HOY HACE 54 AÑOS
SE INAUGURA LA MONUMENTAL DE JALISCO

En la parte central de los carteles que pendían sobre los muros de la Perla de Occidente se leía: “Seis toros de José Julián Llaguno para Joselito Huerta, Raúl Contreras “Finito” y Manolo Martínez”.

Se anunciaba diamantina función de toros para el 4 de febrero de 1967 en la sede de la Nueva Galicia; había motivos y razón: el estreno de la flamante y nueva plaza que albergaría en la entraña de su encementado hasta 16,561 aficionados.

El primer espada tenía ya título de figura; era uno de los diestros aztecas con triunfos en la madre patria y un elemento que practicaba la llamada escuela mexicana del toreo. Poderoso de veras y profesional, pisaba reciamente en esos momentos el pedestal de As.

El segundo en el cartel venía con velocidad formidable para acomodarse en un sitio delantero en la baraja taurina nacional. Espigado y denodado, su tauromaquia práctica manifestaba suntuosidad. Inteligente lo era, suficiente como para dar la cara e incomodar seriamente a cualquiera, especialmente, y de modo natural, al tercero en aquel cartel inaugural.

Hablando de éste, llevaba, para aquella fecha, dos años de doctorado, y con su personalidad, intuición y fino estilo había declarado ya muchas tardes que sería un torero de época. Se trataba de un Manolo Martínez sin vicios, sin ventajas, sin abusos, que aún no era dueño de la fiesta mexicana y más dispuesto a plantar su perfil taurómaco a como se diera la situación.

Prácticamente dos años se trabajó de manera intensa en la construcción del nuevo edificio taurino, 1966 y el de la inauguración. Tendría que ser una masa de hierro y cemento que correspondiera a una de las ciudades más importantes del país y, desde luego, a la afición severa y demandante que poseía.

José Manuel Gómez Vázquez Aldana, arquitecto de profesión, había realizado el proyecto ejecutivo de la obra y en su mesa de trabajo trazó los planos del coso. No se fue solo en el proyecto, igualmente los arquitectos Leopoldo Torres, Manuel Parga y Gorki Guido Bayardo cooperaron con sus conocimientos para que los ingenieros civiles Mario Quiñones, Alfonso Ortega y Mario Fernández, en su momento, se entregaran a la construcción física del inmueble.

Cosas extrañas suceden en los entresijos de lo que queda del espectáculo taurino mexicano. En la Monumental de Jalisco sale el toro para deleite de los aficionados y para testimonio de la grandeza de la tauromaquia.

La idea primera de izar una nueva plaza en la Perla Tapatía fue del conocido empresario Leodegario Hernández, hombre visionario y valiente que había nacido en Arandas, Jalisco el 24 de enero de 1920. “Plaza Monumental” fue el nombre que se eligió para semejante construcción, misma que por una baja tremenda en los negocios de don Leodegario hubo de vender en 1971 a su enconado enemigo, otro empresario popular por demás, Ignacio García Aceves.

Ya bajo la administración de éste, cuando se cortaban las hojas de 1979, el coso fue remodelado y rebautizado como Plaza de Toros Nuevo Progreso, título que hasta hoy ostenta.

Un vendaval incontenible se acercaba, el del monopolio taurino mexicano y para 1990 Alberto Bailleres adquiere el inmueble; lo registra ante notario a su nombre y en nuestros días sigue siendo de su propiedad.

Resulta irresistible rememorar la cantidad de hazañas y hechos notados que sobre su redondel se han suscitado, no obstante se interpone ante ello el límite del presente espacio; quede por ahora como motivo de otras cuartillas.

Cosas extrañas suceden en el interior de la organización de la fiesta brava. A pesar de que en la mayor parte de los cosos de ETMSA (Espectáculos Taurinos de México S. A.) se inclinan borregunamente delante de las pretensiones de las llamadas figuras, sobre todo peninsulares –reses mansas-mensas, chicas, sin trapío y demás hermosuras- en la plaza tapatía siempre, o casi siempre, se aplica el reglamento y como una de las subrayadas y felices consecuencias, aparece en su nimbo el toro, simplemente el toro…