27 abril, 2019

MORANTE ARTISTA, JOSELITO ENGALLADO

FOTOGRAFIAS POR: PEDRO JULIO JIMENEZ LOPEZ
El señor Teófilo Gómez (+) fue un recio enemigo del toro bravo, y esta forma absurda y dañina de entender la crianza de semejante animal se las heredó a sus vástagos, quienes siguen al pie de la letra y religiosamente lo legado por aquel.

Ayer tarde, para vaciar al molde de la realidad la cuarta corrida de toros, se desembarcaron seis ungulados, justo, de los Herederos de Teófilo Gómez.

El señor Teófilo Gómez (+) fue un recio enemigo del toro bravo, y esta forma absurda y dañina de entender la crianza de semejante animal se las heredó a sus vástagos, quienes siguen al pie de la letra y religiosamente lo legado por aquel.

Ayer tarde, para vaciar al molde de la realidad la cuarta corrida de toros, se desembarcaron seis ungulados, justo, de los Herederos de Teófilo Gómez. Formaron estos un encierro dispar en tipo, en el que se calificaron dos con clara falta de trapío, de aspecto juvenil, aunque, eso sí, bien rematados todos en los pesebres, rendidos de lomos, como se dice en jerga ranchera.

Nada extraño fue que, en sentencia general, mansearon, lo extraño fue que el sexto tuviera bravura. Vino una absurda orden del balcón de la autoridad, el arrastre lento al quinto, guardándose tal halago para el sexto, que bien lo merecía. Por su parte, el público, que hizo tres cuartos de entrada en la Monumental de la Expo-Plaza, pitó en el arrastre a los dos primeros y al quinto, y aplaudió al sexto.

El ejemplar que abrió plaza tuvo dos características demasiado marcadas: bella lámina e incuestionable mansedumbre. Por su parte al diestro Guillermo Capetillo (sonoros pitos tras dos avisos y sonoros pitos tras aviso), que se desenvolvió sin bochornos, anótesele una media bella verónica, algún fino detalle cuando desdobló la pañosa y el suplicio que experimentó al intentar la suerte suprema.

Monumental Aguascalientes

El cuarto, igualmente, empolló la infelicidad con su mansedumbre irreverente y grosera. Aquel cuadro fue un deseo reprimido y melancólico; así como un orgasmo frustrado. Las notas de las de por sí tristes golondrinas, más ahogaban el ánimo, y su disposición y la atención del público que pretendía verlo triunfar en esta tarde “especial”, se estrellaron y murieron ante el grueso y alto muro de la realidad. Tras media estocada delantera al segundo viaje y varios descabellos, bajó el telón de su vida profesional en Aguascalientes.

Increíblemente descastado resultó el que desenchiqueraron en segundo turno, y el sevillano Morante de la Puebla (sonoros pitos y dos orejas), aún envuelto por el enfado del cónclave, se concretó a cumplir sin gracia y a matarlo de una estocada totalmente defectuosa.

Feo y sin trapío fue el quinto, empero tuvo maleabilidad, lo que el extranjero acogió para crear, como en lisas placas de mármol, verdaderas joyas y piezas de arte de hondo misterio. Allá están sus verónicas y lances, en otro lugar de la galería invisible de la memoria sus naturales, sus derechazos, sus pases de pecho y sus trincherazos que provocaron el ole ensordecedor.

Hecha la faena, plena que fue de plasticidad, interpretó una estocada que hasta hoy será la referencia de la feria: Concienzudamente preparada, artísticamente ejecutada e impactante en réditos mortales; apenas consumada, el bóvido se derrumbó sobre la arena del ruedo sin la necesidad de la puntilla.

Al tercero, un astado menos manso que los anteriores, el anfitrión Joselito Adame (palmas y oreja protestada) le forjó una decorosa faena, aprovechando que pasaba bobamente, primero trazándole verónicas de buen gusto, luego interpretándole muletazos templados y extensos por ambos cuernos y dejando como fin del quehacer el estoque en buen sitio, no sin antes haber pinchado.

Espoleado por lo visto a Morante, se desgajó de la tronera del burladero de matadores y realizó el acto del toreo con obsesión. Raro, pero el bicorne fue bravo, con calidad y recorrido. Adame, consciente de esa condición, toreó de capa variadamente para después, en el episodio muletero, dislocar sus brazos y correrlos con gusto y temple en derechazos y naturales que percutieron entre la abundante clientela. Faena buena en la que, sin abusar del efectismo, dejó sellada la actitud de lo que es una figura de su momento. Con dos orejas tal vez ya ganadas, se entregó al irse tras el arma pero lamentablemente se le fue la mano y ésta quedó bastante atravesada y el premio se redujo.