20 septiembre, 2021

HOY HACE 39 AÑOS
Confirma la alternativa en Madrid “Yiyo”

Con este dato se abre la presente hoja: El 27 de mayo de 1982 el joven coletudo José Cubero Sánches “Yiyo”, ya para entonces un diestro más que prometedor que amenazaba la cumbre de la tauromaquia ibérica, se apersona en el anillo de la Plaza Monumental de Madrid; el objeto fue ratificar su alternativa, para lo que el fino alicantino José Mari Manzanares, ante la mirada del antipático Emilio Muñoz, le cede la responsabilidad de la lidia y muerte de “Bohemio II”, toro que fue anunciado con el No. 79 y 582 kilogramos, procedente de la vacada de Félix Cameno.

Con este dato se abre la presente hoja: El 27 de mayo de 1982 el joven coletudo José Cubero Sánches “Yiyo”, ya para entonces un diestro más que prometedor que amenazaba la cumbre de la tauromaquia ibérica, se apersona en el anillo de la Plaza Monumental de Madrid; el objeto fue ratificar su alternativa, para lo que el fino alicantino José Mari Manzanares, ante la mirada del antipático Emilio Muñoz, le cede la responsabilidad de la lidia y muerte de “Bohemio II”, toro que fue anunciado con el No. 79 y 582 kilogramos, procedente de la vacada de Félix Cameno.

Pero “Yiyo” fue mucho más que un exitoso confirmante.

Como sus padres fueron emigrantes, José nació en Burdeos, Francia el 16 de abril de 1964, sin embargo, se le selló con el gentilicio de madrileño, específicamente del barrio de Canillejas, en cuyo cobijo urbano se crio.

Ya en su bloque infantil traslucía finamente las facultades sobresalientes que tenía naturales para practicar la tauromaquia. Era algo incuestionable su inclinación al toreo, y para corresponder a ello se inscribe en la Escuela Nacional de Tauromaquia de Madrid, donde muy pronto comienza a destacar de la mayoría de los educandos.

Para marzo de 1980 debuta con varilargueros en el coso de San Sebastián de los Reyes; ahí despejó el paseíllo con Carlos Aragón y Antonio Amores. Tal año se puso en la cima del escalafón menor, incluido el importante trofeo “Zapato de Oro” que otorga la comunidad de Arnedo al máximo triunfador de su célebre ciclo.

“Yiyo”, un artista que ofrendó su vida a la tauromaquia.

Como novillero claramente exitoso arriba al 30 de junio de 1981 al coso de Burgos, en cuyo tercio del círculo Ángel Teruel le otorga la borla de matador de toros ante la vista de José Mari Manzanares; el toro del protocolo se llamó “Comadrejo” y estaba quemado con la marca de Javier Buendía.

Ahí comenzaron sus cuatro años deslumbrantes como matador de reses de casta, incluidas dos salidas a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas madrileñas: 1° y 9 de junio de 1983…

La muerte, en tiempo y espacio, giraba muy cerca de su entorno.

El 26 de septiembre de 1984 en el coso de Pozo Blanco, Córdoba despejaron cuadrillas Francisco Rivera Pérez “Paquirri”, Vicente Ruiz “El Soro” y el propio “Yiyo”. Enfrentarían bicornes de Sayalero y Bandrés. El mensaje mortal de aquella tarde lo llevaba en el diamante derecho “Avispado”, y correspondió en el sorteo al primer espada, quien con una impactante entereza se amalgamó con su suerte.

El 30 de agosto del año siguiente en la arena de Colmenar Viejo, provincia de Madrid, “Yiyo” caminó delante de las cuadrillas acompañado por “Antoñete” y José Luis Palomar. Curro Romero acusó falta y “Yiyo”, por decisión de la empresa, lo sustituía. De los departamentos de toriles soltarían un encierro de Carlos Núñez.

Y el madrileño, salido “Burlero”, sexto de la tarde, cuajó su última gran faena. Codicioso resultó el toro, enrazado, bravo y noble fue tras el centro de la sarga, cuyos vuelos se manejaron magistralmente por cortesía del joven de seda y oro. Vino la suerte suprema, y en el embroque, la res le alcanzó dejándole primero un puntazo en un muslo; calló al albero la humanidad del artista, y ahí el pitón del toro penetró en el tórax tan profundamente que laceró directamente al corazón partiéndoselo en dos.

Su deceso se presentó de inmediato, según los galenos.

Cuanto redondel pisó, lo llenó de arte e inundó de consternación y dolor a toda la afición al ofrendar su vida a la tauromaquia.