11 mayo, 2019

ÁLVARO LORENZO HACE LO MÁS TORERO, PERO GINÉS MARÍN COSECHA TRES AURICULARES

Antesala del fin de feria la corrida de ayer, que atrajo a menos de media entrada en el coso Monumental aguascalentense.

Esta vez la dehesa laguense de Villa Carmela fue la que desembarcó ocho astados terciados, variados en tipo y cuajo, desembocando como resultado un encierro perfectamente desentonado, desuniformado como capirotada y descastado en general.

Antesala del fin de feria la corrida de ayer, que atrajo a menos de media entrada en el coso Monumental aguascalentense.

Sergio Martín del Campo. R.

Esta vez la dehesa laguense de Villa Carmela fue la que desembarcó ocho astados terciados, variados en tipo y cuajo, desembocando como resultado un encierro perfectamente desentonado, desuniformado como capirotada y descastado en general. Pese a que todos acudieron cumplidores al llamado de los varilargueros, dieron una lidia sobre la raya de lo descastado, ganándose el repudio del cónclave los restos de los dos primeros; en contraparte, las palmas se batieron para los despojos del que cerró plaza.

No hubo forma, no hubo con qué, los ibéricos opacaron la modestísima actuación de los anfitriones.

Álvaro Lorenzo, sin el corte de apéndices, dejó una impresión muy grata entre la afición por su clase, oficio y excelente concepto de la tauromaquia práctica.

Por su lado, Ginés Marín, siendo un diestro pedante, con actitud de “perdonavidas” y que no acaba por sellarse -es más de relumbrón que de profundidad torera-, acabó por colocarse como uno de los máximos triunfadores del serial con la cosecha de tres orejas, más que exagerada la segunda de su primer rival.

De sólida sosería fue el primer adversario, y para firmar su mal paso por el escenario, en la segunda tanda muletera desenvolvió agudo sentido, viéndose Gerardo Adame (palmas discretas en ambos) en la necesidad de cumplir y matar en modos decentes.

Bastantes cosas interesantes tenía para hacérsele su segundo, un feo cuadrúpedo que todo el tiempo requirió de manera inquisitiva, y aunque el coletudo se mantuvo machetero, faltó a la técnica y al correcto planteamiento, no logrando descifrar el asunto, siendo su desempeño un bien fraguado garabato ilegible, acabado de bajonazo.

Abrieron por segunda vez el portón de toriles, y por su espacio salió un auténtico torito, de infame y vergonzosa estampa que, por su mala sangre, en el acto se unió en la superficie, y cuando por milagro acudía al cite, lo hacía arreando, no sin antes calcular a “Armillita IV” (palmas y silencio), optando éste por quitarlo del anillo con una estocada bastante defectuosa.

Por la sosería de su segundo y la intrascendente e indolente labor, la clientela aguantó un bloque tedioso y aburrido.

Apareció el tercero mostrando escaso atractivo físico, fealdad en sus hechuras, “caballón”, según se dice, y su mala genética sucumbió por el oficio del ibérico Álvaro Lorenzo (palmas en ambos), que se presentó como matador en lo que nos queda de patria, quien con temple y mando manejó la muleta, plasmando una labor de subrayada torería por ambos lados. Se plantó de veras en el sitio correcto, tuvo paciencia e hizo ver mejor al antagonista de lo que en realidad era y al que en pésima hora pinchó reiteradamente antes de la estocada pasada que finalmente lo despeñó. Por esas incorreciones con el alfanje se privó de izar una oreja de buen valor.

Ante el séptimo, que venía en clave peligrosa, sencillamente cumplió sin mayores adjetivos.

Si el cuarto hubiese tenido un punto más de fuerza, se estaría hablando de un gran toro; porque aquel precioso animal embestía con inmejorable clase y notada nobleza, sin embargo, rodó por la arena repetidas ocasiones, entre que el jerezano Ginés Marín (dos orejas protestadas y oreja), obstinado, se aplicó y dio un trasteo variado, así con el capote como con la sarga, puntualizando con un espadazo algo pasado y caído, aunque de consecuencias mortales.

Y salió el toro de la tarde; fue un cárdeno, bien armado, fino de lámina y bien proporcionado que, aunque buscó el amparo de las rojas maderas, embistió franco y con clase durante la faena que tuvo bastantes cuadros pueblerinos, salidos de un diestro de escasa profundidad que logró lo, no obstante, lo mejor por el siniestro cuerno. Antes de ejecutar la estocada caída, pinchó, pero el premio señalado fue a dar a su puño.