2 mayo, 2019

UNA OREJA PARA DIEGO SÁNCHEZ

FOTOGRAFIAS POR: PEDRO JULIO JIMENEZ LOPEZ
Ese fue el raquítico saldo de la séptima corrida de feria en el coso Monumental de Aguascalientes, que en sus peldaños recibió apenas un poco más del cuarto de su amplio aforo.

Función complicada y en algo alrevesada con tres jóvenes toreros de modesta experiencia que, al contrario de las abusivas y comodinas figuras, tuvieron que dar el rostro a un encierro con edad y trapío, compuesto por seis bureles de otras tantas dehesas aguascalentenses y su región.

Ese fue el raquítico saldo de la séptima corrida de feria en el coso Monumental de Aguascalientes, que en sus peldaños recibió apenas un poco más del cuarto de su amplio aforo.

Sergio Martín del Campo. R.

Función complicada y en algo alrevesada con tres jóvenes toreros de modesta experiencia que, al contrario de las abusivas y comodinas figuras, tuvieron que dar el rostro a un encierro con edad y trapío, compuesto por seis bureles de otras tantas dehesas aguascalentenses y su región.

Un toro precioso, lleno de músculos y bien cortado, pero sobre todo encastado, fue el que ahuelló la arena por primera vez en la tarde. Estaba quemado con la marca de la dehesa jalisciense de Corlomé y con poder, clase y recorrido embistió durante la lidia, mientras el juncal joven Diego Sánchez (oreja y vuelta al ruedo) le hizo el toreo con disposición, limpieza y puntualidad técnica, no obstante, su desempeño careció de proyección y tuvo modesto eco entre la concurrencia. Una cosa es pegar pases y otra, muy distinta, es torear. Si le llegó el apéndice fue por la excelente estocada que dio fin a su primera intervención.

Un tío era el segundo de su lote, cuajado, bien hecho y mejor armado de veleta cornamenta con la cual embistió por derecho dejando tras de sí largas huellas de su paso. Provino de otra jalisciense ganadería, Claudio Huerta, y nunca desarrolló resabios. La fijeza también fue otra de sus cualidades. La faena contó con mejor fondo que la hecha a su primero, logrando lo mejor por el pitón izquierdo, pero en honor a la gran señora verdad, no se mantuvo a la altura de la res. Como fin de la intervención, se entregó en la suerte suprema pero la espada quedó cabalmente atravesada.

Cárdeno, acucharado y cómodo de testa fue el segundo de la tarde; se desembarcó bajo la responsabilidad de Campo Grande. La característica ingrata que mejor le distinguió resultó ser su sentido agudo y las criminales intenciones que desarrolló desde el primer pase de muleta, dando la impresión de que estaba toreado. Indeseable animal que tenía corazón de cebú. Ante la inconveniencia, Diego Emilio (palmas en ambos) no vio otro camino que cumplir lo más diligentemente posible.

Presencia y cuajo presumió el de la legendaria ganadería de La Punta, pero su filial genética resultó dura, complicada y demandante. Con gran poder arrolló todo terreno tragándose los espacios y retornándose peligrosamente sobre las delanteras. Lo poco que pudo hacer el coletudo se calificó de mucho honor, pues apostándole bastante le arrancó pases de ley. Al vaciar el arma sobre el cuerpo del adversario en el segundo intento, éste lanzó tremendo derrote y alcanzó a golpear a la altura del cuello al de seda y oro, aparentemente sin consecuencias graves.

Entusiasta se observó al joven José María Pastor (palmas en ambos) ante el prestado ejemplar de Rosas Viejas. Franco pasó con clase siguiendo noblemente el trazo que con sus engaños le indicó aquel durante una faena derechista en la que la parte buena y central fue la correcta colocación y el temple de los muletazos, y la incorrección el haberse pasado de trasteo, lo que le redundó complicaciones en la suerte suprema.

Largo y bien proporcionado era el de Medina Ibarra, un toro noble y que dejó estar, empero el amago que hizo de romper, quedó en eso; luego de la primera tanda se vino a menos. La cierta ductilidad acotada, permitió al aspirante a las glorias taurinas expresarse al nivel que hoy tiene, en un quehacer de altibajos intentado por ambos flancos que acabó con estocada casi entera pero de efectos mortales retardados, circunstancia que obligó a usar la espada de cruceta en dos ocasiones.