21 septiembre, 2021

HOY HACE 87 AÑOS
“El Joselito Mexicano” estruja al mundo taurino desde Barcelona

Si, generó un terremoto de alcances incalculables. Fue el 29 de julio de 1934 en el coso de Barcelona, España. El cartel anunciaba una tercia de alturas descomunales: Seis toros de Vicente Martínez para Juan Belmonte “El Pasmo de Triana”, Marcial Lalanda y el mexicano Fermín Espinosa “Armillita”.

El genial primer espada, como premio a una faena ante un burel manso en cuyo cuerpo se ciñó sin pudor, dio la vuelta a la circunferencia; por su lado, el envidioso y topillero Marcial quizás creyó haber ganado la partida al azteca, pues le otorgaron las orejas, el rabo y una pata –la primera en concederse en el coso barcelonés dentro de su historia- de uno de sus oponentes. No obstante, saldría en su turno “Armillita” para enfrentar a “Clavelito”; entonces, el pudiente coletudo americano desdobló todo su talento y forjó al adversario un trasteo completísimo con capa, banderillas, muleta y espada. Aquel hacer desmesurado de torería, suficiencia y perfección técnica generó en la clientela un delirio no visto antes. A las manos del diestro fueron a parar las orejas, el rabo, las cuatro patas y las criadillas del animal.

Si, generó un terremoto de alcances incalculables. Fue el 29 de julio de 1934 en el coso de Barcelona, España. El cartel anunciaba una tercia de alturas descomunales: Seis toros de Vicente Martínez para Juan Belmonte “El Pasmo de Triana”, Marcial Lalanda y el mexicano Fermín Espinosa “Armillita”.

El genial primer espada, como premio a una faena ante un burel manso en cuyo cuerpo se ciñó sin pudor, dio la vuelta a la circunferencia; por su lado, el envidioso y topillero Marcial quizás creyó haber ganado la partida al azteca, pues le otorgaron las orejas, el rabo y una pata –la primera en concederse en el coso barcelonés dentro de su historia- de uno de sus oponentes. No obstante, saldría en su turno “Armillita” para enfrentar a “Clavelito”; entonces, el pudiente coletudo americano desdobló todo su talento y forjó al adversario un trasteo completísimo con capa, banderillas, muleta y espada. Aquel hacer desmesurado de torería, suficiencia y perfección técnica generó en la clientela un delirio no visto antes. A las manos del diestro fueron a parar las orejas, el rabo, las cuatro patas y las criadillas del animal.

El esteta mexicano competía con todos, incluidas las más encumbradas figuras. Y lo hacía en la propia tierra de éstas.

“El Maestro de Saltillo” tenía un cartel internacional tan sólido que para la campaña de 1935 guardaba en su portafolio más de un centenar de contratos, contándose las plazas de mayor importancia.

Con la demostración torera en Barcelona, “Armillita”, sin saberlo en aquel momento, firmaba su “carta de expulsión” y la de sus compatriotas que también incursionaban en la fiesta ibérica.

El indecente Lalanda y sus seguidores estaban dispuestos a dar la pelea a los mexicanos, pero no en los ruedos y delante de los bicornes, sino en los escritorios y por medio de papeleos.

Después de la tarde recordada al inicio de las cuartillas presentes, se desencadenó una serie de sucesos, algunos de los cuales escribiré en los subsecuentes renglones.

Para el 11 de junio de 1936 se anunció en el coso de Murcia un cartel con “Armillita”, Jaime Noaín y Rafael Ponce “Rafaelillo”. Al negarse éstos a alternar con el as mexicano, la empresa decidió que actuaran los también aztecas José González “Carnicerito” y Luis Castro “El Soldado”; tenían algo de lo que aquellos carecían: voluntad. Los toros, de Villamarta.

Sería tal corrida la última en que alternaran tres mexicanos en una corrida tratándose de arenas ibéricas, antes de que se forjara definitivamente lo que Juan Belmonte, certera e ingeniosamente, bautizara como “El Boicot del Miedo”, que se prolongó ocho años.

Antes, el 19 de abril de 1936, nuevamente en el coso barcelonés, Luis Castro “El Soldado” tuvo una pésima actuación ante un burel complicado, y el de Mixcoac, impotente, insultó a la clientela. Pero ésta mantenía una furia tremenda y obligó al espada a que, en el centro del escenario, se posara de hinojos y pidiera públicas dispensas.

El hecho había envigado aún más las pretensiones de los coletudos ibéricos.

Luego de la función, iniciaron las primeras desavenencias “oficiales”; el 21 de abril de ese 1936 Lalanda y Diego Mazquiarán “Fortuna” exigieron a los extranjeros el carnet de trabajo para que pudieran actuar en anillos españoles. Así, de alguna manera podrían controlar y “administrar” el número de corridas de sus “oponentes”.

Cuando detonó el boicot se hallaban en suelos de Iberia seis matadores de toros, 18 novilleros, 13 subalternos, incluidos dos varilargueros, y hasta un charro profesional, Paco Aparicio, quien fue alcanzado por las mañas desarrolladas en las oficinas y hasta hubo de vivir una odisea para poder regresar a su tierra. Todos tuvieron que regresar “triunfantes” a lo que hoy nos queda de patria.

Catálogo variado, novedoso y atractivo ofrecían nuestros arlequines de seda y oro: “Armillita”, todo poderoso en los tres tercios de la lidia; José González “Carnicerito”, absoluta valentía; Lorenzo Garza, arrebatadora y estrujante personalidad; “El Soldado”, en cada verónica un sortilegio indescifrable; Ricardo Torres, de práctica académica y refinada y Fermín Rivera, un diestro principalmente clásico.

Pero también incursionaban los novilleros acotados, entre los que destacaban Fernando López “El Torero de Canela”, un joven de exquisita clase; Silverio Pérez, de profundidad y expresión insospechadas y Carlos Arruza, practicante

de tauromaquia deportiva y poseedor de facultades asombrosas para responsabilizarse de los tres tercios.