22 abril, 2021

HOY HACE 70 AÑOS
Rafael Rodríguez corta las orejas y el rabo a un astado de Don Lucas González Rubio

Era una corrida de toros en el viejo coso del barrio de San Marcos de Aguascalientes, capital de las aguas termales que vivía su feria con intensidad y entusiasmo.
La oferta taurina no alcanzaba aún el adjetivo de serial ni la verbena contaba con rango de “Nacional”; este nivel llegó en 1958 por cuenta de Adolfo López Mateos, por aquel calendario presidente de lo que hoy nos queda de patria.

Era una corrida de toros en el viejo coso del barrio de San Marcos de Aguascalientes, capital de las aguas termales que vivía su feria con intensidad y entusiasmo.

La oferta taurina no alcanzaba aún el adjetivo de serial ni la verbena contaba con rango de “Nacional”; este nivel llegó en 1958 por cuenta de Adolfo López Mateos, por aquel calendario presidente de lo que hoy nos queda de patria.

De dos a cuatro corridas se ofrecían a los aficionados, aunque las empresas procuraban apalabrarse con los diestros más destacados de su momento, peninsulares incluidos.

Rafael Rodríguez, considerado aguascalentense, siempre fue muy apreciado por sus paisanos adoptivos y muchas tardes fue incluido en los festejos abrileños para honrar el gentilicio y corresponder a su talla de figura.

Su carrera fue un caso insólito; en muy poco tiempo se convirtió en la estrella estadística de la plaza más grande de nuestro planeta. Doce rabos se le señalan entre su nivel de novillero y matador de toros; una cifra a la que algunos se han aproximado, pero ninguno ha igualado.

Recio, duro y determinante, fue de “zotolucas”, “coaxamalucan”, “laguneros”, “piedrenegrinos” y “punteños”, entre otros; la fiesta aún no se intoxicaba con “bernalditos”, “teofilitos”, “fernanditos” y yerbas similares. Tampoco existía el soberbio y poderoso monopolio taurino que hoy, bajo su único criterio, rige el espectáculo.

Nada más llegar al coso de la “Ciudad de los Deportes”, impactó rotundamente. Paralelamente, otros dos novilleros hacían de sus tardes páginas diamantinas: Manuel Capetillo y Jesús Córdoba. Como el enorme coso era administrado por un empresario con visión e ingenio –Alfonso Gaona-, emergieron del venero “Los Tres Mosqueteros”.  Muy pronto, siguiendo el guion de Dumas, se unió al trio el “Dartagnan”, Paquito Ortiz, el primer novillero en la historia de la México en vender hasta el último billete de entrada, a decir del propio Gaona.

De analizar es este episodio de los inicios de la tauromaquia en el circo de las viejas ladrilleras. Fueron cuatro coletudos con cuatro distintos conceptos y estilos. Cuarto distintivos que, lógicamente, levantaron pasiones formidables en el que siempre paga, pero casi nunca manda: el público.

Capetillo era el heredero de la escuela mexicana. Trazo largo, lento, templado y desmoronado cada muletazo.

Córdoba era el refinado estilo y la clase.

Rodríguez era el denuedo y la decisión incorruptible.

Y aquella función de feria del 22 de abril de 1951 se entroncó con un estupendo bicorne de Don Lucas González Rubio al que con su estrujante toreo le buriló una faena por medio de la cual se granjeó las orejas y el rabo del adversario y correspondió al cariño de su gente.

Rodríguez, denuedo y decisión incorruptible en su toreo.

A menos de un mes de la fecha subrayada, el 16 de mayo, fue a la madre patria a ratificar su alternativa en la Monumental de Madrid. Ahí llevó como padrino al estupendo Pepe Luis Vázquez quien con el atestiguamiento de Manolo González le cedió la responsabilidad de resolver la lidia y muerte del primero de la tarde, “Guitarrero”, toro procedente de la vacada de Felipe Bartolomé. De este modo Rodríguez se matriculó como el primer diestro mexicano en confirmar alternativa dentro de una feria de San Isidro.

Y ahí mismo, sobre la superficie arenosa del coso que le lanzó a más allá del firmamento durante un festival en el que sustituía a “Lorenzo el magnífico”, el de San Marcos, se despidió de la profesión. En consonancia con su temperamento, escogió para la fecha seis cromos nacidos y criados en la dehesa punteña.