11 abril, 2021

HOY HACE 59 AÑOS
Termina sus días “El Pasmo de Triana”

Si aceptamos que genio es aquel individuo que puede aprovechar experiencias del pasado, entender su presente y visualizar el futuro, entonces genios del toreo ha habido muy pocos. Juan Belmonte fue uno de ellos. Evolucionó el concepto de otro sevillano, Antonio Montes (aprovechó experiencias pasadas), desenvolvió su bárbaro concepto del toreo y compitió con los mejores (entendió su presente) y contra los cánones establecidos hasta entonces, amén de feroces críticas, encajó las bases del toreo moderno (visualizó el futuro).

Si aceptamos que genio es aquel individuo que puede aprovechar experiencias del pasado, entender su presente y visualizar el futuro, entonces genios del toreo ha habido muy pocos. Juan Belmonte fue uno de ellos. Evolucionó el concepto de otro sevillano, Antonio Montes (aprovechó experiencias pasadas), desenvolvió su bárbaro concepto del toreo y compitió con los mejores (entendió su presente) y contra los cánones establecidos hasta entonces, amén de feroces críticas, encajó las bases del toreo moderno (visualizó el futuro).

Pese a todas las glorias ganadas siempre fue un hombre insatisfecho. Obsesionado con que “Joselito” le había ganado la batalla en Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920, luego de una extenuante labor campera con ganado de lidia en su dehesa sevillana de Gómez Cardeña, el 8 de abril de 1962, amparado por la intimidad de su despacho empuñó un arma de fuego y se desarrajó un tiro. “Los caminos van torcidos, el plomo marcha derecho”, escribiría años más tarde el genial poeta granadino Manuel Benítez Carrasco. La depresión y los destanteos emocionales son terribles. Si acaso existiera el infierno –invención de las religiones para azorar y someter a sus fieles-, eso sería lo más parecido a tal, un vacío indescriptible que no se puede llenar con nada.

Belmonte nace en la calle Ancha de la Feria de Sevilla; ahí su familia vivía de una tienda de quincalla. Modesto origen económico el de él, no carente tampoco de tramos novelescos – escasa preparación académica, huérfano de madre a temprana edad y miembro de un corro de amigos soñadores de glorias taurinas, se introducía por las noches a las ganaderías a torear de incógnito-. En un café conoce a Calderón, viejo banderillero y apoderado de Antonio Montes, quien ya no le abandona en gran parte de su trayecto profesional dentro de los nimbos.

Belmonte, su tauromaquia incomprensible.
Belmonte, su tauromaquia incomprensible.

Ya en los tentaderos, llevado que fuera por su mentor, amenazaba con su modo extraño e imposible de plantear la lidia, es decir, mover lo menos las piernas y dejar la responsabilidad de la solución de las suertes a sus brazos. Nacía así una nueva y maravillosa manera del temple. Evolucionó la forma de torear.

Con 17 años de edad se atavía de luces por vez primera para actuar en la plaza de Elvas, Portugal y sigue su camino. Comparece en la hermosa e incómoda plaza de su ciudad natal para firmar un rotundo fracaso, sin embargo el 21 de julio de 1912 retorna al dorado albero y fue tal su éxito que los más conmovidos aficionados le llevan en volandas hasta su propio domicilio.

Se apersona igualmente en Madrid y suma otra tarde triunfal. Sobre esa misma arena, el 16 de septiembre de 1913, recibe la alternativa nada menos que de parte de “Machaquito” –que se despidió de la profesión esta misma fecha- quien le cede la muerte del primer ejemplar de la función ante la mirada de Rafael Gómez “El Gallo”.

El 21 de junio de 1917, a tres años que de manera natural se inaugurara su celebérrima rivalidad con “Joselito”, buriló el mejor trasteo de su vida y uno de los mejores de toda la historia de la tauromaquia. Era la plaza de Madrid en cuyo escenario se anunció el mejor cartel que se podía ofertar en el planeta: “Joselito”, Rodolfo Gaona y el aludido en esta cuartilla con ganado de Concha y Sierra.

Todo parecía indicar que los dos coletudos banderilleros, inmensos en los tres tercios, opacarían sin remedio al “Pasmo de Triana”, inspirando incluso al cotarro a gritar con desaforo ¡Los dos solos, los dos solos!; pero soltaron de los departamentos de toriles a “Barbero”, que cerraría la tarde. Ahí fue en donde explotó el genio belmontino, explicó su profunda, renovadora, novedosa, heterodoxa y complicada tauromaquia y acabó borrando a sus alternantes.