2 marzo, 2020

¿DESDE CUÁNDO A LOS NOVILLEROS SE LE DEBE MIRAR CON COMPLACIENTE TOLERANCIA Y PREMIARLOS CON BONDADOSA GENEROSIDAD?

¿La amabilidad pública –la del aficionado noble y tolerante- no es una perspectiva enviciada?

Habiéndose quedado el nutridísimo conclave que atiborró los tendidos del coso con las ganadas ganas de vitorear a los toreros cuando paseasen las orejas merecidas, el airecillo de su rostro me impulso a divagar en especulaciones y explicaciones.

¿La amabilidad pública –la del aficionado noble y tolerante- no es una perspectiva enviciada?

Habiéndose quedado el nutridísimo conclave que atiborró los tendidos del coso con las ganadas ganas de vitorear a los toreros cuando paseasen las orejas merecidas, el airecillo de su rostro me impulso a divagar en especulaciones y explicaciones.

Hay explicaciones que, a fuerza de ser artificiosas, acaso por ser paralelamente incompletas, dan una idea fragmentaria de lo que en realidad se quiere dar a entender y explicar. Tal es el caso de la sobada concepción del espíritu y actitud de los novilleros: a éstos se les aprecia con tanta bondad que la generosidad deforma las exigencias superiores de su propia naturaleza.

Ciertamente el novillero parece revestido con los llamativos matices de un barniz espectacular que, pese a su novatez e impericia, mueve hacia la consideración y despierta la tolerancia. Siendo consecuentes con los novilleros se olvida el sustento de su propia condición: el novillero es, por su naturaleza propia, un guerrero; verlo de otra forma es una bárbara mutilación de su esencia. Primero combatiente –lidiador al fin y al cabo-, y luego artista y creador.

Y es que, al verdaderamente novillero, al que no amedrentan las sonoras percusiones de la metralla en la refriega, le obliga la imitación de los grandes toreros a los cuales les enorgullece lucir su cuerpo cocido a cornadas, toda vez que para ellos los remiendos quirúrgicos en sus anatomías son medallones de premio y equivalen, al menos así lo equiparan, a las altas insignias por el valor exhibido en el fragor de la batalla. Así las cosas, queda claro que cuando se habla de un novillero se da por entendido que se habla de un luchador tenaz, de un guerrero lleno de afición y valor. Es entonces la afición “combatiente”, vista como una virtud espiritual, el motor que impulsa a los principiantes en las complejas esferas y dimensiones de la gloria taurina.

Y como la afición es una virtud personal, al novillero le hace obrar de una manera única. De ahí que a los aficionados y espectadores les incomode por ser incomprensible su actitud, ver novilleros convertidos en esclavos de la uniformidad, obedientes al yugo de la monotonía que impone su enajenante imperio, sometidos a una desesperante igualdad repetitiva, y carentes del arrebato inteligente del guerrero.

Y cierto es que al novillero con “afición” –“afición” que le da al nombre la categoría de adjetivo dejando de ser sustantivo- se le perdonan los errores y defectos que se confunde en ocasiones con geniales y hasta ridículas payasadas. Y se aplauden los arranques temerarios que explican su novatez. No así el sentido contrario pues si algo repudia el espectador es la cobardía vergonzante que deshonra a quien la demuestra.

¿Qué espera, cual radiografía, de los novilleros para entenderlos y explicarlos con argumentos que no sean fragmentarios, incompletos y artificiosos?

¡Que aún poniendo su vida en prenda sin condicione ni limitaciones, triunfen en los ruedos!

Triunfarán solamente si en su vida han sido capaces de abrazar el sacrificio, capaces de escuchar las voces del cielo que los elevará en la exclusiva espiral ascendente, capaces de ponerse en alerta para darle la espalda en su arrebato de nobleza a la vida para ir en pos de las ilusiones.

Así las cosas queda claro que, acaso como breve explicación, que un aspirante a la gloria torera solo merecerá el nombre completo –de novillero- si es capaz de intuir que vivir como novillero es luchar con virilidad, y que dentro de ese marco “bañe su vida con la sangre fecunda de los mártires, sangre en catarata y rayo sobre las nubes”, sangre silencios sobre el velero de la afición, del afán, del tesón y la fuerza, sangre sonora como clarinada y grito “quiero la gloria ; quiero ser figura del toreo”.

Ello explica que, inclusive siendo virtuosos por excelencia, no ascenderán –nunca jamás-los noveles que se dan en fragmentos, y artificiosamente incompletos.