28 julio, 2021

HOY HACE 47 AÑOS
Bienvenida y Aparicio abren la Puerta Grande venteña

El 1° de julio de 1954 durante la preponderante Corrida de la Prensa en la Monumental de Madrid, un par de coletudos, ya tasados como figuras, abren la Puerta Grande, y por su espacio abandonan el edificio del barrio venteño sobre los hombros de los más animados aficionados.

El 1° de julio de 1954 durante la preponderante Corrida de la Prensa en la Monumental de Madrid, un par de coletudos, ya tasados como figuras, abren la Puerta Grande, y por su espacio abandonan el edificio del barrio venteño sobre los hombros de los más animados aficionados.

El bloque anecdótico de aquella función fue que ambos diestros se brindaron mutuamente las respectivas lidias de sus oponentes cuando ya tenían bien entablada la llamada “guerra del afeitado”… El maestro Bienvenida, honesto y cabal, defendió con todas las de la ley lidiar toros intactos, en puntas, reses “al natural”, mientras Aparicio, delicado y ventajista, pugnaba porque los toros fueran “manoseados”, desproveerlos del diamante –el veneno, dicen los toreros-, “cerruchándolos” y afeitándolos para, como principal objeto, “disminuir” el riesgo de una cornada.

Esta deshonesta, abusiva y antiética acción es más antigua de lo que se pudiera creer. Ya antes de Manolete se practicaba y hubo taurinos que la denunciaron. Con el Monstruo de Córdoba, quizás, se asentó definitivamente en el Atlas de los toros. José Flores Camará, su apoderado, se encargaba, sin que su célebre poderdante, se dice, fuera enterado, de que los encierros que lidiaba fueran despuntados. Claro, Manuel Rodríguez era una “minita de oro” a la que no podía poner en riesgo, más del que ya de por sí la manera de practicar su tauromaquia demandaba, sobre todo en el momento clave de la suerte suprema.

La Corrida del Montepío de Toreros en la Monumental de Madrid durante los primeros años de la década de los cincuentas resultó, además de triunfal, decisiva para el transcurso de la fiesta en los posteriores años. Ante toros “enteros” quemados con la efigie ganadera del Conde de la Corte, expresaron sus respectivas tauromaquias el propio Antonio Bienvenida, Manolo Carmona y el azteca Juan Silveti quienes, sobre los hombros de los aficionados más conmovidos por lo visto en el anillo, abandonaron el coso cruzando el espacio de la Puerta Grande. Entonces se resquebrajó la falsa idea, que la clientela aceptaba a pie juntillas, de que los bureles de todas o casi todas las corridas, “por norma” salían al escenario despuntados y que se había generalizado después de la Guerra Civil Española. Para que se aceptara el fraude la prensa especializada pregonaba que: “Al toro de hoy no se le puede hacer el toreo de antes sin estar afeitado”.

A partir de aquella tarde en Madrid referida en rayas anteriores, el maestro Bienvenida inició una campaña apasionada en la que denunciaba el fraude; sobre todo lo hizo por medio de los micrófonos de Radio Madrid: “He sido el primero en haber toreado toros afeitados, como todos. Por el futuro de la fiesta y para mantener su grandeza debemos exigir a la autoridad que controle este infame fraude de la manipulación de los toros”, decía.

Los aficionados se cargaron al lado del valiente y honesto matador, entre que “los taurinos” y, ya no se diga los coletudos, le atacaron fieramente. Algunos de los diestros, entonces, se negaron a rivalizar con Bienvenida; entre ellos el mismísimo Aparicio, Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordoñez. Les daba frío rifarse el bienestar físico y rajarse el alma delante de la natural animalidad del toro.

El maestro Antonio Bienvenida, aquel que luchó por la integridad del toro.

En lo que nos queda de patria y a lo largo de la historia profesional del toreo ¿Quien ha luchado en contra del “afeitado”? El que la cuartilla suscribe no recuerda a nadie. El asunto no ha pasado de la mera anécdota, como cuando Martínez ordenó que un encierro de José Julián Llaguno “no se tocara”; sostendría un mano a mano con Cavazos quien se negó a actuar en “tan tremendas condiciones”. Pero emergió entonces el valiente de Acapulco y dio cara a Martínez y al encierro.

Una tarde salíamos de una conferencia dada en la Casa de la Cultura de Aguascalientes. Un matador de toros de corte clásico, pero con espíritu de insecto y valor más que medido, y del que no doy su nombre por varias razones y varios motivos, entre los que señalo el que ya es finado, se enfrascó en cierta discusión con uno de los aficionados que lo abordaron antes de que abandonara el bello inmueble. El tema justamente fue “el afeitado”: ¿Qué prefieres? -Dijo soberbio- ¿Ver a Padilla o a cualquier otro matador de su corte con un encierro de “Atanasios” y con “un kilómetro” de pitones, o a Ponce con “Juanpedros afeitados”?

Se me revolvió el estómago y se me enardeció el corazón mientras mi mente se inundaba de indignación. Días después comenté el hecho a un amigo “muy notario” y muy amigo, quien me contestó sabiamente: -Me parece perfecto, lo de menos sería que en los carteles se anunciaran las condiciones de la corrida despuntada…