14 abril, 2020

LOS REYES MAGOS EN PLENA PRIMAVERA

“Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los Reyes Magos e ir a su encuentro”. (Jean Cau).

Diez de mayo del 2019. Viernes de farolillos en la Maestranza. La plaza estaba llena hasta el reloj y el sol caía a plomo.

Morante, como siempre, había sorteado lo peor del encierro. El que abrió plaza fue un astado de Jandilla demasiado débil. Aunque hubo un pase de la firma suntuoso, el público comenzaba a pensar en el viejo adagio que reza: “Corrida de expectación, corrida de decepción”.

“Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los Reyes Magos e ir a su encuentro”. (Jean Cau).

Diez de mayo del 2019. Viernes de farolillos en la Maestranza. La plaza estaba llena hasta el reloj y el sol caía a plomo.

Morante, como siempre, había sorteado lo peor del encierro. El que abrió plaza fue un astado de Jandilla demasiado débil. Aunque hubo un pase de la firma suntuoso, el público comenzaba a pensar en el viejo adagio que reza: “Corrida de expectación, corrida de decepción”.

Pablo Aguado

Roca Rey le cortó una oreja bien merecida al segundo toro. El joven león del Perú nos regaló una media larga de rodillas a porta gayola y unos derechazos fantásticos, plenos de aguante. La estocada fue fulminante e irreprochable. Pablo Aguado no había perdonado su turno al quite, y sus chicuelinas modernas y la media belmontina fueron una pequeña muestra de lo que habría de ocurrir durante la lidia del tercero.

Mientras esperaban la salida del primero del lote de Pablo Aguado Lucena, que resultó ser un burel noble y con recorrido, los aficionados se preguntaban qué podría hacer el bisoño coleta para no dejarse ganar la pelea ni sucumbir bajo el peso específico de sus dos alternantes. El primer milagro de la función no iba a hacerse esperar.

Para comenzar, las verónicas, las dos medias y la revolera provocaron el júbilo de un público sevillano que a la postre se reconciliaría consigo mismo y terminaría por recuperar su sabiduría y buen gusto legendarios.

Toda la faena de muleta estuvo llena de gracia. Los naturales, los de la firma, las trincherillas y los pases de pecho dictaron un tratado de elegancia, sobriedad y empaque. La gente se desmelenaba, saltaba de su localidad como movida por un resorte y aplaudía a rabiar.

Lo natural.

Entre serie y serie de muletazos (no más de dos docenas de ellos) yo pensaba en el libro Pepe Luis Vázquez, torero de culto, en el que Carlos Crivell y Antonio Lorca relatan cómo toreaba el figurón del barrio de San Bernardo. Entre la confusión que trae consigo la felicidad, recordaba esta frase sacramental leída en el libro antes citado: “Lo que nadie podrá negar es que el ángel de un torero sevillano en trance de inspiración es la mayor alegría posible en una obra torera”. Pablo mató al de Jandilla con una gran estocada entera y le cortó dos orejas irrefragables.

Y natural con la diestra.

El grito consagratorio por excelencia: ¡Torero, torero!, acompañó al sevillano durante la vuelta al ruedo. La capital de Andalucía acababa de recuperar el tesoro del toreo puro, ya que como decía la pobre reina María Antonieta: “No hay nada nuevo excepto aquello que ha sido olvidado”. Y en cuestiones taurómacas es bien sabido que a las cosas perdidas no les gusta que las hallen hasta que casi se han desvanecido de la memoria colectiva.

Aunque Morante lo intentó todo en el cuarto –se llegó a poner de rodillas para comenzar el último tercio de su postrer toro de la Feria-, y aunque en el quinto el matador limeño echó mano de todo su arsenal para captar la atención del respetable, el público no tenía sino una preocupación: ¿qué ocurriría en el sexto? ¿Le saldría a Pablo Aguado un toro que nos permitiera volver a soñar con la mítica tauromaquia de, por ejemplo, Pepín Martín Vázquez, el colosal diestro de la Resolana?

La clase.

Nadie imaginaba lo que habría de pasar en el que cerró plaza. Bajo un cielo típicamente sevillano, es decir, incomparable, Pablo volvió a sacar de la chistera la verónica clásica, dórica, herreriana.

Morante de la Puebla resucitó el galleo del bú, suerte que pasó a segundo plano cuando Aguado esculpió un quite por chicuelinas que me trajo a la mente algo que escribió Paul Bowles, el estupendo escritor norteamericano: “Era algo así como el filamento de una canción tan tenue que podría ser sólo nuestra mente recordando una música que nunca había escuchado excepto en sueños”.

La sonrisa habla por si sola.

Nada importó que el toro fuera soso, tardo y débil, porque en la muleta del sevillano estaban la proporción áurea, la distancia, el temple y el desmayo perfectos. El cónclave lloraba, se abrazaba y se desgañitaba mientras Pablo hilvanaba naturales, derechazos, ayudados, kikirikíes y todo lo que constituye el toreo majestuoso y con sabor, ése que muchos creíamos que había desaparecido para siempre.

Una vez más, el trasteo no rebasó los veintitantos muletazos impecables, entre la música y unos olés tan largos como los de la Plaza México. El estoconazo a toma y daca y el segundo par de apéndices le abrieron de par en par la Puerta del Príncipe al nuevo ídolo de la vieja Hispalis.

Para la historia, cuatro orejas en Sevilla la misma tarde.

Mucho más tarde, cuando los bares taurinos iban a cerrar, los aficionados continuaban toreando de salón, procurando imitar la dignidad y la lentitud de los lances y pases de Pablo Aguado, mientras rememoraban anécdotas de antiguos matadores andaluces que nadie había visto salvo en fotos y filmes en blanco y negro.

Y yo, camino al hotel, presa de una nostalgia reaccionaria e instantánea, seguía repasando dos o tres citas literarias –taurinas o no- que me han marcado, como este apotegma de Carlos Crivell refiriéndose a una de las cualidades del hermano mayor de Manolo Vázquez: “Se entiende por naturalidad una forma de estar en la plaza, ya delante del toro, ya lejos del mismo, en la que nada es forzado ni violento, todo es suave, armónico y surge sin prisas ni gestos para la galería”; o bien en esta sentencia

de Saint-Exupéry: “Valgo, en el desierto, lo que valen mis divinidades”; o este fragmento de Proust, el cual define perfectamente la portentosa tarde: “…fue como esos alimentos prohibidos que ya no le negamos a los enfermos cuando tenemos la seguridad de que jamás van a recuperarse”.