21 agosto, 2020

¿VOLVERÁN CON SU PRIMITIVO Y TRADICIONAL SABOR LA FERIA DE SAN MARCOS Y LA ROMERÍA?

Platicábamos de las festividades que, dentro del marco de las tradiciones provincianas, han llenado de alegría a la próspera ciudad de Aguascalientes. Comentábamos de ellas porque, en su ausencia, han dejado un cierto sentimiento de devastación. Si bien la más notable es la de la feria de San Marcos, también ha calado la de la Romerías y las peregrinaciones que le preceden. En el curso de las lamentaciones hubo quien expresó con aire de simpática nostalgia la ausencia de la feria de La Vendimia.

Platicábamos de las festividades que, dentro del marco de las tradiciones provincianas, han llenado de alegría a la próspera ciudad de Aguascalientes. Comentábamos de ellas porque, en su ausencia, han dejado un cierto sentimiento de devastación. Si bien la más notable es la de la feria de San Marcos, también ha calado la de la Romerías y las peregrinaciones que le preceden. En el curso de las lamentaciones hubo quien expresó con aire de simpática nostalgia la ausencia de la feria de La Vendimia.

Escuchando la plática divagué sin concierto, pero me fue inevitable rememorar otras modificaciones que, al aplicarse, han dejado en el vacío su existencia. Me queda claro que los cambios y las circunstancias le han quitado su sabor primitivo a “las fiestas de provincia”.

Y recordando recordé recuerdos. Recordé que hace años y hablando de lo que ocurría dentro de la plaza de toros San Marcos, concretamente en las corridas, que no eran muchas, por cierto, “las puertas del coso se abrían al terminar el quinto toro para que, sin costo alguno, los que no pudieron comprar el boleto de entrada, por lo menos vieran las “migajas del espectáculo”. ¡Ya llegó Goyo”! Y entraba en agitado tropel la raza al tendido barato, el de sol. Esta costumbre, tengámoslo por cierto, jamás volverá.

Recordé mis primeras ferias de San Marcos: la conocí de niños, y a la manera de inocente lazarillo, me entregué a “robarle” la diversión. No fue difícil. Marco y cómplice fueron el jardín, la calle, y la plaza de toros.

Recordé sin apuros que ocasiones había en las que los caprichos del calendario imponían su ley, de tal manera que la cuaresma, coronada por la semana mayor, retardaba la entrega, que no la disposición, a la mundana algarabía. El recogimiento impedía prestarle atención a otra cosa que no fuera la “crucifixión del Redentor”. Pero una vez terminado el tiempo de la monástica absorción y concentración –corporal y espiritual- en señal de penitencia, los pies presurosos se encaminaban al escenario de la feria: a la calle, y a plaza de toros.

Hablando de toros también los conocí de niño, aunque en sentido inverso que a la feria. Si bien en la calle había colores, aromas, juegos y rostros sonrientes, en la plaza, sin faltar los colores y los aromas, ya apuntaba impactante la seriedad, la solmene sensación de gravedad en la que se desenvolvía el escandaloso y espectacular “regocijo popular”.

¡Qué tiempos aquellos! Fue cuando tuve una conexión tan íntima con la sensación del miedo y el respeto que jamás habría de abandonarme. Recordé que los rostros, aunque serenos, no sonreían con la facilidad cirquera del payaso callejero. Había “apuro” dentro de la diversión.

Fue cuando entendí que el “juego de toros” era demasiado serio. Y aunque inicialmente temeroso –o acaso medroso- di pasos lentos para adentrarme en la llamada Fiesta de toros, a pasos agigantados llegué a su misteriosa mística y religiosa esencia. Y cautivo ya, me hice primero acólito –niño aficionado-, luego seminarista–becerrista, y salvados los exámenes pueblerinos y pachangueros, se me dio el título de novillero,

Hoy, pasado el tiempo, y cercano todavía a los toros, compruebo que, si bien se formalizó el carácter solemne del espectáculo, algo le quitaron al ambiente de los toros y la feria.

Lo cierto es que, eliminando el rodeo que hice en relación con la plática que sostuvimos recordando las notables ausencias de nuestras arraigadas tradiciones, me he quedado con la convicción de que, si bien los aires de la modernidad son una terrible amenaza para la subsistencia de las costumbres folclóricas, en el fondo existe un macabro espíritu que a las tradiciones les cambia el rumbo en su infatigable vuelo.