26 mayo, 2019

LA PRESENCIA DE LA MUJER EN LOS TENDIDOS DE LAS PLAZAS DE TOROS ¿ES UN MERO ORNATO?

¿VERDAD DOÑA VERÓNICA?

Campante, como quien no se asombra con las sorpresas, ni se espanta con las cosas desconocidas, pero que goza con las eventualidades ocasionales, me sorprendió la voz de una mujer: ¿Cómo estás Armando?

¿VERDAD DOÑA VERÓNICA?

Campante, como quien no se asombra con las sorpresas, ni se espanta con las cosas desconocidas, pero que goza con las eventualidades ocasionales, me sorprendió la voz de una mujer: ¿Cómo estás Armando? Ambos nos dirigíamos, perfectamente alineados a uno de los cajeros de banco en el centro de la ciudad (Banamex). Al verle me tupieron las imágenes; era ella la que, siendo alumnos de primer año de primaria -colegio Sor Juana Inés de la Cruz- en el mes de junio ponía en nuestras infantiles manos traviesas las flores que presentábamos ante el altar y la imagen de la virgen del Rosario en templo de la Merced.

“José Caro”… Armando Berumen su nombre real.

Sin saber por qué mirarnos nos causó risas. Hacía años que no la tenía corporalmente frente a mí. Las risas fueron el preludio de una sabrosa charla en el café Catedral… Contar lo que nos contamos no tiene caso contarlo, tan sólo cuento lo que me llamó la atención; “Recuerdo, me dijo ella, cuando con las flores en tus manos hacías como si torearas, eso nunca lo olvidaré; luego cuando te vi torear en la plaza San Marcos, ya muy formal, te reprochaba las inocentes burlas que nos hacías a las niñas pues a todas, tú vestido de monaguillo, y nosotras de blanco purísimo, en el mes de mayo –mes de María- nos toreabas.

Lamentamos que tradiciones tan enriquecedoras se hayan perdido.

Y qué, ¿sigues igual de “macho”?, me preguntó. Lugo pasó lo que tenía que pasar, lo cierto es que, ya en casa, me puse a teclear pensando en el ayer, y las mujeres. Y tecleando y tecleando caí en la cuenta que…

Probablemente, convencido Adán de la indestructible persuasión e influencia de Eva, y una vez expulsados del Paraíso, tomó represalias contra ella convirtiéndose en el primer machista de la creación. A partir de tan unilateral postura, las decisiones las tomaría él de manera independiente, aunque, claro, por la línea del afecto se dio origen a la complicidad amorosa que aún prevalece entre los géneros.

Ah, ¡cuidado con las mujeres! Tan lindas, tan bellas, tan arrogantes, poseedoras de un sinfín de atributos que, acaso como la coquetería, llegan a perturbar la pacífica existencia de quien finalmente se aviene a la ley natural de la complementariedad. Pero lo curioso es cuando se toma el universo del toreo como púlpito, universo en el que los varones no les conceden facultades y poderes a las mujeres como para que se les respete su individualidad.

Parecieran dos mudos diferentes y opuestos el masculino y el femenino en las plazas de toros. Gramaticalmente es femenino la vida, la fama, la gloria, la eternidad, inclusive la muerte. En tanto

lo eminentemente masculino es el dinero, el poder, el triunfo, y más explícitamente el toreo. ¿Qué hace entonces la mujer en el universo del toreo? ¿Es un mero ornato embellecedor?

Cierto es que la vida, la gloria, la fama, la dicha son parte relativamente correspondiente al género que tipifica la fragilidad humana: la mujer. Pero también es cierto que el dinero, el poder, el vigor, y sobre todo “el toreo”, aluden a la pertenencia del masculino. Así las cosas, fue ella, mi condiscípula en el primer año de primaria, ahora toda una atractiva mujer, la que aceptó el piropo que, aludía sus “buenos bigotes”. ¿Cómo, si los bigotes son potestad masculina? Entre sonoras carcajadas me hizo entender que a muchos varones toreros les falta lo que a ellas -las mujeres- les sobra: entereza, sobriedad, imaginación, creatividad, delicadeza, finura, elementos que, al punto de exquisito refinamiento, parece de sospechosa dignidad en los machos muy machos. ¿Por qué, me preguntó la linda señora, a los varones les da pavor hablar del miedo, de las lágrimas, de la tristeza?

Y me confió una pregunta que atormenta a los toreros “muy machos”: ¿Por qué cuando sale el toro grandote –ella se refería sin precisarlo a los toros con edad y trapío- les da por correr como niños espantados ante una sábana que cubre a un simple perrito faldero? Y fue más contundente: ¿Por qué se espantan algunos toreros ¿machos? con su propio miedo? Me quedó claro que la mujer, teniéndoles suficiente lástima a los machos espantados con sus temores, los compadece con ternura burlona.

Lo cierto es que si por ahí hay un hombre valiente que quiera responder, pues que se suba al púlpito del toreo y reconozca que la mujer, siendo en la vida una complementariedad indispensable, en una plaza de toros, aún desde el tendido, como motivadora e inspiradora, es la que da vida al hombre en los ruedos. ¿VERDAD DOÑA VERÓNICA?