19 junio, 2021

HOY HACE 39 AÑOS
Toma la alternativa Valente Arellano

El 3 de junio de 1984, después de una explosiva campaña novilleril, Valente Arellano se apersona sobre la arena de la plaza de Monterrey para adquirir la borla de matador de toros. Eloy Cavazos hizo papel de padrino, mientras que Miguel Espinosa “Armillita” de testigo; los toros previstos para el acontecimiento procedieron de San Miguel de Mimiahuapam. Con el objeto de honrar la tarde, Valente el valiente cortó un auricular.

El 3 de junio de 1984, después de una explosiva campaña novilleril, Valente Arellano se apersona sobre la arena de la plaza de Monterrey para adquirir la borla de matador de toros. Eloy Cavazos hizo papel de padrino, mientras que Miguel Espinosa “Armillita” de testigo; los toros previstos para el acontecimiento procedieron de San Miguel de Mimiahuapam. Con el objeto de honrar la tarde, Valente el valiente cortó un auricular.

Valente había venido al mundo el 30 de agosto de 1964 en Torreón, Coahuila.

Su padre, el ingeniero Valente Arellano Flores, vivió una afición desbordante hacia la charrería y la fiesta brava, siendo, incluso, aficionado práctico, por lo que a muy temprana edad “Valentillo”, como le decían sus allegados, pronto comenzó a emanar un gusto incontenible por ambas artes.

Si los libros de la escuela “los tenía en un rincón”, las revistas antiguas con tema taurino de la biblioteca de su padre las devoraba con un regusto religioso.

La profesión de su progenitor le acercó aún más al Atlas taurino. El maestro de Saltillo dedicó parte de su tiempo al cultivo de la vid, allá en los terrenos de Chichimeco en Aguascalientes. También, sobre la corteza rústica de sus predios, pastaba ganado de lidia. Un día fueron embarcados cuatro novillos cuajados; los había mercado don Valente para que los toreara su vástago. “El Joselito mexicano”, entonces, fue motivado por la curiosidad y deseó observar al valiente que les enfrentaría en solitario.

A partir de entonces “Valentillo” se hizo de la casa Armilla. Con frecuencia se apersonaba en la hacienda a realizar labores de tienta y otras actividades propias del campo bravo, a más de absorber los conocimientos del Maestro y de sus hijos, Fermín y Miguel. En el grupo que le rodeaba también se contaban otros retoños de grandes maestros como los Silveti y Manolo Arruza.

Por fin llegó la tarde del debut novilleril; fue el 21 de octubre de 1979 en el coso de Lerdo, Durango en cuyo anillo compartió la alternancia con Alfonso Hernández “El Algabeño” ante novillos cuajados de Santacilia. Selló la fecha cortando un auricular y dejando grata impresión entre la crítica taurina. Valente era un joven arrojado y carismático; poco se cuidaba de la técnica, pero, en cambio, derramaba una afición y una disposición, sumadas al gusto por estar delante de la cara de los bicornes, incomparables y únicas y una obsesión por exhumar suertes antiguas. El lagunero era arrojado, atrabancado, arriesgado y muchas veces hasta temerario.

Valente el valiente se sumó a los diestros que han sido víctimas de los pitones del asfalto.

1981 y 1982 fueron años esplendorosos en su bloque como novillero; muchas plazas de provincia fueron escenarios de sus triunfos arrolladores, entre ellos cuéntese su presentación en “La Florecita” de Ciudad Satélite. El coso más grande del mundo le estaba esperando ya con una fama que había penetrado a más allá de las fronteras taurinas; en todos lados se hablaba de él.

Para la tarde del 26 de septiembre de 1982 se aprontó en el importante anillo para alternar con Eduardo Flores y Manolo Rodríguez en la lidia de utreros quemados con la marca de Rodrigo Tapia. El corolario de la función fue la imagen del impresionante joven izando en sus puños las orejas de “Campeador”. La estadística de Valente en el edificio de la calle Augusto de Rodan fueron cinco actuaciones, contando ya la mencionada en las líneas anteriores. Esa página la escribió con tremenda caligrafía, acompañándose en la competencia de Manolo Mejía y Ernesto Belmont, un par de jóvenes con estilos muy distintos y conceptos diferentes de entender el ejercicio de la lidia.

Como rédito del éxito burilado en su presentación en el viejo coso de las ladrilleras, le anunciaron para el siguiente 24 de octubre; tal función la compartió con Manolo Mejía y el aguascalentense Luis Fernando Sánchez en la lidia de tres añeros de Huichapan. “Fandango”, res bien armada de pitones, fue enfrentada alegremente por el lagunero.

Llegaron luego, a modo de consolidación, otras dos fechas. La del 7 de noviembre fue la definitiva explosión; la empresa reeditó el cartel con Mejía y Belmont y ganado de Felipe González. Los tres alternantes empuñaron orejas y Valente, por su parte, conquistó el de cerdas de “Pelotero”. Pero aquello había sido un espectáculo. El de Torreón convidó a sus compañeros a realizar quites y a adornar con los zarzos el morrillo del utrero, resultando en conjunto, sin la falta de espontáneos momentos, algo fresco, distinto y deslumbrante hasta para incorporar a la clientela de sus cómodas gradas.

El 28 de noviembre, y por tercera ocasión, Valente despejó el paseíllo con los mismos alternantes. Sería la cuarta tarde en que pisara la sagrada arena de la México y para dejar la firma desorejó a su lote: “Mírame” y “Chabelo” de La Venta del Refugio.

1983 no fue lo mismo. El 13 de marzo fue nuevamente a la plaza más grande del planeta tierra; sería la última ocasión que lo hiciera en semejante albero. Alternando con Rafael Martín y Ernesto Belmont ante bicornes de Los Martínez, recibió un aviso en cada uno de sus enemigos.

El 4 de septiembre compareció en la aromática plaza de San Luis Potosí y el saldo fue una dolorosa lesión de ligamentos de una de sus rodillas. No paró en eso su mala racha; en diciembre, apenas recuperado de lo de San Luis, en Pachuca sufrió la fractura del acromio clavicular izquierdo.

Vino luego el doctorado, ya reseñado al inicio de la presente cuartilla, y de matador únicamente alcanzó a cumplir nueve contratos, quedando anunciado para el 5 de agosto en el coso de Monterrey, pero la muerte ya había pactado una cita con él. Era el sábado 4 de agosto cuando imprimió vertiginosa velocidad en una avenida de Torreón. Valente iba orquetado en una “Ninja” 750 Turbo. Quejido monstruoso se escuchó. Eran las llantas de la jaca de acero que habían derrapado sobre el asfalto. El aparatoso motociclo quedó por un lado y el cuerpo del matador lagunero por otro. Las primeras personas que se acercaron al sitio del accidente escucharon como se quejaba un joven vestido de playera deportiva, pantalón de mezclilla y tenis; no tardaron en percatarse que se trataba del famoso Valente Arellano Salúm. En las primeras horas del domingo 5, el esperanzador torero exhalaba su postrer aliento víctima de un estallamiento de víceras.