28 marzo, 2020

LA VERDAD EN EL TOREO NO DEBE SER VISTA COMO UNA VIRTUD POSTIZA…

Ah con el tiempo: ah con el ocio que me ha permitido el mentado virus que trae en jaque a la humanidad. Cierto es que, pese a la gravedad sanitaria que trae consigo pues no podré sino agradecerle que en enclaustramiento me ha permitido revolver y desbarajustar orden en mi memoria, en mi recuerdo, en mis libros, en mis fotos, en los vídeos y demás.

Ah con el tiempo: ah con el ocio que me ha permitido el mentado virus que trae en jaque a la humanidad. Cierto es que, pese a la gravedad sanitaria que trae consigo pues no podré sino agradecerle que en enclaustramiento me ha permitido revolver y desbarajustar orden en mi memoria, en mi recuerdo, en mis libros, en mis fotos, en los vídeos y demás. Fue en esa búsqueda -buscaba, y me fue permitido encontrar, lo que no buscaba- fue así como volvía revivir aquella charla que tuvieron en público el doctor Alfonso Pérez Romo y don Eduardo Solórzano. Tan interesante me pareció que no tengo impedimento para reproducir paree de la memorable sesión de los pocos aficionados que, vaya gloria, “todavía sabían hablar de toros”.

De entrada, con voz de la sencillez, más no carente de la solemnidad que con lleva la tertulia “de toros”, abrió el diálogo don Eduardo, torero que, habiendo actuado al lado de Manuel Rodríguez en México –capital- prefirió decir adiós antes que ponerse en competencia con el “monstruo” sagrado del toreo, y con gusto lo reviví y lo reproduzco.

“La edad, el trapío, el temple, el arte y el valor jamás deberán ser burdas imitaciones”. Esa expresión fue suficiente para entender que la plática era en serio.

Escuchando aquello, me ubiqué en mi presente: Enamorado que soy –obviamente de las mujeres, también lo soy de la Historia del toreo.- Grandes maravillas se encuentran en su despliegue lento y tardo que, como lección, obsequiosa cala hasta modificar la estructura del ser que la ausculta.

Hoy, repasando la memoria me volvieron a la mente las palabras de aquella charla del galeno Alfonso Pérez Romo y don Eduardo Solórzano, hermano que fue, además de matador de toros, del insigne Jesús “Chucho” Solórzano, el afamado “Rey del Temple”.

Señalaba el tío de “Chuchito”, aquel que cuajara en la plaza México al novillo de nombre Fedayín que, a diferencia del tiempo en que escribieron la historia los grandes héroes del toreo, hoy algunas ganaderías importantes están abusando de ciertas características -genealógicas y morfológicas- que, en complicidad con el incumplimiento reglamentario de la edad –cuatro hierbas- son excesos que al final conforman la autenticidad del espectáculo.

“Ese torito, señalaba quien se retirara de las filas de los profesionales a finales de los años cuarenta, por su edad –del toro- así de gordito, cual pelotita juguetona, con unos pitoncitos que apenas si alcanzan a darles vuelta, que engordan –ceban- con componentes hormonales químicos en un espacio tan reducido como lo puede ser cualquier corral, y a pesar de que llegan hacer tantos kilos que rebasan la media tonelada, propicia cierto aire de fraude y permite a los diestros andar en el ruedo con sobrada comodidad y alivio”.

“Visto está que cuando sale un toro más agresivo por su conformación –y comportamiento- más hecho –también de los pitones- con cuatro años o más cumplidos, arribita de los cuatrocientos cuarenta kilos, sano, vigoroso, eso es suficiente para hacer tragar saliva a los profesionales, y más de alguna vez temblar las corvas. Y es que estar en la cara de un toro con características agresivas no es “enchílame otra”. La edad, reforzada con peso y comportamiento, hace que los toros, según dicen los toreros, “pesen”. Pesan mucho, y no precisamente por cargarlos.

El tiempo, inexorable modificador, cambia los detalles.

“Hay aficionados –continuó exponiendo el hermano del Rey del Temple”- que no han visto mucho, ni pueden sensibilizar un mundo que no conocieron, que se pasan los días hablando maravillas de algunos toreros actuales que han realizado sus mejores hazañas con ¿toros? de cuestionable condición”. Pero lo más “injusto” –en el entendido de que la justicia es darle a cada uno lo que le corresponde- es que los aficionados alharaquientos son taurinos que solapan y callan vicios y trampas por defender tendenciosamente intereses sin lograr entender que con ello lo que está haciendo es atentar contra la jerarquía y categoría de la Fiesta. Fiesta por la cual, y en la cual, han muerto muchos grandes toreros”.

Don Lalo, como le decían sus allegados, afirmaba que “el sacrificio de los toreros merece ser enaltecido, más que degradado con comodidades y modalidades excesivas”.

A buen entendedor…

El colofón de aquella agradabilísima charla, lo plasmó don Lalo refiriéndose al concepto que le merece el “temple -debería saber del tema lo suficiente pues su hermano fue un prodigio en la materia- como una virtud que jamás será postiza en el toreo”. “El temple” no se aprende, eso se trae, se intuye. Y ni quien dude que eso es una cualidad del espíritu, de la sensibilidad, de la dimensión que está arriba del normal de los artistas. El diálogo que se establece entre la bestia y el torero llega al clímax cuando el toro se entrega –que imita al imperceptible velo mágico de la tersura- de la sensibilidad del torero”.

Recuerdo son las palabras que transcribo… Lo cierto es que conversaciones como la que sostuvieron don Alfonso y don Eduardo, además de dejar un agradable gusto al “oído”, sirven para demostrar que, aunque hay verdades de valor imperecederas –parar,templar y mandar- es el tiempo el que influye y modifica los usos y las costumbres, a veces inclusive de una forma radical.

No me queda la duda que hay certeza en el diálogo aquel, pero tampoco me quedo con las ganas de preguntarme: en materia de toros ¿será cierto que todo tiempo pasado fue mejor”