9 mayo, 2019

AL CRISTALERO DE ANGELINO DE ARRIAGA LA “OREJA DE ORO”

El entramado taurino mexicano, poderoso, caprichoso, soberbio y absurdo, no se anda con rodeos ni se mide a la hora de pagar emolumentos bastante crecidos a los extranjeros que figuran, en lugar de hacer lo necesario para producir matadores nacionales competentes, teniendo materia para ello. Se prefiere anunciar toreros españoles mediocres que dar oportunidad cabal a varios mexicanos que han luchado como guerreros en cuanto ruedo se han apersonado y que han demostrado recia torería.

El entramado taurino mexicano, poderoso, caprichoso, soberbio y absurdo, no se anda con rodeos ni se mide a la hora de pagar emolumentos bastante crecidos a los extranjeros que figuran, en lugar de hacer lo necesario para producir matadores nacionales competentes, teniendo materia para ello. Se prefiere anunciar toreros españoles mediocres que dar oportunidad cabal a varios mexicanos que han luchado como guerreros en cuanto ruedo se han apersonado y que han demostrado recia torería.

Si antaño la “Oreja de Oro” era un trofeo que se disputaban gallarda y ambiciosamente las figuras, hogaño es una corrida dedicada a diestros marginados, olvidados y desairados; eso sí, ante toros con edad y trapío, aquellos que los que figuran evaden como a serpientes venenosas. Corrida de “consolación” que nada da y tal vez mucho quite a los actores.

Hay un fabuloso desorden en la tauromaquia mexicana la cual no parece tener remedio.

Se anunciaron seis toros de San Marcos, pero al fin salieron al anillo dos de San Lucas (primero y cuarto), dehesa hermana de aquella, y dos de Claudio Huerta (segundo y sexto) y el resto de la vacada titular, conformando los seis un encierro de mansos con entrañas negras; peligrosos de verdad que traían la cornada a flor de piel. Afortunadamente, y por gracia divina, no hubo nada que lamentar. De aquella estirpe formidable de San Mateo, de donde se supone que se derivaron los primeros hierros acotados, y que bañara en chapa dorada al espectáculo taurino durante muchos años, no se vio nada.

Es lastimoso hacer el juicio, pero cada año la corrida de la “Oreja de Oro” pierde más y más prestigio en más de dos sentidos.

Las gradas del coso Monumental de Alberto Bailleres se vieron desolados, con una entrada por demás lamentable y melancólica.

El ejemplar descastado que abrió la función pudo más que las ilusiones del espada ixtacalqueño Juan Luis Sílis (silencio tras dos avisos) a quien solo le quedó el recurso de cumplir con la lidia, al centro, también, del desencanto del público. De nada le valió haber triunfado, con toros enrazados, en aquella feria de Cuaresma en el coso de la “Ciudad de los Deportes”. El premio fue que ayer tarde tuvo que dar el rostro durante una función en la que el aliento de las complejidades generales envenenó la atmósfera.

El tlaxcalteca Angelino de Arriaga (oreja) hizo una útil mezcla de talento y entusiasmo; se comprometió en el geométrico escenario, se responsabilizó de los tres tercios y le sacó un provecho relevante a un toro sin un centímetro cúbico de sangre brava, el cual acabó rajado, procurando el amparo de las maderas. Claramente quedó en evidencia el sitio y oficio del diestro antes de su defectuosa estocada.

Los genios nunca han heredado lo mejor de sus genes.

El tercero fue un infame toro que topó como cebú y Lorenzo Garza Gaona (silencio) no tuvo los recursos para librarse de él por lo menos decorosamente.

Era precioso el cárdeno nevado al que dieron puerta en cuarto lugar, pero igualmente manifestó mansedumbre y malicia respetables. Antonio Lomelín (división tras aviso), vástago del valiente acapulqueño, intentó algo sacar, y aunque pocos, muy pocos pases interpretó, fueron de mérito pleno, dadas las condiciones obscuras de aquel marrajo con el que soñó una pesadilla al tratar de estoquear.

A pesar de haber estado prácticamente sin torear durante un periodo de tres años, Antonio Mendoza (al tercio tras aviso) se observó con oficio, técnica y expresión torera. Su valor y gran talento obligaron la faena a un toro que muy pronto se paró y del que hubiera adquirido un apéndice de no ser por el pinchazo que en mala hora prologó a su estocada atravesada y varios descabellos.

La descastada condición del que cerró plaza orilló al tlaxcalteca Gerardo Rivera (palmas) a proponer su vehemencia, cualidad que le otorgó el derecho a cumplir decorosamente con el compromiso.