28 mayo, 2019

ARRASTRE LENTO

REFLEXIÓN –DIVAGACIÓN- NO APTA PARA LECTORES RUBOROSOS QUE SE ESCANDALIZAN ANTE EL UFANO Y SORPRENDENTE PASO DE LOS “BOHEMIOS” DE CORAZÓN

REFLEXIÓN –DIVAGACIÓN- NO APTA PARA LECTORES RUBOROSOS QUE SE ESCANDALIZAN ANTE EL UFANO Y SORPRENDENTE PASO DE LOS “BOHEMIOS” DE CORAZÓN

Tomábamos la copa; y en grupo veíamos por televisión lo mejor de San Isidro. Alguien por ahí, maravillado con lo que sus ojos miraban, exclamó con escándalo: “Esto es para que lo canten los “bohemios”. Al “gritón” lo que ha visto del serial madrileño le ha inspirado tanto como para motivarle a componer narraciones que, similares a las de antaño, a la realidad le dan toques novelados. La formación cultural del “escandaloso” ocurrió primero en las novelas –de toros-, y luego en las voces de los “bohemios” que, repudiando la declamación, en compases de prosa rimada describían la realidad con tal romanticismo que solo la sensibilidad del “bohemio” podía capturar.

A partir de su violenta intromisión, el “gritón” me hizo pensar y pensar en los “bohemios” del toreo. Por ello cuento lo que, a manera de reflexión, pasó por mi mente.

No estoy rodeado de copas con vino –y si lo estuviera no tendría por qué negarlo- como para que el lector se imagine que mi locuacidad obedece al consumo de ellas. Pero tampoco puedo negar que me exalta la irritación que me produce que “cultísimos académicos” –compañeros de estudios universitarios- me echen en cara, amonestándome por ello, la inocultable lealtad y admiración que me merece la Fiesta de toros y el arte del toreo, y los toreros con vena “bohemia”. No les cabe que mi ser se estremezca ante el encendido chisporroteo del fenómeno del toreo; no alcanzan a entender que es posible excitarse ante el asombroso despliegue de colores, humores, formas, figuras rasgadas dramáticamente con notables perfiles de magistral belleza; no son capaces de comprender a los “bohemios” del toreo.

Aclaro que, en términos metafóricos, los “bohemios” del toreo han sido en mi vida como aquellas piedras -adobe y concreto- que pese a la rusticidad de su contextura han “iluminado” los muros y pasillos de los palacios -en los cuales quise vivir- habitados por reyes, príncipes y cortes del toreo. Recuerdo que, ante mi desordenada admiración a tales personajes, mi madre, oponiéndose a mi declarada inclinación por la Fiesta de toros, cariñosa y devota rogaba a los santos para que “se opacaran los luceros que iluminaban mi alma de niño”. Era una luz tan colosal que, encegueciéndome hasta encandilarme, cambió el rumbo de mi existir. En fin, lo mejor es que le cuente que…

Que le cuente que si le cuento mis pensamientos debo hacerlo, so pena –merecer- de caer en el desprestigio del charlatán, con la indudable sinceridad del “bohemio” que no pude negar el “don” de su graciosa libertad. Me queda claro que éstos, los “bohemios”, viven –y se expresan- sin las ataduras sociales, único camino trazado por ellos para cultivar su alma y refrescar su entendimiento.

Ignoro si ser “bohemio”, siendo una tontería -tal y como lo considera la sociedad “burguesa”- sea tan despectivo como para que sienta pena y dude incluirme en el listado de tan rebeldes y excéntricos personajes, pero de que los “admiro” es tan cierto que si lo negara las yedras se treparían sobre mi acobardada humanidad para ocultarme y aborrecerme.

Si cuento mis pensamientos debo contar que me gusta el estilo existencial de los “bohemios”: son derechos y francos, aunque no aliados a las doctrinas moralistas de una sociedad encaprichada en desvirtuar las tendencias naturales del hombre, y me gusta su estilo existencial porque “siendo personalmente individualistas poco o nada tienen de egoístas”.

Lo cuento queriendo manifestar la enorme alegría que me causa gritar a los cuatro vientos que vivo, y que cuando muera -ojalá y tarde el destino- sea en la ciudad –mi tierra Aguascalientes- donde habitan todavía algunos “bohemios” que, “adoradores del toreo”, son capaces de estremecerse ante la belleza “bohemia” del arte que es creado por los extravagantes seres humanos que en el origen de la Fiesta fueron tenidos como personajes fantásticos dignos de la admiración que precede a la adoración mundana.

Me llena de orgullo –por lo menos no me incomoda reconocerlo, decirlo y escribirlo- pertenecer a esa clase de seres humanos que no se subordinan, negándome a obedecerlos, a las unilaterales propuestas –inquisitoriales- de quienes sienten repugnancia por el arte que convertido fugazmente en mármol y pedrería –bronce y grava en la imaginación- tiene una contextura tan suave como la música y el verso, y es tan dulce como la miel.

Recuerde el lector que está leyendo expresiones de un “bohemio” que es ajeno al almidón del acartonamiento social, y que reconociendo su “afortunada desgracia de querer al toreo y a la Fiesta”, sabe entender la belleza natural del desgarramiento humano… ¡QUE VIVAN MUCHOS AÑOS Y NUNCA SE ACABEN LOS “BOHEMIOS!