4 mayo, 2019

INGRATO ENCIERRO DE XAJAY

México es un país en donde las desigualdades han declarado y asentado la sede de su imperio desde hace mucho tiempo.

“La ciudad de México es una maraña de contrasentidos”, escribió Erich Von Daniken (Suiza, 1935); yo agregaría, no solo lo que queda de la antigua capital azteca, sino todo lo que aún llamamos patria.

México es un país en donde las desigualdades han declarado y asentado la sede de su imperio desde hace mucho tiempo.

“La ciudad de México es una maraña de contrasentidos”, escribió Erich Von Daniken (Suiza, 1935); yo agregaría, no solo lo que queda de la antigua capital azteca, sino todo lo que aún llamamos patria.

Los indígenas adoraron a falsos dioses y les llenaron lagunas de sangre humana. Cuando se fue “Quetzalcóatl” hacia el infinito, se quedaron con la sentencia bien marcada en el alma y el pensamiento colectivos que regresaría de donde el sol sale. Cuando llegaron los españoles, pensaron que había retornado semejante deidad, y aunque le hicieron la guerra, acabaron postrándose mansamente ante los “rubios barbados”.

Esta actitud entreguista se sigue dando, aunque de diferentes modos.

Lo que nos queda de fiesta, llamada aún brava, es nítido reflejo de la tesis propuesta en rayas anteriores.

Ayer tarde, para dar vida a la novena de feria en la Monumental de Alberto Bailleres, que acogió en su graderío más de media entrada, Javier Sordo Bringas, de sus potreros de Xajay mandó un encierro terriblemente desigual en tipo, con varios astados de indigna presencia y manso en serio. Con estos “taurinos” el espectáculo tiene sus días contados; estamos en cuenta regresiva, y no será obra de los hipócritas “abogados de bestias”…

En atención a la mala presencia de las reses, hubo silbatina para el primero cuando apareció en escena y cuando eran sus restos llevados al patio de carniceros, idéntica manifestación del cotarro se dio con el segundo, aumentando el descontento con el quinto y el sexto.

Tenemos poco honor como hombres, no sabemos defender nuestras identidades y le tenemos más miedo a la vida que a la misma muerte.

La clara sosería del que abrió plaza y el viento entrometido evitaron rotundamente que sucediera algo de trascendencia en el anillo, muy a pesar del empeño de Miguel Ángel Perera (palmas, palmas y al tercio tras aviso en

el de obsequio), que, desengañado del buey que tuvo enfrente, pronto se deshizo de él con efectiva estocada.

El segundo de su lote, sí que fue hermoso, cárdeno nevado, largo, armónico de hechuras, de acucharados y finos pitones; sin embargo, el fenotipo miente; muchas veces parece no tener relación con el genotipo. Su lidia se marcó por la esmirriada casta, y pese a que el coletudo extranjero se paró firme y blandió el oficio que posee, apenas logró algunos derechazos mencionables, concluyendo con más pena que gloria luego de la estocada pasada que ejecutó.

Como en la fiesta mexicana existe la ventaja y el vicio del obsequio, se animó a que soltaran a un sobrero, éste quemado con la marca de Reyes Huerta, cuyo actual patrón, con poca seriedad, remitió un bóvido de humildes pitoncitos sospechosos de haber sido “mochados”; eso sí, embistió incansablemente, dejando tras de sus patas una longitudinal estela como validación de su recorrido. Perera, por su parte, aprovechando aquellas virtudes, forjó una faena entusiasta, declinada y dedicada, en su mayoría, a los del “barrio de arriba”. Hasta petición de indulto se manifestó, cuando era inmerecido totalmente, ya que la res acabó rajada, buscando la sombra de las maderas. “El público taurino confunde lo que ve con lo que quiere ver, sentenció Guillermo Sureda.

El descalabro sobrevino cuando empuñó el alfanje, pues con él pinchó cuatro ocasiones para posteriormente dejarlo pasado y tendido. Vuelta al ruedo ordenó el juez para los restos del bicorne, cuando tal vez el arrastre lento habría sido más que suficiente.

Desproporcionado, de escaso morrillo y deforme de caja se calificó, según apreciación ocular, el segundo de la función. Durante los primeros tercios sus patas de gelatina le hicieron rodar sobre la arena reiteradas ocasiones, no obstante, al llegar al bloque muletero se desenvolvió el don y el talento de Juan Pablo Sánchez (al tercio, división y palmas en el de regalo) quien le trató cariñosamente con fineza de testales; así le mantuvo en pie, aprovechó la nobleza que tenía y le plasmó una faena bien estructurada en la que sobresalieron varios derechazos de temple supremo, aunque descalabrándola con un pinchazo antes de la media estocada defectuosa y cierta serie de descabellos.

Otro insignificante torito liberaron en el turno de honor, tanto física como genéticamente. Buey para el yugo que cerró todos los caminos posibles, ya no para el éxito, sino hasta para lo decoroso. Desencajado del rostro, justificadamente desilusionado, luego de hacerle bastante la lucha, se deshizo de él por medio de un bajonazo.

Frustrado, como no, se alcanzó el punto de regalar otro de la ganadería titular, y le soltaron uno de leve planta, anovillado rotundamente y manso por si

aquello hubiera sido poco. Manifestó algo de movilidad, paso y pasó, pero sin que sucediera nada, salvo la suavidad de algunos muletazos y la disposición del diestro quien acabó desencantado con estocada pasada y baja.

Modestia de cuajo y trapío la del tercero, pero de mayor pobreza resultó su casta. Pese a humillar con clase, regateó hasta la indigestión las embestidas y finalmente incrustó las pezuñas en la arena; siendo intrascendente y agria la machetera actuación de Luis David Adame (silencio en ambos), quien terminó el compromiso con estocada de rápidas consecuencias luego de haber señalado un pinchazo.

Veleto, de mayor cuajo el sexto fue, empero igual de manso que sus cinco compañeros de partida, aunque pasando franco y saliendo con la testa apuntando a las farolas, circunstancia aprovechada por el joven para hacer una faena más de relumbrón que de fondo torero, cerrando con estocada aparatosa y engañosa que atravesó al burel.