¿LA FIESTA EN PAZ?
El fantasma de Barcelona y las grises gestiones

Entre otros significados, la palabra fantasma quiere decir “amenaza de un riesgo inminente o temor de que sobrevenga”. En materia taurina, el fantasma de Barcelona, lejos de ser el nombre de una novela o de un bar constituye la amenaza real de prohibiciones, fomentadas por una clase política mermada de sensibilidad social y perspectiva cultural pero postrada ante las consignas del pensamiento único y la falsa humanización, por no hablar de afanes independentistas.

Entre otros significados, la palabra fantasma quiere decir “amenaza de un riesgo inminente o temor de que sobrevenga”. En materia taurina, el fantasma de Barcelona, lejos de ser el nombre de una novela o de un bar constituye la amenaza real de prohibiciones, fomentadas por una clase política mermada de sensibilidad social y perspectiva cultural pero postrada ante las consignas del pensamiento único y la falsa humanización, por no hablar de afanes independentistas.

En numerosas ocasiones hemos señalado en este espacio las notables similitudes entre la triste suerte corrida por la fiesta de los toros en Cataluña, la bella Plaza Monumental de Barcelona y el antojadizo desempeño de las adineradas empresas de la Plaza México en las recientes tres décadas: indiferencia de los propietarios de los inmuebles ante el desempeño de sus inquilinos, criterios de espaldas a la fiesta y al público, pasividad de los gremios taurinos, omisión de las autoridades o su complicidad con relación a esa gestión, penoso aval de la crítica especializada a estas situaciones y público faltos y ayunos de formación. Por ello, lo anterior vuelve remoto el repunte de la tradición taurina en el país antes, durante y después de la plandemia.

Para cuando el agente internacional del pensamiento único y del Consenso de Washington en América Latina, el argentino Leonardo Anselmi, logró que el precipitado gobierno catalán y su parlamento abolieran las corridas de toros en la comunidad y posteriormente en Quito, Ecuador, una deficiente gestión empresarial había empezado a sacar, antes, a la gente de las plazas, poco dispuesta a pagar por un figurismo comodino y carteles de trámite con modestos toreros locales siempre relegados, escasa bravura y nula competencia torera, es decir, de espectáculo capaz de generar emoción, pasiones y lealtad.

El ridículo prohibicionista de la Generalitat duró cinco años (2012-2016), una vez que el Tribunal Constitucional de España declaró nula la prohibición de la tauromaquia en Cataluña y obligó al gobierno autonómico a indemnizar al despreocupado dueño de la plaza Monumental con un millón de euros por daños y perjuicios. Pero el daño ya estaba hecho y entre afanes separatistas y plandemia ya son más de cuatro años sin toros en la comunidad catalana y en la ciudad que llegó a ser, a mediados del siglo pasado, la capital taurina del mundo.

Por su extraviada parte, los entonces presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Rafael Correa, de Ecuador, sin una perspectiva amplia ni una asesoría convincente, en lugar de haber metido en cintura a la colonizada fiesta brava en sus respectivos países con medidas que estimularan a la torería nacional, paradójicamente le hicieron el juego al pensamiento único y al Consenso de Washington, frenando el potencial taurino de ambas naciones. La miopía reivindicatoria de estos mandatarios los hizo prohibir una tradición en vez de regularla y consolidarla.

Puebla, ¿es taurina? Eso sostiene “la Asociación Mexicana de Tauromaquia, perteneciente a Codeme”, que preside Pedro Haces Barba, quien aún se ostenta como senador suplente por Morena, aunque ahora sea el líder del partido político Fuerza por México, y que junto con Curro Leal gestiona la plaza El Relicario, de Puebla, luego de que el pasado jueves, por un voto de diferencia, la fiesta de los toros no fue prohibida por el cabildo municipal. Muy atentos deberán estar con esa comprometedora victoria, que en años recientes el fantasma de Barcelona no ha dejado de sobrevolar la agraviada capital poblana.

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