27 noviembre, 2021

HOY HACE 55 AÑOS
“El Callao” le corta el rabo a “Tonino”

El 9 de septiembre de 1956 sobre el arenoso escenario de la gigantesca plaza de la “Ciudad de los Deportes”, el tlaxcalteca Fernando de los Reyes “El Callao” se enfrenta a “Tonino”, bicorne quemado con la ganadera figura de Soltepec y peligroso en grado sumo; pero el arcano Fernando, siendo un arlequín de fino, profundo y artístico corte le plantó cara, lo domeñó, lo toreó y lo estoqueó hasta para hacerse acreedor al rabo del duro adversario.

Esa tarde igualmente debutaba, por su parte, la dehesa acotada que fue fundada por don Reyes Huerta, hombre que le conservó la casta al toro, aunque le disminuyó los pitones.

El 9 de septiembre de 1956 sobre el arenoso escenario de la gigantesca plaza de la “Ciudad de los Deportes”, el tlaxcalteca Fernando de los Reyes “El Callao” se enfrenta a “Tonino”, bicorne quemado con la ganadera figura de Soltepec y peligroso en grado sumo; pero el arcano Fernando, siendo un arlequín de fino, profundo y artístico corte le plantó cara, lo domeñó, lo toreó y lo estoqueó hasta para hacerse acreedor al rabo del duro adversario.

Esa tarde igualmente debutaba, por su parte, la dehesa acotada que fue fundada por don Reyes Huerta, hombre que le conservó la casta al toro, aunque le disminuyó los pitones.

Fernando de los Reyes tenía un misterio que decir y lo dijo.

De mirada triste y figura melancólica, lenta y templada hizo del toreo su religión.

Fernando de los Reyes vio las primeras luces del rey de los astros en la ciudad reciamente taurina de Huamantla, Tlaxcala el 4 de abril de 1929.

Luego de andar los caminos tremendamente espinosos que tiene preparados la tauromaquia para todos aquellos que pretenden llegar a sus glorias, Fernando debuta como novillero en “El Toreo de Cuatro Caminos” el 1° de mayo de 1949 ante reses de la dehesa de Tequisquiapan.

Poco después de aquella tarde en que presentó sus credenciales en la capital, la otra plaza importante de tal urbe le esperaba, La México, en cuyo ruedo se apersonó el 12 de junio del año ya citado. “Currito”, del hierro de Ibarra fue el utrero reseñado para que los aficionados del gran coso le evaluaran.

A los tres años de haber estado enlistado en el escalafón menor de su patria, viaja a España y va a la plaza de Carabanchel a dar el rostro el mero 15 de junio de 1952. Para la función se preparó un encierro de Betanejos.

Fernando de los Reyes “El Callao”, torero de misterio.

Su místico hacer delante de las reses le da licencia para que se presentara en la plaza más importante del planeta, La Monumental de Las Ventas de Madrid. Ello aconteció el 7 de septiembre del mismo año; alternó con Manuel Navarro “Navarrito” y Antonio de Diego “Reverte” ante novillos de Montalvo y Juan Sánchez Terrones.

En la propia madre patria ascendería al pergamino de los doctores en tauromaquia. El 6 de septiembre siguiente se le abrió el coso de Segovia para

que Manolo Vázquez le cediera la lidia y muerte del primer toro del hierro de Felipe Bartolomé ante la mirada testificante de otro diestro americano, el gran César Girón.

A este asenso decidió renunciar y para 1956, el 8 de diciembre, en El Toreo de Cuatro Caminos adquiere un nuevo título, ahora se lo otorga el maestro potosino Fermín Rivera ante Antonio Borrero “Chamaco” con “Clavelito”, burel quemado con la marca de San Mateo.

A la siguiente semana confirma esa alternativa en la plaza de la “Ciudad de los Deportes”, siendo apadrinado por Humberto Moro, llevando de testigo a Gregorio Sánchez con el toro “Fígaro”, proveniente de la vacada de La Laguna.

Luego de tremendas irregularidades se desprende la coleta oficialmente en la plaza de Huamantla, Tlaxcala compartiendo la alternancia con Manolo Martínez y Antonio Lomelín despachando un encierro de Manuel de Haro.

Su misión en este Atlas estaba cumplida y en la Ciudad de México inicia su eterno y sublime sueño el 10 de marzo del 1993.

No faltaron quienes, con cierta razón, le reprocharan de siempre el por qué no llegó a la cumbre de las figuras del toreo. Tenía “todo” para ello: Personalidad, arte, hondura, temple y sentimiento. A su capa la onduló con suavidad y parsimonia. Fue, sin duda, uno de los enromes intérpretes de la chicuelina. A la hora buena del embroque su espalda se cotejaba abiertamente con el costado de los adversarios, mientras quedaba graciosamente envuelto en la tela, lo que le otorgaba un agregado muy valioso de originalidad y sello único.

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