25 julio, 2021

ESPERANZADORA APOTEOSIS

Muy a pesar de “taurinos”, de sus caprichos y mezquindades, todavía hay toreros, y muy buenos. México sigue teniendo casi figuras en jóvenes valores de incorruptible afición. También a pesar de la pandemia, ese conjunto de coletudos demostró que han estado trabajando en su profesión. No ha importado que les hayan tenido prácticamente congelados y esta tarde del 25 de abril en la Monumental de Alberto Bailleres, bien demostrado ha quedado.

Luego del episodio adormilado en el que estuvo metido este inmueble, sus rejas se abrieron para que penetrara, en un 55 % del aforo, aficionados que están sedientos de seguir paladeando la lidia moderna de reses de casta. Entrada excelente –se agotaron los boletos ofrecidos- que si se hubiera dado en tiempos normales se habrían abarrotado los encementados.

Para la ocasión se anunció un encierro de San Miguel de Mimiahuapam, aunque, como siempre, “se colaron” dos toros con el hierro de Santa Teresa, el segundo de la lidia ordinaria, y el séptimo de obsequio. A pesar de verse la partida un algo estragada, fueron siete bureles de buena presencia y bravos en general. Interesantes en todos sentidos pues ninguno fue soso.

Por vez primera en la historia de la tauromaquia aguascalentense, se empleó una almendra más pequeña que la que por “N” cantidad de años se usó. En estas condiciones cumplieron en la suerte de varas unos y recargaron otros. Ya en el juego ante las telas destacaron el primero, “Señor de Señores”, No. 28 de 492 kilos que fue honrado con el arrastre lento; el cuarto, “Siempre Amoroso”, No. 9 de 493 kilos que recibió la vuelta al ruedo, y el sexto, “Grandioso Ser”, No. 19 de 490 kilos que fue retornado con vida a las corraletas tras ser indultado.

Relajado, señor y firme, amén de variado, forjó con temple y cariño el prólogo capotero a su bien eslabonada faena José Mauricio (oreja). Con las finezas que se le conocen le envigó una labor estructurada, variad y adornada de formidable temple sobre ambos pitones, haciéndole el honor a la nobleza y marcado estilo del adversario al que, en consonancia, atinó a despachar con un espadazo pasado y discretamente atravesado pero efectivo.

Con suficiencia subrayada Joselito Adame (división y palmas en el de obsequio) resolvió las complejidades e incomodidades de su antagonista; un toro de inicio resabiado que concluyó vencido ante el poder y mando que le imprimió a su sarga, no sin antes haber estado firme y denodado cundo le aplicó el toreo de capa variadamente. Mejor reconocimiento hubiera recibido el coletudo de no ser por el episodio de pinchazos que precedió a la buena estocada.

Insatisfecho con su intervención ordinaria se animó a obsequiar un séptimo, un bicorne enrazado, con fijeza, cierta clase y buen recorrido al que interpretó una faena bien estructurada por ambos pitones; sin embargo se le diluyó una oreja al andar destanteado con el estoque.

Un incierto toro soltaron en tercer turno; poderoso al acudir a los engaños y bambas de las telas o resabiado al amagarlas, paulatinamente sucumbió en sus intenciones ante la faena firme, recia y paciente que le ofreció el queretano Octavio García “El Payo” (al tercio), quien en torno a su humanidad acabó viendo y sintiendo como se le enredaba, siempre en la chacha del peligro, el bovino aquel, al que, lamentablemente, mató mal hasta el tercer viaje.

Una disposición muy notada derramó desde el principio el joven local Gerardo Adame (oreja). Primero al lancear con reciedumbre, luego al quitar variadamente y provocando luego el delirio al correr las manos en aquellos derechazos y naturales de sabor irresistible. Faena fue de hondo sentimiento y suntuoso temple en la que se injertó extrañamente con el sensacional estilo, fijeza y recorrido del toro castaño del que habría izado en su puño el trofeo de cerdas sino es porque antes de la estocada caída y fulminante protagonizó un par de pinchazos.

Muy correcto y dispuesto se observó Diego Sánchez (al tercio) en el manejo de la muleta; ese su empeño fue la base con que logró resolver más que decorosamente a un toro que jamás se tragó del todo los engaños. Bien valiente estuvo y hasta penetró su joven cuerpo en los terrenos del adversario, no sin llevarse un revolcón bárbaro, hasta arrancarle un partido que se antojaba imposible y, lógicamente, impactando en el ánimo del respetable.

Se tiró con entrega tras el arma; no obstante, su estocada quedó desprendida, lo que le privó de un auricular. Esplendoroso fue el paquete capotero de Leo Valadez (vuelta al ruedo con el ganadero Juan Pablo Bailleres), espectacular al adornar la cruz del salinero y estrujante cuando abrió su muleta. Consciente de la fijeza, nobleza, clase y recorrido del dicho burel, se entregó a desdoblar los brazos, templar y mandar en una faena variada y entusiasta para así corresponder a tan buena res.