21 septiembre, 2021

HOY HACE 32 AÑOS
Inicia su sueño eterno el “Faraón de Texcoco”

“Monarca del trincherazo”, “Tormento de las mujeres” o “Faraón de Texcoco” fueron los remoquetes con que se halagó e identificó en el cosmos taurino a Silverio Pérez Gutiérrez, el coletudo que reinventó la “Escuela Mexicana del Toreo”.

“Monarca del trincherazo”, “Tormento de las mujeres” o “Faraón de Texcoco” fueron los remoquetes con que se halagó e identificó en el cosmos taurino a Silverio Pérez Gutiérrez, el coletudo que reinventó la “Escuela Mexicana del Toreo”.

El dos de septiembre del 2006 en la profunda tranquilidad de su finca Pentecostés en Texcoco, comienza a dormir eternamente el gran Silverio Pérez, y así prosigue la leyenda, pues ya lo era, la única auténtica y materialmente viva que tenía en ese momento México; las últimas palabras que pronunció no podrían haber sido otras mas que taurinas: “Dios me está llamando a partir plaza”, frase que dirigió a su hija Silvia. “El Monarca del trincherazo” no fue una figura del toreo en la lista mexicana al que la afición quería mucho, tanto que lo sentía parte de ella, fue algo de mayor profundidad, algo así como el alma misma del toreo mestizo y arcano engendrado por las almas remotas del español y el autóctono de las regiones aztecas”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4,700 fechas importantes, Pág. 389. www.fcth.mx).

Si, el hermano de Carmelo ladeaba la cabeza, la inclinaba y la dejaba descansar sobre su hombro mientras desdoblaba el brazo sin vergüenza y cincelaba el derechazo o el trincherazo, pasmoso este último, inclasificable. La mano siempre muy baja.

Después de la verónica devastadora y aletargada de Luis Castro Sandoval “El Soldado”, la de Silverio. Ya no hay otra más romántica y aromática. Sabe a tequila, a mezcal; es suerte de sortilegio. Igualmente inclinaba la cabeza hacia el flanco de salida, jugaba los brazos, y en el último tiempo del lance los dejaba morir tras una agonía deliciosa.

La formación de los toreros antaño –especifíquese época de oro- se daba en una relación anudada fuertemente y en congruencia con la casta del toro; su bravura y alta actitud de acometividad. Además de eficacia, técnica y talento se aunaba la belleza trágica, el arte, la estética, una estética hoy mal entendida, melosa y modosa que ha convertido a la tauromaquia macha en una casi mariconada cuyo más grande promotor práctico es el divo de “Chiva”: Enrique Ponce.

Silverio no fue un novillero propiamente exitoso. Incursionó en este rango en España y hasta llegó a alternar con el mismísimo Manolete, con quien se llegaría a medir años luego, ya con título de doctor en tauromaquia, en su patria mexicana.

La verónica de Silverio. Ahí está todavía despidiendo aromas de misterio.

Si el Monstruo de Córdoba era lo más terriblemente extranjero, lo más español a mejor decir, Silverio era lo más mexicano, lo más enigmático. Algo de indio tenía su tauromaquia práctica, pero era animado de muy dentro por un duende macizo y mestizo.

Si Arruza compitió con el diestro de Córdoba, fue más que nada en el aspecto estadístico; el de Texcoco, por su parte, le ofreció la contraparte en estilo, maneras, modos y formas en ruedos ibéricos. En concepto. El primer entronque fue en la presentación del peninsular en anillos aztecas el nueve de diciembre de 1945. El Toreo de la Condesa recibió a la muchedumbre que cubrió totalmente sus gradas.

Para semejante motivo Llaguno seleccionó seis toros quemados con su hierro de Torrecilla; se trataba de una partida de reses finas, bien hechas que presumieron su lámina bella.

Y si el hijo de doña Angustias cortó el de cerdas a su primer adversario, Silverio, el gran compadre de los mexicanos, ya con un puntazo en uno de sus glúteos hizo lo propio con enorme orgullo e inconfundible sello.

Si acaso Silverio tuvo en cierto momento la necesidad de una vez por todas acrisolar su “nueva tauromaquia”, lo hizo ante “Tanguito” de Pastejé.

Era el 31 de enero de 1943 y por la tarde se anunciaba un cartelazo en El Toreo de la Condesa. Ante seis ejemplares de Pastejé, que en esa función debutaría como ganadería, se desempeñarían el maestro de Saltillo Fermín Espinosa “Armillita, Silverio Pérez y el torero que podía darle un susto al demonio con su valor, Antonio Velázquez que tomaría el título de doctor en tauromaquia.

La tarde fue apoteósica, pero centrémonos el en hacer del “cara de hacha” que en la fecha citada salió ataviado al redondo escenario de marfil y azabache, dando con ello una especie de comprimido de lo que es la fiesta: lo claro y lo obscuro.

Aquella faena, sin haberla presenciado, atrevida y temerariamente la he calificado como “La Faena del Siglo”, dada la trascendencia que tuvo en más de tres sentidos.

Para mejor idea de lo que buriló el “tormento de las mujeres” en esa lejana corrida, con licencia de todos paso el tintero y el manguillo a la página cibernética “Los Sabios del Toreo”: El Faraón de Texcoco sacó entonces a relucir una increíble lentitud y temple en cada muletazo. Se cuenta que “hizo todo lo que es posible hacerle a un toro, incluso hasta lo que en esa época era considerado como imposible, pisar terrenos a los que nadie había osado llegar. Para cruzarse con el toro y provocar así su arrancada, pegaba saltitos, dos y hasta tres. Hizo derroche de su arte, dominio y conocimientos. Uno por uno fue engarzando bellísimos muletazos coronando de gloria su magistral interpretación del toreo”. Un faenón excepcional, luego premiada con las dos orejas y el rabo, teniendo que dar hasta seis vueltas al ruedo.