6 julio, 2019

SUMIDO EN LAS TINIEBLAS DE LA REFLEXIÓN ESTIMO DE GRAN VALÍA EL DESAIRE –DESPRECIO Y BURLA- QUE ENCIENDE LOS LUCEROS FUGACES QUE ILUMINAN EL ENTENDIMIENTO

El “vagabundo” y el fenómeno maravilloso y sorprendente de la “bravura”.

Más que irritarme, la actitud asumida por aquellos que juzgan como “incomprensibles y ociosas babosadas” lo que escribo en la columna “Arrastre Lento” –publicada en diarios, revistas, redes, y televisión -, me divierte.

El “vagabundo” y el fenómeno maravilloso y sorprendente de la “bravura”.

Más que irritarme, la actitud asumida por aquellos que juzgan como “incomprensibles y ociosas babosadas” lo que escribo en la columna “Arrastre Lento” –publicada en diarios, revistas, redes, y televisión -, me divierte. Y no digo –escribo- que tal reacción de mi parte sea una simple salida decorosa ante la fiera acometida de los que con razón o sin ella desprecian el contenido de tales textos. Ya lo he dicho en múltiples ocasiones: “aspiro a la felicidad sabiendo que la infelicidad es el principal motor para alcanzarla”. ¿Debo sentirme infeliz y derrotado por no alcanzar los elogios a los que la avarienta vanidad de otros aspira?

Lo cierto es que no me amedrenta el hecho de que las parrafadas que escribo no caigan bien: la reacción ajena, al margen del respeto que me merece, ni me ofende ni me deja mudo. En cambio me consuela saber que a dos de los habituales lectores sí les gusta: uno de ellos, prudente consejero que no sólo me reprime con desaliento sino que hasta me motiva, aplaude la tenacidad con la que lleno páginas y páginas en blanco con letras con sabor a nada.

No me lastima el hecho de que no gusten mis juicios y opiniones pues algo deben de contener como para merecer el visceral desprecio que originan, realidad que, si bien puede considerarse como una derrota, tiene mucho para tomarla como enriquecedora toda vez que ésta, siendo un fenómeno cultural y de educación, será la que me inyecte alientos apara dar los siguientes pasos en la búsqueda de algo sustancialmente mejor.

Dicen –quienes me critican- que en el universo de las ideas vagabundo soy sin rumbo cierto voy. Les platico a aquellos que fue vagabundeando cuando me di cuenta de que los temores que me provocó el toro bravo lo hizo al abrigo de su fiera bestialidad, y que en consecuencia de tal impacto reconocí que la bravura del toro es sinónimo de espectáculo, de emoción, de sensación de peligro –riesgo en juego-, y que es precisamente la bravura del toro la que –causando temores- en las arenas de los ruedos contradice al

aburrimiento, y que ella es la chispa que enciende el arte del toreo. ¿Qué tiene de cómica, de banal y de disparatada semejante afirmación?

Y fue vagabundeando cuando encontré encanto en aquella expresión que, siendo de uso frecuente entre la torería, y siendo equivalente al significado de un pérfido maleficio con aire gitano, reza con agridulce sabor: “¡Que te toque un toro bravo!”. ¿Qué tiene de cómico, de banal y de disparatado que alabe tal sentencia toda vez que conjuga en un tiempo pasado –historia-, presente -realidad-, y futuro –mañana sin serlo-?

Y qué tiene de ocioso insistir en el hecho de que –enseñanza de vagabundo- haya entendido que tal expresión -“¡Que te toque un toro “bravo!”- parece un contrasentido toda vez que si por un lado la bravura es el “premio mayor de la genética”, y es la que permite lucirse a los diestros en el ruedo, ¿por qué entonces tenerle miedo y a veces hasta pavor?

Algo debe tener en sí misma la bravura pues suele usarse coloquialmente como elemento que hace sufrir a los profesionales del toreo. Por tanto, ¿qué tiene de banal y cómico que, ateniéndome a la sabiduría de las sentencias populares, las encuentre dignas de alabanza y consideración, tanta que merecen de mi parte reflexionar en ellas lo suficiente como para comprender que tales realidades pueden ser válidas para ser tomadas como mecanismo de culturización que pueda motivar e inspirar a los aficionados?