23 junio, 2019

ARRASTRE LENTO

HISTORIA DE MI DESPEDIDA DE UN PROGRAMA DE RADIO, POR CULPA DEL “DIABLO”, DEL “CHAMUCO”.

Consciente soy de que es la imaginación humana en sus ardientes visiones la que le ha dado una existencia de hombre carnal –físico y material- al sulfuroso fantasma del “diablo”. Así las cosas, entiéndase que estoy hablando en términos de la imaginación.

HISTORIA DE MI DESPEDIDA DE UN PROGRAMA DE RADIO, POR CULPA DEL “DIABLO”, DEL “CHAMUCO”.

Consciente soy de que es la imaginación humana en sus ardientes visiones la que le ha dado una existencia de hombre carnal –físico y material- al sulfuroso fantasma del “diablo”. Así las cosas, entiéndase que estoy hablando en términos de la imaginación.

Como alocada herencia de los temores del mundo adulto que me rodeaba cuando fui niño, se guardaron en mi ser algunas que hoy tienen sabor a melancolía… Recuerdo el temor que, confesándolo en la sobremesa y en las reuniones nocturnas familiares, los adultos le tenían a la bestia –EL TORO DE LIDIA- que yo, sin conocerla, y con tan sólo imaginarla, ya era presa de su seductora influencia.

Siendo yo todo oídos, fueron las conversaciones de los adultos las que me inyectaron morbo e interés. Quería conocer al animal que horrorizaba con sus pérfidas tropelías. Lo cierto es que aquellas fraternales “sobremesas” me hicieron intuir la voluptuosa magia del toreo, “sobremesas” en las que se alababan prodigiosamente a los valientísimos diestros, y se rendía pleitesía al mítico ser que ponía en el ruedo al drama, a la sangre y a la tragedia como personajes centrales de la obra.

Luego supe que en el medio, y usando el argot –simpática modalidad lingüística- exclusivo del gremio, cuando el toro en el ruedo extremaba su codicia y bravura se le identificaba coloquialmente como el “diablo”, como el “chamuco”. También supe que estando el temible mamífero en el ruedo no había tranquilidad en las venas ni en los corazones de los diestros. ¡Cuánto añoro aquellas sobremesas y reuniones familiares!

Luego.

Luego pasaron muchas cosas, pasó mucho tiempo, pasaron muchas nubes que ocultaron los muchos soles, pasaron muchas noches soñando con las muchas lunas, y jugueteando persiguiendo las muchas estrellas, muchos vientos soplaron mi rostro, y muchas caricias mimaron mi ser.

Luego.

Adolescente y joven, cuando vestido de luces –novillero, luego de haber vaqueado vichas toreadas y cebús de mala leche en pueblitos y rancherías- en puerta de cuadrillas me

santiguaba, se originó la traviesa oportunidad de un cómico predicamento. Un aficionado, al ver el piadoso y cíclico modismo corporal me dijo con la jocosidad de un inocente: “Pepe, los toreros se santiguan tanto que parce que van a encontrarse con el “diablo”, con el “chamuco”. Puesto que reí complaciente no pude decirle lo que en realidad quería expresarle, tan sólo pensé que si supiera lo que decía mejor callaría; no pude decirle que el “toro bravo”, “alta la testa”, y “gallardo en el ruedo” –trágicamente veloz en la certeza su reacciones instintivas- hace temblar el aire con su aliento sulfurado, tal y como lo hace el ”diablo” en la candorosa imaginación del hombre que, para espantar al “chamuco”, se santigua con la frecuencia de las manías incontroladas.

Reía, y reía, lo cual me impedía decirle al aficionado lo que en realidad yo pensaba. Le hubiera dicho que al “diablo”, al “chamuco” con una cruz se le espanta hasta hacerle huir con raudo pavor, pero al toro bravo no hay cruz que le haga renunciar a su cometido genético: atacar, atacar y atacar sin compasión.

Ironía no declarada: al toro se le despide con todos los honores yéndose el torero derecho haciendo la cruz -el brazo y la mano que empuña la espada en alto, y la muleta por abajo-. ¡Cruz perfecta!

Le hubiera dicho que nunca he visto al “chamuco” y que espero nunca hacerlo, pero que al toro “bravo” sí que lo he visto de frente. Le hubiera dicho que he visto que de los “ojos ardientes del toro “bravo” -en “verdad bravo”- emana una misteriosa corriente que suele turbar el ánimo con aflicción, sentimiento y preocupación que originaba la señales protectoras de “santiguarse y luego persignarse”.

Al paso de tiempo he comprendido a los toreros que se enfrentan al toro “bravo”, en verdad “bravo”, y justifico que tan temible mamífero en ocasiones les parezca el mismo “diablo”, el mismo “chamuco”, por eso lo quieren ver poco, o casi nunca. Recuerdo haber escuchado en aquellas subyugantes y encantadoras sobremesas referencias alusivas al “toro bravo”. Decía don Pedro, amigo de mi padre –Victorio-, que le llamaba la atención el corroído deseo de la maldición gitana entre los toreros viejos: ¡Ojalá y te toque un toro bravo! Vaya “malajosería”.

Pero el hecho en verdad cómico es que, en un programa de radio en el cual participaba provoqué semejante escándalo diciendo que “había yo escuchado las carcajadas del “diablo”. Despedido por mi irreligiosa referencia, me corrieron con la cruz por delante.

Y en la calle yo reía y reía, tanto que si hubiera cobrado un peso al transeúnte que pasaba y veía mi descompuesta actitud, hubiera hecho fortuna, me reía de las “carajadas del diablo” pues, -inocente criatura-, cuánto se ha reído el “diablo” de los hombres que a la maldades del toro “bravo”, máxima virtud genética de la casta, las quieren asemejar a las catastróficas maldades del “diablo”. Aquellas pese a lo trágico que pudieran ser, son soplo del pelo de ángel en comparación a las verdaderas maldades -espíritu y no cuerpo aunque le pongan cuernos- del “diablo”.

Y todo porque me reía de las “carcajadas del diablo”. Luego reí también pues estando en casa, y en reposo las travesuras, doña Cipriana, encargada de los servicios de la cocina de mi hogar, se lamentaba: “inocente criatura” pues que culpa tuvo de haber nacido “enchamucado”.

Total, gracias al criterio de mosca del conductor de aquel programa, me echaron patitas a la calle, y yo, risa y risa, por culpa del chamuco. Por eso hoy, cada vez que me topo con tan “preciado” personaje -el conductor de marras-, me sigo haciéndola cruz.