27 noviembre, 2021

HOY HACE 76 AÑOS
Lorenzo Garza triunfa clamorosamente en Madrid

No fue la primera ocasión, ya antes “El Califa de Monterrey” había consternado con su personalidad y acentuada tauromaquia a los aficionados madrileños. Pero el 15 de julio de 1945 Lorenzo Garza Arrambide, luego de construir una serie de naturales rodilla en arena, y otros pasajes de basta calidad, desoreja a un toro con el hierro de Alipio Pérez Tabernero en el coso venteño.

No fue la primera ocasión, ya antes “El Califa de Monterrey” había consternado con su personalidad y acentuada tauromaquia a los aficionados madrileños. Pero el 15 de julio de 1945 Lorenzo Garza Arrambide, luego de construir una serie de naturales rodilla en arena, y otros pasajes de basta calidad, desoreja a un toro con el hierro de Alipio Pérez Tabernero en el coso venteño.

Lorenzo “El Magnífico” llegó al mundo el 14 de noviembre de 1909 en la progresista ciudad industrial de Monterrey, Nuevo León. La pretensión central de los años de su adolescencia, fue el hacer dinero para aliviar las estrecheces económicas de su familia y comprarle una casa a su madre. Luego de haber laborado en diversas actividades, decidió hacerse torero. Con este proyecto, una tarde septembrina de 1927, ya con 18 años de edad, se arrojó de espontáneo en una plaza de su ciudad natal. Para mucho le fue útil aquella puntada. A partir de entonces comenzó a actuar formalmente en festejos donde inició a impactar a los públicos con su fuerte y distinta personalidad.

A los cuatro años, es decir, en 1931, justo el 3 de mayo, se presentó como novillero en “El toreo” de la Colonia Condesa de la Ciudad de México. Saldó aquella participación con el corte de una oreja.

Con un currículum más que decente, avalado con triunfos en varios sitios de la patria, se traza el viaje a España y se presenta como novillero en la capital el 19 de marzo de 1932. Su campaña le desemboca en una alternativa a la que renuncia al poco tiempo; aquel primer doctorado se lo otorgó Pepe Bienvenida ante Antonio García “Maravilla” en la plaza de Santander el 6 de agosto del año antes escrito.

De nueva cuenta en la columna de los novilleros, Garza retorna a España para protagonizar una campaña 1934 inolvidable y ya emblemática en toda la historia del toreo mundial. Dentro de ésta se subrayan los “mano a mano” que sostuvo con su compatriota Luis Castro Sandoval “El Soldado”, y nada menos que en la mayor plaza del planeta, la de Madrid. Fue en uno de aquellos festejos en que se da la terrible anécdota de que “El Soldado” se fue tras el arma para ejecutar la suerte suprema con un pañuelo por todo engaño, luego, el que sería “Ave de las Tempestades”, para superar a su paisano ¡se tiró a cuerpo limpio!

Lorenzo Garza adelantaba sin pudor la pierna de salida y sobrecargaba la suerte.

El 5 de septiembre de tal año, Lorenzo se apersona en el coso de Aranjuez para recibir la definitiva alternativa. El genial Juan Belmonte fungió como padrino y como testigo Antonio García “Maravilla”.

El 25 de noviembre confirmaría su doctorado en el coso de Insurgentes; hizo papel de padrino Jesús Solórzano y de testigo quien avaló sus dos alternativas.

“Amapolo”, “Príncipe Azul”, “Terciopelo”, “Rabioso” y “Gitanillo” son nombres de toros inmortalizados por el gran coletudo norteño.

En el trayecto final de su carrera su nombre aparecía esporádicamente en los carteles. Prácticamente alejado de los ruedos, hizo una excepción el 5 de noviembre de 1965 para, en la plaza de la ciudad reinera, otorgarle el título de matador de toros a su paisano Manolo Martínez. Bajaba el portón de un episodio taurómaco y subía el de otro.

El norteño tuvo el carácter suficiente y hasta sobrado, y el temperamento y la personalidad para generar el delirio del público de a la Plaza México o hacerle, más que enojar o irritar, encabronar severamente. Ahí fue, justamente cuando el hábil, extravagante, pintoresco y pudiente empresario-periodista José Jiménez Latapí “Don Dificultades” le cuelga el mote de “Ave de las Tempestades”. Una tarde de tormenta garcista el gran reloj de la plaza de “La Ciudad de los Deportes” acabó en el anillo y “El Califa de Monterrey” enrejado.

En la época de Garza se apreciaba la bravura de los toros y no el comportamiento aburrado que hoy llaman muchos despistados nobleza. Su tauromaquia recia, honda y de equilibrada estética brillaba aún más cuando interpretaba el natural adelantando la pierna de salida, sobrecargando la suerte y ciñéndose al enemigo hasta hacer casi desaparecer las distancias en el conjunto.

Este hombre de sedas y oro, todo un personaje incluso fuera del mundo taurino, falleció el 20 de septiembre de 1978.

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