5 agosto, 2021

¿LA FIESTA EN PAZ?

Nada más revelador del prolongado autoengaño que aprovecharse de una historia, unas filmaciones de faenas memorables y un aniversario para poder festejar logros y éxitos que la realidad reciente, sin contar la pandemia, se ha encargado de desmentir, ya sin el apoyo ni la asistencia de un público que acabó por no encontrar proporción entre lo que pagaba y lo que recibía en el magno escenario de la Plaza de Toros México.

Nada más revelador del prolongado autoengaño que aprovecharse de una historia, unas filmaciones de faenas memorables y un aniversario para poder festejar logros y éxitos que la realidad reciente, sin contar la pandemia, se ha encargado de desmentir, ya sin el apoyo ni la asistencia de un público que acabó por no encontrar proporción entre lo que pagaba y lo que recibía en el magno escenario de la Plaza de Toros México.

Neguib Simón Jalife, talentoso mexicano de origen libanés, nació en Mérida en 1896, concluyó la carrera de derecho en la Universidad Nacional y en 1922 se desempeñó como secretario particular del progresista gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, fundador del Partido Socialista del Sureste, y quien al poco tiempo, en enero de 1924, sería asesinado por sicarios delahuertistas.

Empresario de aguda visión, a los 47 años Neguib empezó a concebir un descabellado proyecto, excepto para él, de construir una Ciudad de los Deportes que dotara a la capital del país de un magno centro de diversiones y de espectáculos múltiples. Sobre una superficie de millón y medio de metros cuadrados, por el entonces semipoblado rumbo de Mixcoac, donde se localizaban varias ladrilleras que habían dejado inmensos y profundos hoyos, Neguib proyectó un conjunto arquitectónico que además de amplios estacionamientos incluía frontón, boliche, restoranes, cines, arena de box y lucha, alberca olímpica, canchas de básquet y tenis, una playa artificial con olas, centro de artesanías, el en ese tiempo estadio de futbol más grande del país y la todavía plaza de toros más grande del mundo, con capacidad original para 45 mil espectadores cómodamente sentados, cuando la Ciudad de México no llegaba a tres millones de habitantes.

Simón contrató al ingeniero mexicano Modesto C. Rolland para que en el inverosímil lapso de seis meses, con miles de hombres trabajando los tres turnos, levantara el magnífico y funcional inmueble, único en su tipo, tan acertado en su diseño y construcción como desacertado en lo taurino, ya que duplicaba la capacidad de su antecesora, el Toreo de la Condesa. Incontables dificultades, envidias y piedras en el camino tuvo que superar Simón para ver coronado, parcialmente, su visionario sueño de la Ciudad de los Deportes, pues sólo pudo concluir el estadio y la plaza de toros.

Transcurridos 75 años, desacostumbrada a los llenos y habituada a las entradas mínimas, como indiferente caja de resonancia de una multitud urgida de personalidades y tauridades que hace tiempo no la reflejan ni enorgullecen, la Plaza México sigue allí, rotunda y firme, gracias a la visión de aquel mexicano-libanés soñador de ciudades. Sin embargo, y para desgracia de la mejor tradición taurina del país, las recientes administraciones del coso dejaron de corresponder, por lo menos hace tres décadas, a la monumentalidad de tan magna obra, al grado de que su sentencia de muerte parece haberla dictado el criterio de sucesivos concesionarios, tan poderosos como insensibles.

En tres olvidos graves incurrieron las recientes administraciones del inmenso coso: la bravura de los toros como imprescindible condición para que la función continuara siendo emocionante e incluso dramática, no sólo divertida; haber pasado por alto las numerosas opciones de espectáculo con que cuenta hace años la gente, y anteponer sus personales gustos en lugar de promover, en serio, el surgimiento de toreros nacionales con personalidad y espíritu de competencia. Pero siguen buscando un torero, faltaba más.