26 abril, 2019

SALDÍVAR TRAMITA Y LOGRA EL “TRIUNFO FÁCIL” CON EL SENSACIONAL “AMOR INFINITO”

FOTOGRAFIAS POR: PEDRO JULIO JIMENEZ LOPEZ
Parece que el espectáculo taurino nacional gira monótonamente alrededor de los intereses de un poderoso y egoísta núcleo.

La tarde de este viernes en la Monumental de Alberto Bailleres, se ofreció la tercera corrida de la feria sanmarqueña. Casi tres cuartos de entrada registraron en su graderío el inmueble, y ese público que lo provocó, por nada sale desencantado.

Parece que el espectáculo taurino nacional gira monótonamente alrededor de los intereses de un poderoso y egoísta núcleo.

La tarde de este viernes en la Monumental de Alberto Bailleres, se ofreció la tercera corrida de la feria sanmarqueña. Casi tres cuartos de entrada registraron en su graderío el inmueble, y ese público que lo provocó, por nada sale desencantado.

Oficialmente se anunciaron seis toros de San Miguel de Mimiahuapam, pero, como casi siempre sucede cuando se desembarcan reses del señor Bailleres, aparecieron en el anillo tres de Santa Teresa (tercero, cuarto y séptimo) y el resto del criadero prometido, lo que evidencia que en los feudos de la dehesa no hay mucho orden.

De cualquier modo, se conformó un encierro descastado en general, terriblemente desproporcionado en tipo y terciado. Ahora se estaría hablando de un punzocortante fracaso ganadero de no ser por el sexto, un bóvido bravo, encastado y noble que fue halagado con el indulto.

Monumental Aguascalientes

El anovillado primero a duras penas se sostenía sobre sus patas de engrudo; consciente de esa inconveniencia el peninsular Antonio Ferrera (al tercio y palmas) se convocó el milagro, hizo papel de ortopedista y le trató con la más delicada tersura hurtándole un partido que se veía punto menos que imposible. Lances por nota y muletazos armoniosos invadieron la escena antes que, en cortesía a lo hecho con las telas, dejara el arma muy bien colocada.

El cuarto si era un toro hecho y derecho; veleto, cárdeno y de prominente morrillo, pero complejo en su juego; jamás se tragó la muleta, amagó en todo momento, lanzó guadañazos al final de cada pase y acabó enraizándose sobre la arena estrellando el ánimo del diestro, quien siempre se vio vehemente y atinado, y el del público, acabando el sufrimiento al tercer viaje con el acero.

Abrieron el portón de toriles por segunda vez en la función y apareció en su espacio un torito de modestísima caja, corto y bajo por demás. De que no lo rechazara la clientela se encargó su bien armada testa. Por otra parte, dio un juego soso, pasando tras las jergas desalmadamente, sin chiste; pero como el galo Sebastián Castella (palmas en los tres que estoqueó) es un profesional que en su currículum carga con muchas tardes de experiencia, se plantó en el palmo exacto, dejó la pañosa siempre muy cerca de la vista del antagonista, y le arrancó excelente partido en lo que fue un trasteo por ambos lados dentro del que se vieron naturales estupendos, rítmicos y templados, pero mal firmado, pues dejó el alfanje pasado y tendido y hubo de sacar de la espuerta la espada corta para tirar un certero descabello.

Como el segundo de su lote resultó manso y peligroso, decidió echar mano del mexicano y ventajista recurso del regalo; éste fue un bicorne incierto, no fácil, al que metió a la canasta en una faena derechista basándose en el poder y mando de su muleta. Quizás habría izado un apéndice, pero no estuvo del todo certero a la hora de empuñar el estoque.

De malos pesebres y soso fue el tercero, sus escurridos cuartos traseros disgustaron a los parroquianos, pero las manifestaciones de disgusto no llegaron a alarmar a la supuesta autoridad. Mientras tanto Arturo Saldívar (al tercio y vuelta con división de opiniones) se dejó observar como hace años no se le veía. Exorcizado de los vicios practicados en otros tiempos, de las chambonadas y del efectismo, bastante dispuesto y decente como torero, se trasplantó en el albero, descansó los riñones sobre los glúteos, puso la muleta, tuvo paciencia y le arrancó al ungulado muchos pases de claro mérito, rifándosela sin trampas, aunque, lamentablemente, se le fue la mano y mató de un bajonazo indiscutible.

Bastante desarmonizado en fenotipo fue el sexto, pero lo salvó de la sentencia condenatoria la casta que destapó sin mesura. Con una fijeza notada, a la menor insinuación de los engaños, se arrancó a ellos por derecho, claro, galopando en su ataque, bajando la testa y retornando al punto del envite en busca de la pelea luego de haber trazado extensísima raya de embestida. Un toro de bandera, simplemente, que se anunció en el cartón como “Amor Infinito”, quemado con el No. 453 y de 508 kilos según la romana y que finalmente fue indultado.

El diestro ofreció dos vertientes, una, la del toreo para la barriada, efectista, brilloso y escandaloso, y otra, la menos, de tauromaquia asentada, honda, fiel y honesta, proyectada en muletazos templados y longitudinales. Siendo de él, y solo de él, la parte exitosa de la tarde optó por el “triunfo fácil” y el “quedar bien con el patrón” y ¡se perfiló a matar con el ayudado! varias ocasiones, asunto que incendió los ánimos del público y obligó al juez a ordenar el retorno a las corraletas al buen ejemplar.