientes, cada uno de los cuales se declara independientes de su lejano vecino. Por eso y siempre sonriendo le digo mi querido viejo.

Platicábamos, de tantas cosas que siendo uso y costumbre hace años, hoy son remedo insatisfecho. Como por ejemplo ver los toros en los corrales antes que se lidien. Mientras los veíamos, platicábamos.

-“Compadre, me decía mi amigo de la infancia: Viendo a los toros tan apacibles en los corrales de la plaza es posible aventurarse a imaginar que no extrañan la amplitud serena de su palacio campestre sin castillos: viéndolos tan calmos es posible suponer que no extrañan la frescura del campo en el que los muchos soles y muchas lunas les curtieron el lomo; que no extrañan ni los vientos ni las lluvias, ni las liebres ni los conejos, ni los pajarillos ni las hierbas, ni los mezquites, ni las lomas y las laderas, ni las rocas ni las querencias, ni las espinas ni la tunas, ni tampoco el silencio que los envuelve”.

-“Y todo porque aquí en los corrales de la plaza también se les mima y se les cuida con el esmero paternal del caporal que en la amplitud de la intemperie rural los vio nacer, chiqueos que si bien no compensan su tranquilidad perdida, al menos bajo la custodia del guarda plaza equivalen a las naturales atenciones de quien atiende con cuidados y preferencias”.

Compadre, me decía mi amigo de la infancia:

-“Mirándolos así en los corrales, apacibles y serenos, su conducta parece extraña toda vez que sometidos en la estrechez de su cautiverio, la ira y fuerza infernal que contienen se tornan mascaradas de insospechada mansedumbre. Mirándolos así en los corrales, apacibles y serenos, se entiende que con pacífica resignación intuyen que no volverán a gozar con la lujuriosa experiencia de envolverse en el polvo de su tierra, ni a calentarse con el sol de su campo, ni de empaparse con la lluvia que desbordada los bañaba entre las silvestres notas de los truenos y los relámpagos”.

Lo cierto, me decía mi compadre que no es compadre de a deveras, es que aquí, en el cautiverio de los corrales de la plaza, el toro luce en su fiera y arrogante estampa la belleza que le ha caracterizado, belleza con la cual, a pesar de su estético perfil, a través de los años ha logrado intimidar al ser humano.

-“En suma, a los toros en los corrales de la plaza hay que atenderlos con celoso cuidados procurando que nada ni nadie contribuya a que su belleza se deteriores, su fortaleza se merme, y su condición psicológica, ya en tensión y alerta, no explote ni antes ni después del momento en el que tienen que manifestarse en todo su esplendor: en el ruedo de las plazas de toros”.

-“Por ello, me dijo mi compadre que no es compadre de a deveras, y como intuyendo que la plática habría de concluir antes de lo deseado, a los toros en los corrales se le da de comer y beber sin que nada ni nadie perturbe el sereno reposo en el que su instinto afila armas. Por ello en los corrales de la plaza, con esmerado afán e interés se les da de comer y beber como a un rey en el banquete en el que, sin saberlo, anticipa su adiós definitivo…”