20 septiembre, 2021

INTENSA TARDE CON OREJAS PARA LOS TRES ACTORES

Decima de Feria sanmarqueña.
La comunidad taurina, en la que se incluyen los llamados profesionales y comunicadores, manifiesta un revoltijo filosófico y un destanteo en los conceptos generales de la fiesta.

No tenemos la preparación como para distinguir el genio de la bravura, características que están divididas por una delgada raya casi invisible.

Decima de Feria sanmarqueña.

La comunidad taurina, en la que se incluyen los llamados profesionales y comunicadores, manifiesta un revoltijo filosófico y un destanteo en los conceptos generales de la fiesta.

No tenemos la preparación como para distinguir el genio de la bravura, características que están divididas por una delgada raya casi invisible.

El tercero de la tarde, contra lo que se haya aseverado, fue un animal de evidente poder que siempre buscó atacar desde donde le retaran. En todo caso, genera más emoción e interés “el genio”, como coincidió la mayoría habituada a las faenas chulas, que la nobleza borreguna de tantos astados que han salido hasta la inmoralidad.

Los amos de Barralva seleccionaron en sus alambrados seis toros con trapío y edad, según juicio general. Todos fueron puntuales y con fuerza a la suerte de varas, produciendo hasta dos formidables puyazos que fueron redituados con los aplausos sinceros de los entendidos, uno propinado por César Morales, padre al segundo, y el otro por César Morales, hijo al quinto.

La mayoría de los bovinos carecieron de casta y como consecuencia se les pitó a los restos del primero, segundo y sexto, en cambio se batieron fuertemente las palmas para el acotado tercero.

Ignacio Garibay (palmas tras aviso, al tercio y dos orejas en el de obsequio), que se despidió de Aguascalientes esta tarde, topó con dos toros de modestas posibilidades como para fraguar un triunfo a la altura de sus aspiraciones; por ello fue que regaló un séptimo; éste salió en calidad de sobrero y quemado con la figura ganadera de Montecristo. Y se dio a torearle bastante y bien; primero tersa y variadamente al desdoblar la capa –fue un coletudo con el mejor capote de los últimos años- y posteriormente la muleta, gustándose y disfrutando su faena entusiasta y extensa en la que se le vieron pases de formidable temple y estética, en provecho del toro que, aunque salía con la testa en alto,

De jovenzuelo aspecto y feo de lámina fue el que echó por delante el galo Sebastián Castella (división y dos orejas protestadas), quien se vio en la necesidad de exhibir el oficio que tiene, pues aquel no regaló una sola embestida, bien las regateó, se terció y al ir tras la tela remitía al final de cada pase tremendos y poderosos guadañazos, hasta que fue muerto de horrenda estocada.

A su segundo, un toro veleto, alto y largo, que dé inicio negó las embestidas, le rogó tanto hasta que logró que se le entregara; cuando ello sucedió, construyó una faena derechista e interesante, de menos a más, culminada con una estocada caída, pero de espectaculares e inmediatos efectos mortales.

Sergio Martín del Campo. R.

Fino toro de pitones a pezuñas salió de los departamentos de toriles en tercer turno, y en el acto se adueñó del nimbo obligando al de seda y oro a sacar su torería y talento de lidiador. Aquel sitio se inundó con la incontenible codicia del bicorne que, siempre combativo, buscó brava, poderosamente y en todo momento la tela roja del tlaxcalteca Sergio Flores (oreja y al tercio), quien, quizás inconsciente del torrente de bravura que tenía delante, estuvo ahí sin rajarse, pero toreando a distancia –de algún modo justificadamente- dando demasiadas y absurdas ventajas al adversario y realizando adornos, como fueron varios martinetes, desentonados. Hubo emoción, la que da la casta entera y dura, y por su puesto lo que hizo tuvo mérito. El toro bravo no admite ningún error, por mínimo que éste sea, y al tirarse a matar dejando tres cuartos de acero pasados, lo agarró salvajemente, materialmente “cachándolo” con sus delgados pitacos, en lo que fueron segundos angustiantes, dramáticos, dando la impresión de que llevaba una cornada severa, lo que afortunadamente no sucedió, quedando todo en una conmoción de la que se recuperó en la enfermería. Durante todo el acto, el cotarro, que hizo más de media entrada en el máximo coso aguascalentense, se mantuvo en la mera orilla de sus butacas.

De gran caja y poderosa mansedumbre fue el sexto; las tablas le sirvieron de refugio toda la tarde y al diestro solo le quedó deshacerse de él con la mayor diligencia posible.